La madrugada del 18 de marzo de 1957 encontró a seis dirigentes peronistas fuera de la cárcel de Río Gallegos y lanzados hacia la frontera chilena
Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

El 18 de marzo de 1957, seis de los principales dirigentes del peronismo encarcelados por la Revolución Libertadora escaparon del penal de Río Gallegos y cruzaron la frontera hacia Chile. John William Cooke, Héctor Cámpora, Jorge Antonio, Guillermo Patricio Kelly, José Espejo y Pedro Gómiz terminaron detenidos en Punta Arenas y luego trasladados a Santiago, donde se abrió una batalla judicial por su extradición. Pero detrás de aquella fuga espectacular había algo mucho más importante que una evasión carcelaria: en Chile funcionaba una estructura clandestina del peronismo exiliado, el llamado Comando Chile, que terminaría convirtiéndose en una pieza central de la Resistencia y en la plataforma desde la cual Cooke asumiría la conducción operativa del movimiento en el exterior.[1]
Una fuga que sacudió a la Revolución Libertadora
La madrugada del 18 de marzo de 1957 encontró a seis dirigentes peronistas fuera de la cárcel de Río Gallegos y lanzados hacia la frontera chilena. No eran presos políticos secundarios. En el grupo viajaban John William Cooke, delegado personal de Juan Domingo Perón; Héctor José Cámpora, antiguo presidente de la Cámara de Diputados; Jorge Antonio, empresario y antiguo hombre de confianza del presidente depuesto; Guillermo Patricio Kelly, dirigente de la Alianza Libertadora Nacionalista; José Espejo, ex secretario general de la CGT; y Pedro Gómiz, dirigente sindical petrolero. La fuga, por su composición, equivalía a sacar de una sola cárcel a una parte significativa de la estructura política, sindical, financiera y militante del peronismo clandestino. La reconstrucción historiográfica posterior confirma la composición del grupo y señala que la evasión contó con apoyo exterior y colaboración desde el propio penal.[2]
La operación tuvo además una dimensión casi cinematográfica. Los testimonios posteriores reconstruyeron que el grupo logró salir con la colaboración de personal de la cárcel y que, una vez fuera, utilizó un automóvil para dirigirse hacia la frontera. El relato de la fuga fue alimentando con los años una verdadera mitología de la Resistencia, pero detrás de la leyenda existe un dato político mucho más concreto: aquellos seis hombres no estaban simplemente escapando de una prisión; estaban intentando reincorporarse a una estructura de lucha que ya funcionaba fuera de la Argentina. El destino elegido fue Chile, donde el peronismo había conseguido construir desde 1955 una red de exiliados, contactos políticos, vínculos sindicales y canales clandestinos de comunicación con la Argentina. La reconstrucción historiográfica de Leandro Lichtmajer y Darío Pulfer ubica la fuga precisamente en ese entramado y señala que la llegada a Chile habría contado con el apoyo del Comando Chile.[3]
El cruce de la frontera tampoco fue el final de la aventura. El 18 de marzo, los fugitivos se presentaron en Punta Arenas y solicitaron asilo político. Una documentación parlamentaria chilena posterior registra que fueron siete las personas que llegaron inicialmente, ya que junto a los seis dirigentes estaba Manuel Araujo García, quien había colaborado en el traslado y posteriormente seguiría una situación jurídica diferente.[4] La Embajada argentina solicitó inmediatamente su detención provisoria. El Gobierno chileno concedió inicialmente el asilo, pero aceptó mantenerlos detenidos mientras se tramitaba el pedido argentino de extradición.[5]
La dimensión internacional del episodio quedó expuesta pocos días después. El 26 de marzo de 1957, la prensa chilena informaba que la Corte Suprema había recibido formalmente la solicitud de extradición presentada por el Gobierno argentino. Los exhortos judiciales contenían las acusaciones por las cuales la dictadura pretendía que Chile entregara a los fugados. El gobierno de Aramburu buscaba presentarlos como delincuentes comunes procesados por delitos ordinarios; los refugiados sostenían, en cambio, que eran perseguidos políticos. Esa diferencia sería decisiva en el proceso.[6]
El Comando Chile: una retaguardia clandestina en Santiago
