El 16 de septiembre de 1945 nacía José Alberto Iglesias, el hombre que el rock argentino terminaría conociendo como Tanguito. Murió antes de cumplir 27 años, después de una vida atravesada por la música, la calle, la marginalidad, las drogas y los hospitales psiquiátricos. Pero entre guitarras, bares y madrugadas dejó una canción que se convirtió en uno de los puntos de partida del rock argentino: “La balsa”. A 81 años de su nacimiento, Tanguito sigue siendo una figura imposible de encerrar en una biografía: fue músico, callejero, poeta, personaje de culto y, sobre todo, uno de los primeros en demostrar que una canción podía nacer en castellano y convertirse en patrimonio de varias generaciones.
Por Carlos Alberto Resurgián para NLI

Hay artistas que construyen una carrera y otros que, aun habiendo vivido muy poco, terminan construyendo un mito. José Alberto Iglesias fue de los segundos. Murió con apenas 26 años, sin haber publicado una obra discográfica extensa y sin haber alcanzado en vida la fama que después adquiriría su nombre. Sin embargo, cuando se reconstruye la historia del nacimiento del rock argentino, su figura aparece inevitablemente entre las primeras luces de aquella revolución musical que comenzaba a tomar forma en Buenos Aires a mediados de los años 60.
Tanguito había nacido el 16 de septiembre de 1945, en Caseros, partido de Tres de Febrero. Su familia pertenecía a un ambiente trabajador y él creció en una época en la que el rock and roll estadounidense empezaba a penetrar con fuerza en los jóvenes argentinos. Bill Haley, Elvis Presley, Little Richard y otros artistas modificaban la música que llegaba por las radios, mientras en Buenos Aires comenzaban a aparecer muchachos que querían cantar aquellas canciones, pero también querían hacer algo propio.
El joven Iglesias adoptó inicialmente el nombre de Ramsés VII, antes de convertirse definitivamente en Tanguito. Su apodo no era una simple elección estética. “Tango” era una palabra profundamente porteña y el diminutivo terminó acompañando a un músico que, paradójicamente, ayudaría a construir una nueva música juvenil alejándose de las formas tradicionales del tango. El rock argentino nació mirando hacia el exterior, pero aprendió rápidamente a hablar con acento rioplatense.
Tanguito comenzó a moverse por los circuitos donde se reunían aquellos jóvenes músicos que estaban inventando algo que todavía no tenía un nombre demasiado claro. Entre ellos estaban Moris, Javier Martínez, Litto Nebbia, Pajarito Zaguri y otros protagonistas de la primera generación del rock argentino. El punto de encuentro fundamental fue La Cueva, un pequeño local de la avenida Pueyrredón que se transformó en uno de los lugares míticos de aquella historia.
La Cueva no era un gran estadio ni un templo cultural. Era un sótano donde músicos, poetas, artistas y jóvenes noctámbulos podían encontrarse hasta la madrugada. Allí se discutía, se tocaba, se escuchaba música y se escribían canciones. El rock argentino nació también de esos lugares pequeños donde nadie sabía todavía que estaba naciendo algo que iba a sobrevivir durante décadas.
Tanguito encajaba perfectamente en ese mundo. No tenía la disciplina del músico profesional ni la ambición empresarial de quien quiere construir una carrera. Era imprevisible, errante y profundamente intuitivo. Podía pasar horas tocando una canción, modificar una melodía sobre la marcha o aparecer en algún lugar sin previo aviso. Esa personalidad, que después sería fundamental para alimentar su leyenda, también hizo que su trayectoria fuera extraordinariamente difícil de ordenar.
En 1966 llegó uno de los primeros registros importantes de su carrera. Los Dukes, grupo en el que había participado Tanguito, grabaron algunas canciones y dejaron testimonio de aquella primera etapa. Pero el verdadero punto de inflexión llegaría poco después, cuando su camino se cruzó con el de Litto Nebbia.
La historia de “La balsa” es uno de los grandes capítulos fundacionales del rock argentino. La canción fue compuesta por Tanguito y Nebbia y registrada por Los Gatos en 1967. La versión apareció como simple y terminó convirtiéndose en un éxito extraordinario. Se transformó en uno de los primeros grandes fenómenos comerciales del rock cantado en castellano y abrió una puerta que después atravesarían cientos de músicos argentinos.
Pero alrededor de “La balsa” también se construyó una de las discusiones históricas más conocidas del rock argentino: ¿cuánto de la canción pertenecía a Tanguito y cuánto a Nebbia? El propio proceso de composición fue reconstruido de diferentes maneras a lo largo de los años, y la memoria de quienes estuvieron allí no siempre coincidió. Lo que sí resulta indiscutible es que Tanguito participó en el nacimiento de una canción que terminó funcionando como certificado de existencia para una nueva cultura juvenil.
“La balsa” hablaba de un hombre que quería escapar, abandonar un mundo que lo rodeaba y construir una salida propia. La imagen de fabricar una balsa y marcharse podía leerse como una fantasía adolescente, pero también terminó funcionando como una metáfora perfecta de aquella generación. Los jóvenes argentinos de los 60 estaban construyendo una identidad cultural que se alejaba de los modelos de sus padres. La música era una de las herramientas para hacerlo.
