Luis Machín contra el Gobierno: ajuste cultural, talentos perdidos y una crítica a la construcción mediática de Milei

El actor cuestionó duramente las políticas del Gobierno de Javier Milei hacia la cultura, advirtió que las dificultades económicas están dejando a una generación de jóvenes sin posibilidades de desarrollar sus vocaciones artísticas y puso bajo la lupa el papel de los medios en la construcción de la figura presidencial. “¿Cómo se construye una figura como la de nuestro actual jefe de Estado?”, planteó.

Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

La entrevista que Luis Machín concedió a C5N dejó de ser una conversación sobre actuación, cine y teatro para convertirse en una radiografía política de una de las áreas que más sufrió el cambio de rumbo impuesto por el Gobierno de Javier Milei. El actor, con una extensa trayectoria en cine, televisión y teatro, cuestionó el ajuste sobre la cultura, rechazó la idea de que el financiamiento público deba reducirse a aquello que resulte inmediatamente rentable y advirtió que detrás de cada presupuesto cultural que se recorta no solamente desaparece una obra o un proyecto: también puede desaparecer la posibilidad de que una nueva generación de artistas llegue a desarrollarse profesionalmente.

Machín fue particularmente crítico con la transformación de la industria audiovisual argentina. Recordó que durante las décadas de 1990 y 2000 los canales de televisión abierta sostenían una producción mucho más amplia de ficción nacional y señaló que ese modelo prácticamente desapareció. Las plataformas internacionales generaron nuevas oportunidades, pero, según explicó, no alcanzaron para reemplazar el volumen de trabajo que alguna vez produjo la televisión argentina. A eso se suma un fenómeno que afecta a toda la cadena productiva: la salida de rodajes hacia otros países, especialmente Uruguay, que no solamente reduce el trabajo de actores sino también de técnicos, productores, vestuaristas, maquilladores, escenógrafos y trabajadores de múltiples oficios vinculados a cada producción.

El actor ubicó parte de esa crisis en las políticas impulsadas por la administración libertaria. Su cuestionamiento no se limitó a señalar que hay menos dinero disponible para la cultura, sino que apuntó contra una concepción ideológica que, a su juicio, jerarquiza aquello que puede medirse exclusivamente por cantidad de espectadores o rentabilidad comercial. Machín recordó que el teatro y el cine comercial tienen derecho a existir y desarrollarse, pero sostuvo que una política cultural no puede reducirse a financiar únicamente aquello que garantiza grandes audiencias. Las expresiones artísticas autorales, experimentales o de menor circulación masiva también construyen patrimonio cultural y, muchas veces, alcanzan reconocimiento internacional precisamente porque no están sometidas a la lógica inmediata del mercado.

“Se pierde una generación artística”

El punto más profundo de sus declaraciones apareció cuando dejó de hablar exclusivamente de los trabajadores culturales que ya tienen una trayectoria y puso el foco en quienes todavía intentan comenzar. Machín advirtió que la crisis económica puede obligar a miles de jóvenes a abandonar o postergar sus vocaciones porque primero deben resolver necesidades elementales como comer, vestirse o sostener una vivienda. El problema, entonces, excede ampliamente al sector artístico: cuando una sociedad obliga a una persona a elegir entre desarrollar su talento o sobrevivir, también está decidiendo qué talentos tendrán la posibilidad de existir públicamente.

La advertencia tiene una dimensión particularmente significativa en un país con una larga tradición de formación artística y producción cultural. Argentina construyó durante décadas un entramado de universidades, escuelas, teatros, institutos, fondos de producción, festivales y organismos públicos que permitieron que el acceso a determinadas disciplinas no quedara reservado exclusivamente para quienes podían pagarlo de manera privada. El debate sobre los subsidios culturales, por lo tanto, no es simplemente una discusión contable: es una discusión acerca de quién puede producir cultura y quién queda excluido de esa posibilidad.

Machín recordó incluso su propia experiencia para cuestionar el discurso que presenta cualquier tipo de financiamiento estatal como un privilegio injustificable. Su argumento fue sencillo: muchas trayectorias profesionales no se construyen exclusivamente a partir del esfuerzo individual, sino también de oportunidades de formación y acceso que una sociedad decide garantizar. El actor consideró que atacar indiscriminadamente esos mecanismos bajo la idea de que constituyen “robos al Estado” termina desconociendo la función social de las políticas culturales.