Para comprender lo que ocurrió después hay que detenerse en una estructura que durante mucho tiempo quedó relegada en las historias generales de la Resistencia: el Comando de Exiliados de Chile. No era una organización homogénea ni una suerte de embajada clandestina del peronismo. Reunía a argentinos exiliados, militantes nacionalistas, dirigentes sindicales y colaboradores chilenos, y mantenía vínculos con diferentes sectores políticos y sociales del país. Entre sus figuras aparecieron María de la Cruz, Florencio Monzón y otros dirigentes que intentaban sostener desde Santiago el contacto con las organizaciones clandestinas argentinas.[7]
Una de las tareas más importantes del Comando era mantener comunicaciones con la Argentina. La estructura llegó a montar emisoras clandestinas destinadas a transmitir información y directivas hacia territorio nacional. Una de ellas fue identificada como “LU9 45”, organizada por Monzón y transmitida desde San Bernardo, cerca de Santiago, desde la vivienda del argentino-chileno Ario Ricci. El equipo transmisor había sido proporcionado por jóvenes vinculados al Ejército Libertador Sudamericano (ELSA). La documentación reconstruida por investigadores del peronismo muestra que Perón consideraba esas comunicaciones una pieza esencial para mantener unida a la Resistencia.[8]
El Comando Chile tenía entonces como una de sus principales referencias a Luco, dirigente vinculado a la estructura peronista clandestina que actuaba desde el exilio y mantenía los contactos con Perón y con otros comandos argentinos instalados en distintos países de América Latina. Desde Santiago se sostenían redes de comunicación, propaganda y apoyo a los perseguidos por la Revolución Libertadora, en un entramado que combinaba militantes políticos, dirigentes sindicales y colaboradores civiles. La llegada de los seis fugados de Río Gallegos modificó ese equilibrio y convirtió a Chile en uno de los principales centros de articulación de la Resistencia peronista en el exterior: la conducción del Comando Chile pasó de Luco a John William Cooke, quien desde entonces adquirió un papel central en la organización de las estructuras de resistencia fuera de la Argentina.[9] No era un cambio menor. Cooke ya había sido reconocido por Perón como su principal delegado dentro de la estructura clandestina. En noviembre de 1956, desde Caracas, Perón había llegado a definirlo como el dirigente con autoridad para conducir las fuerzas peronistas organizadas dentro y fuera del país. La prisión no había interrumpido esa relación: Cooke había continuado enviando y recibiendo información mientras estaba encarcelado.[10]
La correspondencia posterior demuestra hasta qué punto Chile pasó a funcionar como un verdadero centro operativo. En abril y mayo de 1957, Perón enviaba instrucciones al Comando Chile y Cooke informaba desde Santiago sobre la situación de los grupos clandestinos argentinos. En una carta fechada el 21 de abril, Perón explicaba que había enviado instrucciones al Comando de Chile y pedía que se hicieran llegar determinados documentos y mensajes. El 8 de mayo volvió a escribirle a Cooke y le señaló que mayo debía convertirse en un período de intensificación de la resistencia, las transmisiones radiales, la infiltración y otras formas de acción clandestina.[11]
Es decir que Chile no era solamente el lugar donde los seis habían encontrado refugio. Se estaba convirtiendo en una retaguardia política desde la cual Perón intentaba mantener contacto con los grupos clandestinos argentinos. Y Cooke, una vez instalado en Santiago, pasó a ocupar una posición privilegiada dentro de esa estructura.
La batalla por la extradición y la pista de Juan de la Cruz Guerrero
La cuestión de la extradición llevó el episodio a las primeras páginas de los diarios chilenos. Los seis fueron trasladados a Santiago y quedaron sometidos a un proceso judicial que adquirió una enorme repercusión pública. La defensa quedó en manos del abogado Carlos Vicuña Fuentes, quien sostuvo que el problema no consistía en defender al peronismo sino el derecho de asilo frente a una persecución política.[12] La prensa chilena siguió con enorme interés el proceso y publicó entrevistas con los refugiados. La Nación de Santiago, por ejemplo, entrevistó a los seis y recogió sus declaraciones desde la situación de detención.[13] Cooke aprovechó aquellas apariciones para reivindicar abiertamente la posibilidad del regreso de Perón.

