El paraíso de la desigualdad

Por Esteban Magnani para APU

Desde la derrota en las últimas elecciones presidenciales todos aquellos que nos interesamos por la política desde el campo popular intentamos entender qué pasó. Por un lado somos conscientes de que la “derrota” fue por una diferencia menor al 2%. Por el otro que el candidato difícilmente pudiera considerarse como del campo popular o, siquiera, desarrollista (una forma de capitalismo que al menos comprende a la clase trabajadora como “explotable” y no como el neoliberalismo que la considera “descartable”). Por otro lado se intentó determinar el peso de los errores no forzados como la candidatura de Aníbal Fernández, quien arrastraba una pésima imagen entre quienes lo conocían de su gestión en Quilmes, sobre todo. Eso por no hablar de la dificultad de haber tenido que construir poder con muchos señores feudales del interior. Pero todos estos análisis ex-post buscan sobre todo entender cómo fue que no lo vimos venir. Algunos pensábamos que la batalla cultural, si bien no estaba ganada, estaba pareja y que el resto lo haría la política, las inversiones en salud y educación (insuficientes, pero comparativamente muy superiores a los anteriores), la inversión en ciencia con hitos como el lanzamiento de los satélites ARSAT que no solo indicaban que la Argentina podía soñar con ser grande sino que podía hacerlos realidad. En el área que yo más trabajaba, ciencia y tecnología, empezaban a aparecer algunas señales interesantes en esa difícil tarea de producir valor agregado en un país sojero: trenes, chalecos antibalas, reparaciones de submarinos, investigación sobre el litio, radares, etc. que permitían ahorrar divisa sobre divisa, aunque sin mover la aguja de la economía significativamente. Pero todo indicaba que era el camino si no para ganar, al menos para resistir con aguante en un mundo cada vez más neoliberal.

Del lado de enfrente estaba una grosera alianza de los sectores concentrados de la economía financiera, la derecha neoliberal, la rancia alcurnia terrateniente, herederos de los sucesivos saqueos (desde la conquista del “desierto”, hasta la patria contratista) que temían no tanto dejar de enriquecerse como que los demás se enriquecieran. Era lo esperable y hasta era una señal de que íbamos por el camino correcto. Más dolía en cambio que las PyMES (la burguesía nacional que necesita un mercado interno) no acompañara, así como la represión semifeudal contra aborígenes, desalojos campesinos, envenenamiento con glifosato, falta de control político definitivo sobre las fuerzas de seguridad y más. Esas tensiones existían y de lo que se trataba era de seguir construyendo legitimidad para poder terminar con males enraizados profundamente no solo en la política y la economía sino también en las subjetividades. ¿Cuánto costó instalar el matrimonio igualitario? ¿No podría lograrse algo similar para proteger a los Qom o a los bosques nativos de Salta sojizados por un supuesto aliado político?

¿Ingenuo? ¿voluntarista? Era lo que había. La alternativa era la inocuidad de la izquierda (¿testimonial?).

Saber el peso exacto de cada una de las variables en la derrota tiene la misma dificultad que escuchar una música con doscientos instrumentos y determinar solo con el oído cómo fue ecualizado cada uno de ellos. Evidentemente desde la burbuja no vimos que los problemas eran más que una derecha señalando lo que obviamente no pensaba solucionar. La fantasía del cambio es que siempre es para mejor y no existe “campaña del miedo” basada en aburridas lecciones de historias capaz de revertir una ilusión tan primitiva. En el shock de la derrota, algunos hasta dudamos si nos habríamos equivocado y los ganadores resultarían realmente ser otra cosa.

Dieciocho meses después se puede evaluar sobre hechos y muchos lo están haciendo, algo que genera un debate insistente y necesario. No es que ahora sea necesaria la autocrítica: siempre lo es, pero no hay que confundirla con la autoflagelación o los reproches a los gritos.

La pregunta que ronda es: ¿estos tipos son lo mismo que la dictadura o son otra cosa? La pregunta así planteada en realidad no tiene sentido. Nada es totalmente igual, nada es totalmente distinto. Una verdad de perogrullo es que si no entendemos lo que cambió, no podemos pensar lo que ocurre ahora. La otra verdad de perogrullo es que si no vemos las continuidades, estamos resignando mucho saber acumulado. ¿Cuál es el punto exacto de equilibrio?