Y allí aparece una de las contradicciones centrales del modelo libertario: el Gobierno sostiene que el Estado debe retirarse de aquellas actividades que el mercado puede desarrollar por sí mismo, pero la cultura no funciona únicamente como una mercancía. Una película, una obra de teatro, una canción, una novela o una producción audiovisual pueden ser económicamente deficitarias en términos inmediatos y, sin embargo, tener un enorme valor educativo, simbólico, artístico o patrimonial. La lógica del mercado puede decidir qué vende; una política cultural, en cambio, también debe preguntarse qué vale la pena preservar, estimular y hacer posible.

La televisión, los medios y la fabricación de una figura política

La otra parte de la entrevista llevó a Machín hacia un terreno todavía más político. El actor relacionó su reciente trabajo interpretando a Ricardo Barreda con una reflexión acerca de la manera en que los medios construyen determinadas figuras públicas. Su preocupación no estuvo puesta únicamente en Barreda, sino en la capacidad de la exposición mediática para transformar a un personaje, seleccionar qué aspectos de su historia se vuelven visibles y cuáles quedan relegados.

Desde esa perspectiva, trazó un paralelismo con Milei. Machín se preguntó cómo se construyó la figura del actual Presidente antes de su llegada a la Casa Rosada y cuestionó la enorme cantidad de horas de televisión y espacios informativos que recibió durante su ascenso político. La pregunta que planteó no es menor: hasta qué punto los medios simplemente reflejan un fenómeno político y hasta qué punto contribuyen activamente a construirlo.

El actor señaló que Milei fue presentado durante años como una figura disruptiva, simpática o extravagante, al mismo tiempo que sus expresiones más agresivas podían convertirse en contenido televisivo, viralizarse en redes y multiplicar su exposición. Días antes, en una entrevista con el canal de streaming Gelatina, Machín había cuestionado también la influencia que, según su mirada, tienen las expresiones presidenciales sobre el clima de violencia discursiva en las redes sociales.

Su planteo toca un problema que excede al propio Milei: la economía de la atención convirtió la provocación en una mercancía periodística. Cuanto más estridente es una declaración, mayor es su capacidad para generar reproducciones, titulares, discusiones y circulación en redes. En ese esquema, la frontera entre informar sobre una figura política y amplificarla puede volverse extremadamente delgada. Y cuando un dirigente comprende que cada exabrupto garantiza horas de televisión y miles de publicaciones, la provocación deja de ser necesariamente un accidente para transformarse en una herramienta política.

Una crítica que llega en un momento de desgaste

Las palabras de Machín aparecen, además, en un contexto en el que el Gobierno enfrenta un escenario político menos cómodo que durante los primeros meses de gestión. Un relevamiento de AtlasIntel y Bloomberg realizado entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre sobre 2.193 adultos registró 58% de desaprobación de Milei frente a 38,1% de aprobación, mientras que el 62% manifestó una imagen negativa del Presidente. El mismo estudio encontró que el 70% evaluó negativamente la situación del mercado laboral y que el 63% consideró mala la situación económica del país.

En ese escenario, la discusión cultural tampoco puede aislarse de la discusión económica. La producción audiovisual, el teatro, el cine y las industrias culturales necesitan público, inversión, trabajadores y condiciones materiales para existir. Si la población tiene cada vez menos margen para consumir cultura, si las producciones migran hacia otros países y si al mismo tiempo el Estado reduce las herramientas de promoción, el resultado no es solamente un sector cultural más pequeño: es un país que produce menos relatos sobre sí mismo.

Machín no presentó una receta sencilla para revertir la situación. De hecho, reconoció que observa el escenario político con pesimismo y que considera difícil modificar el rumbo en el corto plazo. Pero también reivindicó explícitamente la democracia como mecanismo para producir cambios y recordó que los gobiernos tienen mandatos constitucionales y que las sociedades pueden modificar sus decisiones en las urnas.

Su advertencia final fue, quizás, la más política de toda la entrevista. El actor consideró posible una eventual reelección de Milei y explicó que las figuras que generan rechazo pueden, al mismo tiempo, tener una enorme capacidad de penetración social. La paradoja está en que la misma construcción mediática que Machín cuestiona puede ser una de las herramientas que permita a un dirigente resistir incluso cuando aumentan el malestar económico y la desaprobación.

La discusión planteada por el actor, entonces, excede ampliamente al mundo del espectáculo. Es una discusión sobre qué sociedad se construye cuando la cultura es considerada un gasto prescindible, cuando el mercado decide crecientemente qué expresiones sobreviven y cuando la política se desarrolla dentro de un sistema de medios que premia la provocación, la confrontación y el personaje. Porque cuando se cierra una sala, se suspende una producción o un joven abandona una carrera artística para poder llegar a fin de mes, no desaparece solamente un espectáculo: se achica el campo de posibilidades de una sociedad entera.


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