La Justicia chilena terminó rechazando la extradición de Cooke, Cámpora, Jorge Antonio, Espejo y Gómiz, mientras que Kelly quedó sometido a una situación diferente por otras causas que pesaban sobre él en la Argentina. Una investigación histórica sobre el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo registra que la primera decisión se produjo el 15 de julio de 1957 y que el 24 de septiembre la Corte Suprema confirmó el rechazo de la extradición de cinco de los refugiados, dejando a Kelly como excepción.[14]

Y es precisamente alrededor de esta llegada a Chile donde aparece otro personaje que se suma a la historia de Ismael Juan de la Cruz Guerrero. Guerrero había sido embajador argentino en Santiago entre 1953 y 1955, durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Designado a través del Decreto Nº 2.019, del 4 de febrero de 1953, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en Chile, asumió sus funciones el 11 de febrero.[15] Tras el derrocamiento de Perón fue reemplazado por Alfonso Gregorio de Laferrère, designado durante el gobierno de facto de Eduardo Lonardi.[16]
Guerrero, sin embargo, había construído en Chile una red política y personal considerable. Durante su gestión había entablado relaciones particularmente estrechas con el presidente Carlos Ibáñez del Campo, intervenido activamente en la política de integración económica argentino-chilena y desarrollado una intensa actividad pública. La documentación oficial de Cancillería muestra su intervención directa en la aplicación del Convenio Comercial y Financiero argentino-chileno de 1954, incluyendo cuestiones vinculadas con el abastecimiento argentino de productos estratégicos como cobre y salitre.[17] La prensa chilena, por su parte, registra su actividad social y diplomática junto a su esposa, Evelia Luisa Poncet de Guerrero, en recepciones que reunían a funcionarios y dirigentes de ambos países.[18]
Pero Guerrero no había sido visto en Chile solamente como un diplomático particularmente activo. También se convirtió en uno de los blancos principales de las denuncias sobre la penetración del peronismo en la política chilena. La controversia comenzó prácticamente desde su llegada. En diciembre de 1953, durante un debate parlamentario, se cuestionó el discurso pronunciado por Guerrero al presentar sus cartas credenciales y se sostuvo que sus expresiones constituían una intervención inadmisible en la política interna chilena. En aquella discusión se reprodujeron afirmaciones atribuidas al embajador acerca de la coincidencia política entre Perón e Ibáñez y se lo acusó de favorecer la propaganda justicialista.[19]
La polémica no quedó circunscripta a un discurso. En el mismo debate parlamentario apareció una acusación todavía más seria: el ex canciller chileno Oscar Fenner habría informado al presidente Ibáñez sobre la responsabilidad de Guerrero en relación con la propaganda justicialista y había advertido que esa actividad podía perjudicar el prestigio argentino en Chile y “acarrear toda suerte de perturbaciones a la amistad entre ambos países”.[19] La acusación era política y debe ser tratada como tal, pero su importancia reside en que permite reconstruir la percepción que sectores de la dirigencia chilena tenían sobre el papel del embajador argentino.
La controversia alcanzó tal dimensión que años después, al investigar la llamada “penetración peronista”, la Cámara de Diputados chilena volvió sobre el asunto y recogió testimonios según los cuales Guerrero habría manejado fondos provenientes de la Subsecretaría de Difusión argentina con fines de penetración política, incluso pasando por encima del propio Ministerio de Relaciones Exteriores argentino. El diputado Rafael Gumucio sostuvo que Guerrero había sido protegido por Ibáñez precisamente por los vínculos de amistad que mantenía con el presidente chileno y su familia.[20] El propio futuro presidente Salvador Allende lo llamará «el tío Ismael».

Existe un elemento todavía más sugestivo. En junio de 1956, el entonces ministro del Interior chileno, Benjamín Videla, recordó ante el Senado su relación personal con Guerrero y afirmó que éste le había manifestado que no era peronista cuando llegó a Chile, aunque era amigo de Ibáñez y, precisamente por esa relación, había aceptado el cargo. Según el propio Videla, una vez instalado en Santiago, Guerrero “se hizo peronista”.[21]
La paradoja se vuelve todavía más fuerte cuando se observa la trayectoria posterior. La investigación historiográfica disponible ubica a Guerrero dentro del circuito de apoyo del Comando Chile relacionado con la llegada de los seis fugados de Río Gallegos. Lichtmajer y Pulfer señalan expresamente que la llegada a Chile “habría contado con el apoyo del Comando Chile, a través de la intervención de Juan de la Cruz Guerrero”.[22] Los autores remiten para esa afirmación a una fuente de época particularmente importante: El semanario Mayoría, el mismo que publicó a Rodolfo Walsh [23]
La pista adquiere especial relevancia cuando se la cruza con todo lo que sabemos de su etapa como embajador. No era un recién llegado a la política chilena: había sido el hombre de Perón en Santiago, había mantenido una relación estrecha con Ibáñez y había desarrollado vínculos que excedían largamente el protocolo diplomático. Una investigación parlamentaria chilena llegó incluso a registrar que durante su embajada había recibido instrucción de vuelo de la Fuerza Aérea de Chile y que su nombre había quedado relacionado con la discusión sobre distinciones militares honorarias.[24] Esa cercanía con sectores políticos y militares chilenos ayuda a comprender por qué su nombre podía conservar valor dentro de una red de exiliados que necesitaba contactos, protección y capacidad de movimiento después de 1955.