Habría que hacer una análisis sistemático de las variables más relevantes que caracterizaron históricamente a la derecha (simplificando, sí) en la Argentina tanto durante la democracia como en dictadura. Aquí un esbozo apurado:

● Deuda: el reflejo automático tanto durante la dictadura como durante el menemismo fue endeudar al país. Esta es una forma de resolver problemas económicos en el corto plazo, condicionar el desarrollo propio y favorecer el capital financiero dominante. No parece haber cambios en ese principio central del neoliberalismo
● Fuga de capitales: la posibilidad de individuos y empresas de pasar a dólares sus pesos para sacarlos del país fue una de las características de ambos ciclos de derecha anteriores y el actual. Lo mismo ocurre al facilitar a las empresas extranjeras el acceso a dólares que se envían al exterior.
● Represión: tanto en los dos períodos anteriores como en el actual hubo una insistente demonización y represión de los sectores contestatarios. Sin embargo, evidentemente, hay una diferencia de intensidad y sistematicidad entre la dictadura y el menemismo. Aún es temprano para saber hasta qué punto se utilizará este recurso cuando la legitimidad no alcance para mantener el poder o se pierda una elección.
● Apoyo sistemático de los medios de comunicación masiva: en la dictadura por represión y censura, pero también por intereses empresarios particulares, el apoyo fue significativo y favoreció una concentración que resultó una (no la única y posiblemente no la más importante) de las causas principales de la derrota del kirchnerismo en las últimas elecciones. El vínculo actual con los principales medios es evidentey grosero.
● Desindustrialización y apertura de los mercados: los tres gobiernos analizados tuvieron a grandes rasgos políticas similares en este sentido con las características que ya conocemos en materia de desempleo. La consecuencia es un sector de la población desclasado hasta el día de hoy.
● Política científica y educativa: en el paraíso neoliberal al que apuntamos en el pasado y en la actualidad no necesitamos ni ciencia ni educación crítica, pese a las promesas.

Frente a este panorama en casi todas las variables estructurales económicas ¿qué tiene el PRO para ofrecer de nuevo? Sin duda, lo más interesante e innovador es que ya no se visten de verde oliva ni de traje con corbata, son de camisa abierta, repetir la palabra “equipo” y llamarse por el nombre de pila. Más allá del rechazo que pueda ocasionar este recurso en quienes lo vemos impostado, lo cierto es que esta onda relajada parece haber funcionado. Su uso de las redes sociales para construir imaginarios ha sido bastante efectiva, al igual que su capacidad para evitar cualquier tema que les resulte complicado al que simplemente no contestan. También supieron captar un cambio más sutil y profundo en las subjetividades modernas, posmodernas o como se lo quiera llamar (algo en parte desmentido por su mayor éxito entre los adultos mayores más que entre los jóvenes). Su uso del ideal meritocrática (aunque no son meritócratas, si no hijos de ricos en su mayoría) para hacerle creer a todos que la carrera hacia la cima no está arreglada, ha funcionado en sectores importantes de la población. En resumen, una comunicación con agregados novedosos que se sube a una tendencia mundial.

Ellos saben su libreto y lo sostienen con disciplina férrea (salvo cuando se les escapa inconscientemente algo que en su ambiente natural habría sido un chiste cómplice). Ellos están para ganar, no para otra cosa y, siendo bilardistas, les funcionó para hacerlo. Más difícil es prever si les alcanzará esto también para mantenerse en el poder cuando las estrategias comunicacionales empiecen a chocar con la realidad material. Es difícil, pero no imposible: si lo lograran allí habría un rasgo realmente novedoso. El Menemismo lo logró en parte pero el costo fue alto: cuando el modelo económico terminó de estallar (venía estallando desde hacía tiempo) no hubo manera de pararlo. Para entonces la bomba estaba tan cebada que costó casi cuarenta muertes.

¿Es productiva la discusión acerca de continuidades y rupturas? Es apenas el primer paso para pensar que, si es mucho lo que se repite, es necesario, como mínimo, innovar en las estrategias. Pero pensar distinto no implica resignarse a que todos los análisis anteriores estuvieran equivocados y que es necesario abandonarlos simplemente porque lucen encanecidos.

¿Está tan mal concluir que la historia es más parecida a un espiral que a una montaña rusa? Es cierto que vistas de cerca las diferencias brillan más. ¿Por qué hay quienes se ofenden con quienes señalan las continuidades, como si eso fuera solo una señal de terquedad? Es cierto que, como dice Natanson en su nota de Página/12 (que tanto revuelo generó), “El macrismo no es un golpe de suerte”. Tal vez algunos quisimos creer eso cuando ganaron en la Ciudad, pero evidentemente hay algo más. Sería necio negarlo. También es cierto que la igualdad no es lo que era, como también dice Natanson en el diplo de agosto. La sociedad está dispuesta a aceptar más desigualdad que en otros tiempos: posiblemente el núcleo de la discusión pase por ahí. ¿Habrá que resignarse a que la desigualdad sea importante para la minoría? ¿Habrá que luchar para convencer a la mayoría de que o nos salvamos todos o no se salva nadie? Se puede pensar todo esto sin quemar los manuales o creer que ellos descubrieron la pólvora: desde la invención de la radio los poderosos vienen explotando (o intentando explotar) los medios de comunicación como una herramienta ideal para un Jiu-jitsu permanente con el clima social y así controlar los mecanismos de reproducción del sistema en su favor. A veces se gana. A veces no.

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