Durán Barba: mito, fachada y fraude

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

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Imagen: Rambletamble

El mimado gurú ecuatoriano del macrismo seguramente considerará que el lapso que separa la temporada estival de las elecciones presidenciales es inmenso. Puede que en la intimidad de la mesa chica ─si es que la frecuenta con tanta asiduidad como se menta─ festeje que los castigos al bolsillo de la población se hayan concentrado en el verano. También es posible que todo eso le resulte indiferente o le cause gracia.

El hombre, al fin y al cabo, está acostumbrado a disfrutar la desgracia ajena como un logro de su arte política del subdesarrollo. Con unos meses de tregua podría asegurarse sus honorarios y desplegar una quizá eficaz campaña de oscuro diseño. O no. Quién sabe si en verdad las aspiraciones del clan Cambiemos de alargar el régimen van por el lado del proselitismo de difamación, opereta y mantra como se tiende a dar por descontado.

Sin perjuicio de la jerarquía de gurú que se presupone le reconocen, cierto margen de duda en su clientela sería comprensible. Una puerta abierta al fraude que, de paso, honrara las costumbres conservadoras de rancio abolengo no estaría de más para tranquilizar a timoratos y tradicionalistas. Imposible pensar que Jaime Durán viese esta medida profiláctica con malos ojos. Un hombre curtido en el protagonismo de la dolarización de Ecuador no le haría ascos a pequeñas irregularidades. Menos aún si también supo desplegar su magia digital en uno que otro escrutinio mexicano.

La dilatada experiencia internacional de Barba ameritaría un capítulo aparte que, por el momento, no vale la pena desarrollar ni detallar más de la cuenta ya que como funcionario, asesor o consultor se las ha arreglado para ser catalogado como un tolerable esperpento parlanchín al que se le deja de prestar atención cuando explotan los desastres que su clientela genera.

En Argentina todavía sirve como cuco para opositores, fusible para redimir de algunas agachadas éticas a sus teóricos mandantes y, además, como excusa mediática de los excesos  del cambiemismo que ponen en aprietos a  periodistas venales. El liderazgo comunicacional que se le atribuye funciona así en diversos planos a modo de cable a tierra. Con cierta osadía hasta podría considerárselo un chivo emisario bien remunerado.

Si, en contraposición, se tomase por cierto el supuesto de que este personaje fuera artífice del ascenso de Mauricio Macri a través de lo que suele llamarse ─sobre todo entre los cultores del eufemismo─ “marketing político”, habría que intentar el ensayo de un inventario de los recursos que usó para lograr el triunfo porque, en ese caso,  las probabilidades de repetición serían altas.

Materiales, táctica y estrategia difícilmente variarían en lo esencial. A la siempre fuerte tentación de repetir lo exitoso  se sumaría el irresistible placer que significa para un manipulador de voluntades disfrutar de antemano el padecimiento por venir de los obcecados reincidentes. Maquillar la zanahoria del burro y reírse de las corridas de ingenuos y fanáticos a la vez. El Burlador de Quito podría así ser tan previsible como cualquier Tenorio.

Tanto el PRO como la alianza que este partido de ultra derecha encabeza ideológicamente, Cambiemos, centraron el aspecto destructivo de sus campañas proselitistas en lo que podría denominarse el conjunto de taras cívicas argentinas ─antiperonismo acérrimo, nostalgias castrenses y clasemedismo aspiracional “apolítico”─  ligadas a la exacerbación de envidia, ira y soberbia, en coincidencia con los universalmente conocidos pecados capitales, montados sobre una plataforma de constantes reiteraciones de no más de una veintena de epítetos y frases fulminantes pero reñidas con la lógica. El resto se basó en conocidas campañas de difamación, grandes y pequeñas.

El aspecto propositivo giró alrededor de la inasible polisemia del cambio. Las promesas imposibles de cumplir, por demás conocidas como para consumir espacio resumiéndolas, eran la contracara de los diagnósticos catastróficos y las críticas más severas reproducidas en todo tipo de soporte. El paquete de la genialidad durambarbiana hubiese sido imposible de imponer sin una enorme cantidad de recursos económicos que sostuviesen los costos de machacar día tras día con lo mismo. Todo lo demás estuvo en manos del entramado de fundaciones, ONG y corporaciones con interés en convertir a la Argentina en un paraíso especulativo. La inversión inicial en Cambiemos fue enorme.