La historia de Guerrero queda así situada en una zona particularmente interesante de la Argentina posterior al golpe. Fue primero un funcionario de la política exterior de Perón y después un hombre relacionado con las redes políticas que sobrevivieron al derrocamiento del gobierno peronista. Su biografía permite observar cómo las fronteras entre diplomacia, militancia, exilio y resistencia fueron mucho menos rígidas de lo que posteriormente sugirió la historia institucional.
La fuga, finalmente, tuvo consecuencias políticas mucho mayores que la liberación de seis dirigentes. Cooke quedó instalado en Chile y desde allí comenzó a reorganizar la estructura exterior de la Resistencia. En los meses siguientes mantuvo una correspondencia intensa con Perón, coordinó comunicaciones, recibió emisarios, transmitió instrucciones y terminó convirtiéndose en la figura central de la llamada División de Operaciones del Comando Superior Peronista. En junio de 1957, Perón formalizó esa situación y puso bajo la conducción de Cooke los comandos de exiliados de Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia, convirtiéndolo en su principal operador para la preparación y coordinación de las acciones de la Resistencia.[25]
La propia documentación de la época muestra hasta qué punto Chile se había transformado en una pieza estratégica. Desde Santiago funcionaban redes de comunicación clandestina, se transmitían directivas hacia la Argentina y se mantenían contactos con los distintos grupos de la Resistencia. El Comando Chile había conseguido incluso montar emisoras radiales, entre ellas la denominada LU9 45, y mantenía vínculos con sectores nacionalistas chilenos y con organizaciones como el Ejército Libertador Sudamericano.[26] Perón consideraba a Chile uno de los puntos más importantes de su estructura exterior y, en la correspondencia con Cooke, llegó a describir la situación de los comandos como parte de una estrategia continental destinada a preparar una acción contra la dictadura argentina.[25]
Por eso, la fuga de Río Gallegos puede ser leída hoy desde una perspectiva bastante más amplia. Aquella madrugada no escaparon simplemente seis presos de una cárcel perdida en el extremo sur argentino: escapó una parte del núcleo dirigente de un movimiento proscripto que consiguió convertir su llegada a Chile en una operación política de alcance continental. Río Gallegos fue el punto de partida; Punta Arenas, el primer refugio; Santiago, el nuevo centro de operaciones. Desde allí, mientras la Justicia chilena discutía si debía entregarlos a la dictadura argentina, Cooke y sus compañeros comenzaron a reconstruir las comunicaciones y la organización de una Resistencia que ya no dependía exclusivamente de lo que ocurría dentro de las fronteras argentinas.
Notas documentales
[1] Leandro Lichtmajer y Darío Pulfer, “La génesis de la intermediación. Perón y los comandos de exiliados (1955-1958)”, Folia Histórica del Nordeste, Nº 48, 2023. El trabajo reconstruye la fuga, la llegada a Chile y la posterior reorganización del Comando Chile. Consultar el artículo de Lichtmajer y Pulfer
[2] Lichtmajer y Pulfer, op. cit.; véase también la reconstrucción de la fuga en las fuentes reunidas por el Diccionario del Peronismo 1955-1969. Diccionario del Peronismo 1955-1969
[3] Lichtmajer y Pulfer, op. cit. Los autores señalan que Cooke, Cámpora, Kelly, Gómiz, Jorge Antonio y Espejo lograron escapar del penal, cruzar la frontera e instalarse en Chile y que la acción “habría contado con el apoyo del Comando Chile, a través de la intervención de Juan de la Cruz Guerrero”.
[4] Cámara de Diputados de Chile, antecedentes parlamentarios relativos al proceso de los fugitivos de Río Gallegos y su llegada a territorio chileno. La documentación registra la presencia de Manuel Araujo García junto a los seis dirigentes.
[5] Documentación parlamentaria chilena sobre el proceso de asilo y extradición de los fugados. Véanse asimismo las actuaciones judiciales reproducidas en los debates del Congreso Nacional de Chile.
