Divorcio estival: Mauricio Macri y Hugo Moyano

Por Onó, el Insuperable

Los detractores del matrimonio por conveniencia están eufóricos: el revoleo de carpetas entre Macri y Moyano está dándoles la razón. “No había amor ni respeto”, coinciden en sentenciar de un lado y otro de la grieta, “no iba a durar”.

En la oficina anticorrupción, de muy conocida tendencia platónica, hubo euforia y envalentonamiento. Su titular, entre suspiro y suspiro, se animó a emplazar a la prensa independiente por asuntos nada espirituales: si la salpicaban con sospechas de nepotismo, les advirtió, accionaría en consecuencia. Bien pensado, arruinar un momento tan ingrávido con información pedestre resultaría, como mínimo, una ordinariez.

En el ministerio de trabajo no se quedaron atrás. Ahí los divorcios se entienden como una de las tantas formas de comer y descomer, así que de sensibilidad y platonismo, nada. La apelación a la prensa, entonces, fue amigable: aprovechar el despecho presidencial para culpar al pobre Huguito de haber difundido el audio que la hipersensible Sandra atesoraba para embarrar al ministro y, de paso, a todo el abnegado gabinete del cambio. Y como no hay mal que por bien no venga, la opereta sirvió para atornillar al sillón a un funcionario del riñón PRO. No es poco.

Mauricio, para despejar la cabeza de tanto problema de convivencia, antes del imprescindible retiro espiritual, despuntó el vicio futbolero en Jujuy. El despiadado opositor Diego Bossio, siempre dispuesto a llevar la contraria, se prendió a la excusa del fútbol para metaforizar sobre su futura estrategia destinada a humillar al líder: lo quiere bien arriba en la tabla de posiciones  del torneo político para darse el gusto de derrotarlo en tiempos de esplendor. En una palabra, lo deglutirá no como a pizza de cancha —o chori— sino como a los triples de miga que devora entre levantada y levantada de mano en el congreso.  Más que opositor, un monstruo.

La prensa marginal, mientras tanto, aprovecha para hurgar en parentescos, favoritismos y cualquier mínimo desliz oficial para denunciar nepotismo o construir macabras redes de clanes familiares enquistados en el gobierno. Este sensacionalismo oportunista solamente sirve para alejar al público de la valiosa moraleja que habría que destacar: el primer mandatario tomó conciencia, a tiempo,  de la importancia de privilegiar los sentimientos por sobre los intereses mundanos. No hizo, en una palabra, más que dar otra muestra de humana sensibilidad, como es su costumbre. ¿O no?

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