El éxito de Los Gatos, sin embargo, no convirtió a Tanguito en una estrella. Su vida continuó por un camino completamente diferente al de los músicos que lograron profesionalizarse. El alcohol y las drogas comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante. La marginalidad se profundizó y sus problemas personales terminaron interfiriendo directamente con su relación con la música.
Tanguito fue detenido en distintas ocasiones y pasó por instituciones psiquiátricas. La represión policial contra los jóvenes que se reunían alrededor del rock también formaba parte de aquella Buenos Aires. La sociedad de entonces miraba con enorme desconfianza a los muchachos de pelo largo, ropa informal y hábitos nocturnos que se juntaban en bares y sótanos. El rock todavía era visto como una anomalía antes que como una industria cultural.
Su vida comenzó a deteriorarse rápidamente. En 1971 fue internado en el Hospital Borda. Después de distintas fugas e internaciones, su situación se volvió cada vez más precaria. En ese contexto aparece otra canción asociada para siempre con su figura: “Amor de primavera”.
La canción fue grabada por Tanguito y posteriormente interpretada por numerosos artistas. Su título terminó adquiriendo una dimensión casi simbólica. Primavera, juventud, amor, fugacidad. Todo aquello que parecía representar la vida de Tanguito quedó condensado en una canción que sobrevivió mucho más que su autor.
Porque si “La balsa” representa al Tanguito fundador del rock, “Amor de primavera” representa al Tanguito íntimo, al compositor capaz de transformar una experiencia personal en una melodía de enorme sencillez. Allí aparece el artista detrás del mito: un hombre que, pese a su vida desordenada y a sus dificultades, tenía una sensibilidad musical extraordinaria.
En mayo de 1972, después de escapar nuevamente del Hospital Borda, Tanguito murió atropellado por un tren en circunstancias que durante décadas fueron objeto de versiones y especulaciones. Tenía 26 años.
Su muerte terminó de convertirlo en mito. El joven que había participado en el nacimiento del rock argentino murió antes de poder comprobar hasta dónde llegaría aquella música. No vio a Charly García convertirse en una figura masiva, no vio surgir a Luis Alberto Spinetta en toda su dimensión, no vio a León Gieco, Serú Girán, Pappo, Virus, Los Redondos, Soda Stereo ni a las generaciones posteriores. No vio el árbol que había ayudado a plantar.
Y quizás allí reside la fuerza de su leyenda.
Tanguito no tuvo una discografía enorme. No llenó estadios. No recibió grandes premios. No tuvo una larga carrera internacional. No construyó una empresa musical alrededor de su nombre. Pero estuvo en el comienzo. Estuvo cuando el rock argentino todavía era un puñado de muchachos tocando en lugares pequeños, cuando cantar en castellano podía parecer una rareza y cuando nadie sabía que aquellas canciones terminarían formando parte de una de las tradiciones culturales más importantes del país.
Con el paso de los años, la historia de Tanguito fue creciendo y también fue deformándose. El cine, los libros, los testimonios y las memorias de sus contemporáneos fueron agregando capas al personaje. La película “Tango feroz: la leyenda de Tanguito”, estrenada en 1993 y dirigida por Marcelo Piñeyro, llevó su historia a una generación que no lo había conocido y convirtió definitivamente su figura en un ícono popular. Pero aquella película también mezcló hechos documentados con una construcción dramática propia del cine.
Ese detalle importa porque Tanguito no necesita leyendas inventadas para ser extraordinario. Su verdadera historia ya contiene suficiente material: un muchacho de Caseros que se enamoró del rock, que encontró en La Cueva a una comunidad de músicos, que participó en la composición de “La balsa”, que escribió “Amor de primavera”, que padeció la persecución y la marginalidad y que murió antes de cumplir 27 años.
Hoy, a 81 años de su nacimiento, resulta inevitable pensar qué habría ocurrido si hubiese vivido más. Es una pregunta imposible de responder. Quizás habría encontrado un lugar dentro de la industria. Quizás habría terminado alejándose de la música. Quizás sus problemas personales le habrían impedido continuar. O quizás habría compuesto algunas de las grandes canciones del rock argentino de los años 70.
Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que su nombre quedó pegado al nacimiento de una música que ya no dejó de crecer. Cada vez que vuelve a sonar “La balsa”, reaparece aquel muchacho que quería construir una embarcación para escapar de un mundo que no le gustaba. Cada vez que alguien canta “Amor de primavera”, vuelve también la imagen de aquel músico frágil, contradictorio y talentoso que parecía estar siempre a punto de desaparecer.
Y ahí está el verdadero “amor de primavera” de Tanguito: una canción que nació en una Buenos Aires que ya no existe y que, sin embargo, vuelve a renacer cada vez que una nueva generación descubre aquellas primeras guitarras del rock argentino.
Tanguito murió joven. Su época murió hace décadas. La Cueva ya no existe como aquel refugio de madrugada. Los protagonistas de aquella primera camada envejecieron o se fueron.
Pero las canciones quedaron.
Y mientras alguien vuelva a escuchar “La balsa” o “Amor de primavera”, Tanguito seguirá teniendo 26 años, seguirá caminando por la noche porteña con una guitarra bajo el brazo y seguirá buscando, como aquella generación de jóvenes de los 60, una balsa para escapar hacia un lugar todavía desconocido.
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