Fantasmas de lo viejo

Por Alejandro Enrique

Sepultados ya los disimulos previos a las elecciones legislativas, el gobierno desplegó sobre la mesa sus cartas más rancias. Teniendo en cuenta el panorama actual, parece mentira que, pocos meses atrás, la nota de José Natanson, “El macrismo no es un golpe de suerte”, hubiese podido generar un debate en torno al carácter moderno y democrático que el autor le atribuía al macrismo.

En la era Cambiemos, tanto las reflexiones como los análisis nacen con vejez prematura. También los debates mínimamente serios. Simultáneo, rústico y vertiginoso, el accionar de la alianza gobernante invoca con tanto realismo los espectros del pasado que deja en el camino a los más avezados espiritistas políticos. Como en el famoso relato de Bradbury, Fantasmas de lo nuevo, reconstruir con apego de copista lo antiguo y volver a edificarlo en el presente trae consecuencias nefastas y perplejidades que inmovilizan.

No obstante, del debate sobre la supuesta modernidad democrática del macrismo, permanece la voluntad de algunos polemistas por refrescar la memoria sobre todo aquello que la derecha tiene de constante e invariable. Refrescar la memoria y disipar la bruma creada por nociones posmodernas en clave Fukuyama,  como el  fin de la historia o la muerte de las ideologías, supone enfrentarse a interrogantes con mayor anclaje en la realidad: qué peligros habrá que enfrentar y cuánto daño estará dispuesta a convalidar la Alianza Cambiemos.

En poco más de un año y medio, antes de enfrentarse a su primera elección de medio término, el gobierno de Mauricio Macri ya había desbaratado el entramado normativo, los programas, proyectos, previsiones y acuerdos, tácitos o explícitos, que garantizaban mínimos estándares de equidad en un contexto de comunicación plural y aceptables prácticas  democráticas.

Para lograrlo rápidamente,  aumentó un veinticinco por ciento la plantilla estatal con la creación de innumerables cargos jerárquicos,  repartidos con nepotismo digno de antología africana, como lo demuestran, por ejemplo, las minuciosas investigaciones de Guillermo Delgado Jordan. De esta forma se hizo propicio un trabajo simultáneo en los diversos estratos: desde el decreto para mutilar, desvirtuar o sustituir  leyes, la subejecución presupuestaria selectiva y el despliegue propagandístico hasta las erosivas prácticas burocráticas del día a día.

En el escenario poselectoral que ahora se transita, el macrismo comienza a capitalizar su  labor previa con una extensa ofensiva destinada a impactar en el corazón mismo de todo lo que fue debilitando: independencia del poder judicial, sistema previsional solidario y de seguridad social, universo productivo PyME,  medios de difusión alternativos, salud, ciencia, desarrollo tecnológico y educación. La batalla cultural será, tal vez, el broche de oro. ¿La batalla por fin definirá la guerra ideológica e impondrá la macdonaldización de la sociedad? Espectáculos de escarnio al antagonista no han faltado; loas a la precarización de la existencia, tampoco.

Es necesario, sin embargo, aceptar que el macrismo no fue un golpe de suerte. No puede provenir del azar un gobierno de derecha que por vez primera accedió al poder en elecciones que hasta el momento se han presumido regulares. Los astros del conservadurismo fueron deliberadamente propicios en el ascenso de Mauricio Macri y su anacrónico séquito.   Distintas investigaciones  periodísticas ponen de manifiesto que las maneras autocráticas en el ejercicio del poder de Cambiemos son posibles gracias al espaldarazo y apoyo irrestricto de “lo más rancio del poder leguleyo”, en palabras de Ari Lijalad.

La derecha contemporánea, en definitiva, se ha autodenominado moderna y democrática. Es un consuelo pasajero aceptar afirmaciones reñidas con los hechos y postergar la evocación de la historia argentina para saber, en realidad, cuáles son los peligros inminentes y hasta dónde llegarán los daños consentidos. Los espectros más temprano que tarde se corporizarán, ominosos. Fantasmas de lo viejo o de lo nuevo, con la derecha vernácula son, al fin y al cabo, la misma cosa. 

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