“Cuyi, cuyi, cuyaaaa”: la historia de Marionet, la familia que convirtió los títeres en una forma de vida

Una voz perdida en el recuerdo de una excursión escolar alcanza para tirar del hilo de una historia que comenzó a fines de 1956 y atravesó casi cuatro décadas. Dos hermanos adolescentes, una familia entera, cientos de muñecos, grandes escenarios, giras por todo el país y tres generaciones de artistas hicieron de Marionet mucho más que un grupo de títeres.

Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

Hay recuerdos de la infancia que sobreviven durante décadas sin pedir permiso. No siempre permanece el nombre de la obra, ni el rostro de los personajes, ni siquiera el lugar donde ocurrió aquello que alguna vez nos deslumbró. A veces queda apenas una música, una imagen, una voz o una frase absurda que, muchos años después, alcanza para abrir de golpe una puerta hacia el pasado. “Cuyi, cuyi, cuyaaaa” es uno de esos recuerdos.

La anécdota apareció esta semana en Reloj de plastilina, el programa de radio que conduce Juan Di Natale, cuando Maxi Martina, periodista, productor y musicalizador, participaba de una charla sobre excursiones escolares y comenzó a evocar una experiencia de su niñez: una función de marionetas que lo había marcado y de la que conservaba aquel grito peculiar. Lo más curioso fue descubrir que no era un recuerdo exclusivamente suyo. A lo largo de los años se había encontrado con otras personas que reconocían inmediatamente aquella expresión y que también conservaban en la memoria la experiencia de haber ido de chicos a ver las marionetas y, terminada la función, haber descubierto algo todavía más fascinante: quiénes y cómo hacían posible que aquellos muñecos parecieran tener vida propia.

Aquel grito tenía un origen concreto. Era Pedro, el protagonista de Pedro y el lobo, una de las obras más emblemáticas del Grupo Marionet, la compañía familiar que durante décadas llevó el teatro de marionetas a escenarios porteños, escuelas y localidades de todo el país. Y detrás de Pedro, de sus movimientos y de aquella voz que todavía aparece en la memoria de quienes fueron chicos hace varias décadas, había una historia que había comenzado mucho antes, cuando dos hermanos todavía eran adolescentes y construían sus primeros muñecos con materiales que hoy parecen imposibles.

Dos hermanos, un maestro y un pequeño teatrillo

La historia de Marionet comenzó a fines de 1956, en el Colegio Mariano Acosta. Allí, el regente César López Coon había creado un taller de títeres que despertó inmediatamente el entusiasmo de dos hermanos: José María Álvarez Diéguez, de 13 años, y Alberto Joaquín Álvarez Diéguez, de tan solo 8. Los dos quisieron ir más allá del taller y comenzar a producir sus propias obras. Y aquel entusiasmo juvenil terminó involucrando a toda la familia.

Su padre, Joaquín Álvarez Martínez, había nacido en 1912 en Andosilla, Navarra, y había llegado a la Argentina en 1928. Junto con su esposa, Dora Amelia Diéguez, acompañó aquel proyecto que rápidamente dejó de ser un juego escolar para transformarse en una verdadera empresa familiar. También se incorporaron sus otros hijos: Miguel Ángel y María Isabel, la menor, que prácticamente creció dentro de la compañía.

Los primeros pasos estuvieron muy lejos de los grandes escenarios que llegarían después. Joaquín recordaría años más tarde que sus hijos habían fabricado aquellos primeros muñecos con mates y papel de diario, mientras que para construir el pequeño retablo habían utilizado latas de conserva. De esos materiales humildes surgió una aventura artística que, con el tiempo, llegaría a tener sala de ensayos, talleres propios, equipamiento técnico, escenografías de grandes dimensiones y una producción de cientos de muñecos.

Pero el destino sería especialmente cruel con los dos jóvenes que habían puesto en marcha aquella aventura. José María murió en 1971, a los 25 años, y Alberto Joaquín en 1976, con apenas 28. Las dos pérdidas golpearon fuertemente a la compañía y a una familia que había convertido aquella creación nacida en la adolescencia en el centro de su vida. Sin embargo, Marionet continuó.

Y continuó, justamente, bajo la lógica familiar que Miguel Ángel explicaría muchos años después: la continuidad era el secreto de la compañía.

De los muñecos de papel de diario a una estética operística

Cuando Clarín entrevistó a Miguel Ángel Álvarez Diéguez en 1983, Marionet llevaba ya 26 años de trayectoria. Un año después, otra nota periodística describía una compañía que había construido más de 300 muñecos y puesto en escena más de 60 piezas. Para 1993, Miguel Ángel hablaba de 36 años de labor ininterrumpida, unas 50 obras estrenadas y más de 300 muñecos.

Las cifras pueden variar según se contabilizaran obras estrenadas, representadas o piezas del repertorio, pero la dimensión del proyecto no deja dudas. Marionet había dejado hacía mucho tiempo de ser aquella experiencia artesanal de dos hermanos en un colegio.

La compañía había desarrollado una concepción escénica propia. Miguel Ángel hablaba de una “estética operística”, con grandes escenarios, muñecos de grandes dimensiones y efectos de luz y sonido sofisticados. Y para llevar adelante cada producción procuraban convocar especialistas de distintas disciplinas, buscando, según sus propias palabras, “los mejores”.

Por Marionet pasaron artistas y colaboradores entre tantos otros como Saulo Benavente, Ángel Cassidy, Otto Freitas, Syria Poletti, Marta Giménez Pastor, Javier Villafañe, Susana Itzcovich, Jorge Vizdarich, Angel Mazza, Sergio Fernández, Jorge Priano, Bruno D’Astoli y José Marangoni, mientras que el vínculo con el Teatro Colón llegó a través de Víctor de Pilla, quien realizó la escenografía de Mundo submarino.