Nada de lo que se intentó sintetizar más arriba podría considerarse novedoso. La apelación constante a la corrupción de los gobiernos populistas es una costumbre conservadora que se remonta a las calumnias con que cubrieron a Hipólito Yrigoyen y sus funcionarios. Incluso Frondizi publicó un libro sobre esta manera de desacreditar gobernantes que no favorecen abiertamente a las élites. Las falacias de la grieta, el aislamiento del mundo y la polarización, entre otros, son fósiles mil veces trajinados por políticos o politiqueros. El durambarbismo tan encumbrado podría verse también como un taller de restauración de antigüedades con buena prensa.

Los poderes persuasivos atribuidos a Durán Barba, sus obsesiones por el sondeo de opinión y su porfía en mantener al partido gobernante en campaña permanente han calado hondo gracias, sobre todo, a la atención que los medios concentrados le vienen prestando. Mostrarlo como una figura de culto se convirtió en costumbre, igual que temerle a las operaciones inescrupulosas que de una u otra manera se termina atribuyéndole. Se da por descontado que para las próximas elecciones esconde varios ases en la manga. Subestimarlo sería una temeridad, pero abonar semejante hipérbole  tampoco parecería muy razonable.

La otra cara de la moneda pone al durambarbismo en un lugar verosímil, sobre todo en momentos en los que las intenciones oficiales de privar de controles el escrutinio del próximo acto electivo descorren el velo que disimulaba una vocación fraudulenta que sería cándido juzgar recién nacida. Los temores que se consolidan proyectan las dudas hacia atrás, inclusive hasta 2015. Toda la magia negra electoral del gurú no sería otra cosa que una fachada para hacer más creíble un resultado nacido de la irregularidad.

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El mito del aparato propagandístico de Cambiemos potenciado hasta el infinito por Jaime Durán Barba, conocedor de los arcanos del votante, ocuparía el lugar necesario para justificar el ascenso anticipado de una fuerza de ultra derecha en la que se habrían invertido sumas siderales pero que tal vez no había crecido aún lo suficiente como para ganar una elección. Así el consultor ecuatoriano se convertiría en un engranaje más ─intencionadamente visible pero para nada decisivo─ de la maquinaria de un triunfo espurio.

Desde una perspectiva racional no sería fácil pensar que inversores fuertes, por lo general esquivos al riesgo, hubiesen confiado en exclusiva a un consultor itinerante la misión de asegurar el ascenso del macrismo, imprescindible para recuperar el capital y asegurarse ganancias excepcionales que justificaran la apuesta. Sí, en cambio, que consintiesen derivar una pequeña porción de lo invertido  en remunerar sus servicios multifuncionales, en especial los correspondientes al show del gurú que hace posible resultados fabulosos solo con el despliegue de una metodología clásica bien aggiornada a los soportes digitales contemporáneos.

Un básico criterio de verosimilitud llevaría a concluir que esta visión del durambarbismo  pone a la fantasía en el sitio que le corresponde. No cambia, sin embargo, el panorama por venir que se teme para 2019: más de lo mismo. Es, eso sí, una teoría realista, con la fuerza suficiente como para iluminar zonas oscuras que se presumía inescrutables. Planteos bien fundados como el de la periodista Débora Mabaires  le dan a esta forma de entender como fachada un fenómeno tan rimbombante una entidad que la pone por encima del límite de la mera especulación: “INDRA a cargo de la carga (también) de datos en 2015. Landau (apoderado del FPV) no quiso recontar votos. Randazzo en el Ministerio del Interior. INDRA estaba a cargo del ‘data entry’. Gana Macri y lo primero que hace Tullio es renunciar para ir a trabajar con él. El CEO de INDRA se va a trabajar con Vidal y ponen a ex SOCMA.”.

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Toda la era Cambiemos estuvo signada tanto por el ajuste acelerado, la negación y el engaño como por los intentos reiterados de imponer el voto electrónico de manera análoga a la que en estos días llevó a las primeras planas el escándalo electoral congoleño. La sana premisa, hasta ayer respetada como ley no escrita, de no introducir cambios en el sistema de votación en año electoral voló por los aires en este comienzo de 2019. Así las cosas, la otra cara del durambarbismo parece mucho mejor ajustada a los rasgos esenciales del liderazgo conservador del PRO en una alianza quizá más inescrupulosa de lo que podía preverse.

Alenric – @ale_enric


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