Malestar cívico 

Por Alejandro Enrique para La Insuperable

La veda proselitista comenzó sin calma para la reflexión, con una demanda urgente: la aparición con vida de Santiago Maldonado. Nada pudo ni puede decirse para atenuar el malestar cívico extremo que produce la desaparición forzada de un ciudadano, sobre todo cuando las autoridades políticas, responsables por la represión en Chubut, la niegan e incentivan a los medios oficialistas para que siembren dudas con material periodístico falaz. Las PASO se desarrollaron, además, sin que la cautelar de la CIDH, cuyo plazo ya había expirado, fuese acatada por el gobierno nacional.

Los cimientos de la democracia vienen corroyéndose desde diciembre de 2015 a fuerza de decretos, avasallamientos y arbitrariedades, entre las que se cuentan catorce presos políticos. Los sectores minoritarios favorecidos, mientras tanto, fagocitan los recursos económicos del resto de la sociedad, amedrentada por un aparato represivo que da señales cotidianas de una creciente ferocidad, coronada con la desaparición de Maldonado. El resultado de las elecciones primarias abiertas, manipulado con descaro para atenuar el impacto de los resultados de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, agregó incertidumbres republicanas pero envalentonó al mercado, que respondió llevando el dólar hacia abajo y la bolsa hacia arriba, es decir, preanunciando la continuidad  del festín especulativo que amenaza devenir en orgía palaciega.

La raíz del creciente desasosiego cívico, a pesar de la gravedad de los acontecimientos recientes que lo exacerbaron, debería rastrearse desde los inicios mismos de las campañas preelectorales. Un interrogante puso en entredicho al grueso de las fuerzas opositoras en pugna: ¿cómo logró el oficialismo imponer sus leyes en el Congreso sin contar con mayorías? Todas las respuestas ensayadas sembraron más inquietud que confianza. Ni la trágica deslealtad ni la fingida responsabilidad colaborativa despejaron la sombría panorámica retrospectiva de los casi veinte meses transcurridos. Silencios, excusas y eufemismos destruyeron la base de confiabilidad imprescindible para generar esperanza en el electorado que se expresó el domingo. Aunque algunos resultados, en el marco de oscuras sospechas de irregularidades generalizadas, puedan alarmar —con especial mención para los de Córdoba y CABA— no sorprende que casi todas las figuras engañosamente opositoras, las mismas que en el Congreso votaron codo a codo con Cambiemos, hayan sido derrotadas en pos de aclarar en agosto el paisaje de octubre.

En un contexto de civismo empobrecido, plagado de prejuicios reciclados, la mimetización con el discurso de fachada aséptica que los poderes triunfantes impusieron como paradigma del orden, del realismo despolitizado, correcto y moderno, se instaló en la campaña preelectoral que las distintas fuerzas llevaron adelante. Esta homogeneidad fue el mayor logro del oficialismo. De una u otra manera, todos intentaron comunicar su visión en lengua extranjera. Y bien se sabe lo difícil que resulta igualar en eficacia al hablante nativo de un idioma. Lo inauténtico no resultó. Las PASO dejaron ciertas claves, una de ellas es que ninguna oposición verdadera al modelo de Cambiemos llegará a consolidar logros o torcer rumbos si no construye su discurso y lo fusiona plenamente con su estrategia, dejando en claro que disputará el poder desde una cosmovisión cultural y política absolutamente distinta.

En un escenario rocambolesco de opositores a la oposición, el desbroce de las PASO acentuó el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner como única figura que representa la auténtica confrontación al modelo de Cambiemos. Sin embargo, un camino con menos espejismos no significa haber superado el vasto desierto: el dilema discursivo continúa. ¿Cómo escapar a la telaraña de temas menores, muletillas difamatorias cristalizadas y ráfagas inabarcables de bochornos cotidianos, inherentes a la doctrina Macri-Bullrich? ¿Cómo hacerlo con un porcentaje abrumadoramente elevado de medios de comunicación y periodistas alineados con el oficialismo? El contrapeso mediático alternativo al modelo comunicacional que sostiene la corrupción sistémica es muy difícil de estructurar en un país en el que de la noche a la mañana se ensanchó la brecha digital y se desvirtuó en esencia la ley de servicios de comunicación audiovisual. Para una fuerza creada en un brevísimo lapso, apoyada en un liderazgo fuerte pero empujada a encarar una campaña cuasi artesanal, la generación de un discurso contra hegemónico, no edulcorado, a contramano del que está en boga —único eficaz en el imaginario político actual—, parece a simple vista una tarea ciclópea.

Por debajo del dilema discursivo, riesgoso hasta en su intangibilidad, aflora una tremenda inquietud ligada a las irregularidades del escrutinio arriba señaladas, que se proyecta al interior del PJ y sus complejas vinculaciones de cercanía y distancia con Unidad Ciudadana. Lo que muchos expertos previeron como antesala del fraude electoral al analizar, primero, la insistencia de Cambiemos en imponer el voto electrónico que rechazó el Congreso y, después, en los forzados movimientos en la justicia electoral y la contratación de INDRA, ahora genera oscuras sospechas de connivencias no sólo en el presente sino también en el pasado. Quien mejor lo resume en una hipótesis es la periodista Débora Mabaires (1) a través de una breve cadena de tuits: “INDRA a cargo de la carga (también) de datos en 2015. Landau (apoderado del FPV) no quiso recontar votos. Randazzo en el Ministerio del Interior. INDRA estaba a cargo del ‘data entry’. Gana Macri y lo primero que hace Tullio es renunciar para ir a trabajar con él. El CEO de INDRA se va a trabajar con Vidal y ponen a ex SOCMA.”. Así, la sombra del fraude se retrotrae a 2015 y la ex presidenta debería consolidar su espacio en un campo minado de quintacolumnistas. Acertada o no, la verosimilitud de la hipótesis se refuerza con el silencio —o minimización de las irregularidades— de los integrantes de Cumplir.

El trayecto a octubre, en semejante contexto, promete más desasosiego cívico. El ritmo que el actual gobierno imprime a las reformas que debilitan simbólica y materialmente a la ciudadanía prefigura escenarios inestables, signados por temores profundos en un horizonte de certezas ilusorias. La idea de que la suerte está echada y que, por ende, Cambiemos consolidará su hegemonía en los planos político y cultural es tan errática como la profecía periodística de la cercana muerte del peronismo. Tampoco puede afirmarse que un líder fuerte sea suficiente para transmitirle a las clases medias en proceso de extinción —y al electorado disconforme en general— la imagen de una oposición real, con vocación y proyecto para disputar el poder, si el partido o frente que encabeza no despliega en armonía los recursos estratégicos y discursivos imprescindibles para eludir las distintas  sorpresas de menor cuantía que, sin duda, ya se han pergeñado en las usinas del PRO con la intención de opacar graves maniobras tales como la que se realizó este jueves en el Consejo de la magistratura para suspender, con vistas a la destitución, a Eduardo Freiler. El camarista federal, dicho sea en nombre de los malestares cívicos, figuraría desde tiempo atrás en una lista negra que se teme podría trascender nombres propios y extenderse a conceptos tales como ética pública, independencia de poderes, derechos y garantías. Hoy por hoy, hablar de una democracia de baja intensidad también constituiría un riesgo: podría considerarse otro de los tan depreciados eufemismos.

1.       Mabaires, Débora, “Fraude”, en:  https://mabaires.blogspot.com.ar/  (Una captura de la cadena de tuits citada puede verse en: https://twitter.com/Juan_Tronconi2/status/898038036889513984 )

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