[6] La Nación, Santiago de Chile, 26 de marzo de 1957, cobertura de la solicitud de extradición argentina contra los fugitivos de Río Gallegos. Archivo digital de La Nación, 26 de marzo de 1957
[7] Lichtmajer y Pulfer, op. cit.; Diccionario del Peronismo 1955-1969, entrada “Comandos de Exiliados – Chile”. Comandos de Exiliados – Chile
[8] Lichtmajer y Pulfer, op. cit. El estudio reconstruye el funcionamiento de LU9 45, su instalación en San Bernardo y los vínculos con el ELSA.
[9] Ibídem. La investigación señala el desplazamiento de la conducción del Comando Chile hacia Cooke después de la fuga.
[10] Ibídem y documentación de la Correspondencia Perón-Cooke, utilizada por los autores para reconstruir la relación entre Perón y su delegado.
[11] Diccionario del Peronismo 1955-1969, entrada “Comandos de Exiliados – Chile”, que reproduce y contextualiza la correspondencia de Perón con Cooke durante abril y mayo de 1957. Correspondencia y Comandos de Exiliados – Chile
[12] Documentación parlamentaria chilena sobre el proceso de extradición y la intervención del abogado Carlos Vicuña Fuentes.
[13] La Nación, Santiago de Chile, 7 de abril de 1957, entrevista a los seis fugados de Río Gallegos. Archivo digital de La Nación, 7 de abril de 1957
[14] Antecedentes parlamentarios e historiográficos sobre el proceso de extradición de los fugitivos durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo. Véase la documentación de la Cámara de Diputados de Chile sobre la situación de los refugiados.
[15] Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, Memoria 1952-1953, p. 286. El documento oficial registra el Decreto Nº 2.019 del 4 de febrero de 1953 y la asunción de Guerrero el 11 de febrero. Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto 1952-1953
[16] Nómina histórica de embajadores argentinos en Chile. La sucesión ubica a Guerrero durante el gobierno de Perón y a Alfonso Gregorio de Laferrère durante la presidencia de Eduardo Lonardi.
[17] Archivo de Tratados de la Cancillería Argentina, documentación relativa al Convenio Comercial y Financiero argentino-chileno de 1954. La documentación chilena está dirigida expresamente a Guerrero en su carácter de embajador. Archivo de Tratados de la Cancillería Argentina
[18] La Nación, Santiago de Chile, 26 de mayo de 1955, crónica de la recepción ofrecida por Ismael Juan de la Cruz Guerrero y su esposa y de la entrega de la Gran Cruz de la Orden al Mérito Argentino al canciller chileno Osvaldo Koch.
[19] Cámara de Diputados de la República de Chile, sesión extraordinaria del 22 de diciembre de 1953, debate sobre la actuación del embajador argentino y las denuncias de propaganda justicialista. Documento de la Cámara de Diputados de Chile, 22 de diciembre de 1953
[20] Cámara de Diputados de la República de Chile, sesión del 11 de julio de 1956, investigación sobre la llamada “penetración peronista”. La intervención del diputado Rafael Gumucio contiene las acusaciones relativas a Guerrero, los fondos de la Subsecretaría de Difusión y sus relaciones con Ibáñez. Documento de la Cámara de Diputados de Chile, 11 de julio de 1956
[21] Senado de la República de Chile, sesión del 12 de junio de 1956, intervención del ministro del Interior Benjamín Videla sobre su relación con Guerrero y la evolución política que atribuía al ex embajador argentino. Diario de Sesiones del Senado de Chile, 12 de junio de 1956
[22] Lichtmajer y Pulfer, op. cit. La formulación exacta es que la llegada de los fugados a Chile “habría contado con el apoyo del Comando Chile, a través de la intervención de Juan de la Cruz Guerrero”.
[23] Mayoría, Nº 6, 13 de mayo de 1957, p. 31. Es la fuente contemporánea citada por Lichtmajer y Pulfer para la intervención de Guerrero. Su consulta directa es especialmente importante para establecer el alcance exacto de esa intervención.
[24] Cámara de Diputados de Chile, antecedentes de la investigación sobre la actuación de Guerrero durante su permanencia en Santiago. Allí aparecen referencias a su instrucción de vuelo en la Fuerza Aérea de Chile y a las discusiones sobre distinciones militares honorarias.
[25] Diccionario del Peronismo 1955-1969, entrada “Comandos de Exiliados – Chile”, basada entre otras fuentes en la Correspondencia Perón-Cooke y en los trabajos de Lichtmajer y Pulfer. Comandos de Exiliados – Chile
[26] Lichtmajer y Pulfer, op. cit. El trabajo reconstruye las emisoras, las comunicaciones clandestinas y los vínculos del Comando Chile con el ELSA y otras organizaciones del exilio.
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