El grupo también desarrolló sus propios talleres de escenografía y sonido y contó con una sala de ensayos. Aquella infraestructura le permitió alcanzar una independencia poco habitual y decidir qué espectáculos producir, cómo llevarlos adelante y qué ofrecerle a un público que, fundamentalmente, estaba compuesto por chicos de escuelas.

Y, sin embargo, el objetivo nunca fue simplemente deslumbrarlos.

La magia que Marionet quería mostrar

Hay algo especialmente hermoso en la filosofía de Marionet y que permite comprender por qué aquellas funciones podían quedar grabadas durante décadas.

Después de cada espectáculo, la familia ofrecía una pequeña charla didáctica para explicarles a los chicos cómo funcionaban las marionetas. No querían que el público infantil se llevara solamente aquello que había entrado por los ojos. Querían que entendiera un poco más.

Mirta Soto, una de las artistas vinculadas al grupo, explicaba que prefería trabajar a la vista del público. No quería esconder los hilos para construir una supuesta magia inexplicable. Por el contrario, quería que los chicos pudieran observar cómo manipulaba las marionetas y comprender de qué manera un muñeco podía llegar, casi, a adquirir vida propia.

Era una manera inteligente de no enfrentar fantasía y conocimiento, sino ponerlos a trabajar juntos.

La construcción de cada personaje podía demandar meses. Había que fabricar la cabeza, las manos, los pies, los trajes y estudiar cada movimiento. Después aparecían los riesgos concretos del oficio: un hilo podía cortarse o la madera podía hincharse por la humedad y alterar un mecanismo cuidadosamente preparado. La marioneta terminaba convirtiéndose, en palabras de Soto, en una prolongación del cuerpo de quien la manipulaba.

Tal vez por eso la escena que recuerda Maxi Martina resulta tan poderosa. Porque aquel “Cuyi, cuyi, cuyaaaa” no era solamente una frase de un personaje. Era el resultado visible de un trabajo que los chicos podían descubrir después de que bajara el telón.

Y hay una prueba todavía más hermosa de que esa pedagogía funcionaba. Soto contaba que unos niños, después de ver una función, habían regresado a su casa e intentado fabricar sus propios títeres. Primero improvisaron uno con el cilindro de cartón del papel higiénico, papel y algodón. Después quisieron hacer una verdadera marioneta: eligieron un personaje, utilizaron madera, colocaron hilos en brazos y piernas y los engancharon a dos maderitas cruzadas.

Para los integrantes de Marionet, que los chicos quisieran imitarlos era la mejor recompensa. Quizás, pensaban, de esos juegos pudiera surgir algún día una verdadera tradición de marionetas en la Argentina.

Una compañía que recorrió la Argentina

Marionet tampoco quedó encerrado en Buenos Aires. Sus funciones llegaron al interior y el propio Joaquín Álvarez Diéguez hablaba de algo que había observado durante décadas: los chicos reaccionaban de manera semejante frente a los personajes, sin importar demasiado de dónde fueran. El miedo ante el dragón, la rabia, la alegría y el triunfo del bien aparecían una y otra vez.

Mirta Soto agregaba otra mirada: los chicos del interior tenían, muchas veces, una avidez todavía mayor porque habían conocido menos espectáculos de ese tipo y, en algunos lugares donde se presentaban, ni siquiera había televisión.

El repertorio creció y se transformó con los años. Pedro y el lobo convivió con El duende y los coyas y Mundo submarino, una obra vinculada además con aquella colaboración del Teatro Colón. Para mediados de ls 90 el proyecto era todavía más ambicioso: crear una escuela que abarcara todas las áreas estéticas del teatro de títeres.

No era el discurso de una compañía que estuviera pensando en despedirse. Era el de una familia que seguía imaginando el futuro.

“Fuimos a Saturno, viajamos a Marte, descendimos al fondo del mar”, decía Miguel Ángel. Y después proponía el próximo destino: explorar para los chicos el mundo del futuro.

Para entonces, además, Marionet ya había incorporado a una tercera generación de los Álvarez Diéguez. La compañía que habían imaginado José María y Alberto Joaquín cuando eran apenas unos muchachos del Mariano Acosta se había convertido en una tradición familiar que atravesaba casi cuatro décadas.

Miguel Ángel murió en 2017, a los 75 años. Sus hermanos fundadores habían quedado atrás hacía mucho tiempo, muertos demasiado jóvenes, pero el proyecto que habían iniciado continuó durante décadas después de sus desapariciones.

Hablar de una última función de Marionet es algo de lo que preferimos prescindir en este artículo. Las palabras de Maxi Martina hoy en la radio no hacen otra cosa que recordar que la funcion de estos titiriteros es permanente y perdura a fuego en la memoria de sus, entonces, pequeños espectadores. Porque un hombre puede llegar a adulto, cambiar de trabajo, atravesar medio siglo y olvidar casi todo de su niñez. Pero a veces queda una voz. Un grito extraño. Una frase que parece no significar nada para quien no estuvo allí.

“Cuyi, cuyi, cuyaaaa”.

Para quienes alguna vez se sentaron frente al escenario de Marionet, probablemente alcance para recordar a Pedro, el movimiento de aquellos muñecos y el instante mágico en que, terminada la obra, los titiriteros aparecían frente a ellos para revelar el secreto.

El secreto, después de todo, nunca estuvo solamente en los títeres.

Estuvo en una familia que durante casi cuarenta años consiguió que la madera, el papel, los hilos y la imaginación parecieran tener vida propia.


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