El último verano kirchnerista

Por Carlos Romero para Revista Zoom

Mar del Plata era una fiesta. Las autoridades anunciaban récord de visitantes, el clima acompañaba y las celebrities vernáculas estaban en su elemento. El estado general se resumía en eso que Crónica TV bautizó de una vez y para siempre con la fórmula “estalló el verano”. A diferencia de otros años, entre los turistas también pululaban los políticos, en un volumen y con un nivel de actividad pocas veces vistos. Caminaban por la rambla del Casino y la arena apretada de la Bristol, inauguraban paradores temáticos, sonreían para las fotos y se detenían a charlar con el vecino en chancletas. En especial, regalaban todo tipo de merchandising, desde globos, gorritos y parasoles para el coche, hasta lejanas promesas de campaña. Era enero de 2015, en lo que podría considerarse el último gran verano del kirchnerismo, cuando lo que se decía inevitable y lo que parecía imposible comenzaban, lentamente y sin que muchos lo notaran, a intercambiar roles.

Mar del Plata era una fiesta o al menos lo fue hasta el domingo 18, cuando el fiscal Alberto Nisman fue hallado muerto en su departamento de Puerto Madero y para la política sobrevino el invierno. Esa misma noche, el variopinto jet-set de La Feliz se congregaba en el subsuelo del mítico Torreón del Monje. La ocasión era el cumpleaños de Federico Bal, de alta exposición televisiva y en ascenso, y la lista de invitados estaba bien surtida, con vedettes históricas –incluida la madre del agasajado– y otras de moda estival; profusión de RRPP, siempre dispuestos a facilitar lo que se necesite; una nutrida plantilla de entusiastas con contactos en la noche y buen porcentaje de los periodistas y productores presentes en MDQ, sin importar la especialidad profesional. Las dos novedades que alterarían el curso de la velada llegaron con la madrugada del lunes, ya entre los primeros gestos de claridad. Por un lado, Fede Bal y Barbie Vélez, dos hijos pródigos de la pantalla chica, acercaron posiciones, en lo que sería un destacado –y luego tormentoso– romance veraniego. La otra primicia que los amontonados en el Torreón del Monje tuvieron el privilegio de conocer fue de corte fatal y agregó un inesperado condimento político. Quien hizo circular el dato fue un camarógrafo: “Che, encontraron a Nisman con un tiro en la cabeza”, le comentó por lo bajo al cronista de un diario porteño, mientras ambos sostenían vasitos de colores. El cuchicheo duró nada. Alguien que escuchaba a pocos centímetros se ocupó de amplificar la noticia: “¡Hijos de puta, mataron a Neisman!”. La pronunciación del apellido fue libre, pero el razonamiento iba en línea con la versión que se impondría, primero en el “cumple” de Fede Bal y después en el grueso de la opinión pública. Deberían pasar casi tres años, en una causa plagada de intrigas, inconsistencias y presiones, para que, en diciembre de 2017, el juez Julián Ercolini planteara que el deceso del fiscal de la causa AMIA “no obedeció a un suicidio” y que “habría sido producido por terceras personas y en forma dolosa”. El fallo de ninguna manera despejó las dudas y la polémica, sino más bien lo contrario.

Mapa de arena

Reconstruir lo que ocurrió en Mar del Plata en esos casi 20 días que fueron de la noche de año nuevo al estallido del caso Nisman parece, por momentos, más un ejercicio de imaginación que de memoria. La bala que acabó con el fiscal hizo lo propio, también de forma abrupta, con la dinámica que venía teniendo la política y alteró sus proyecciones de manera irremediable.

Por entonces –es decir, antes de Nisman– el Frente para la Victoria parecía repuesto de los vaticinios opositores: las teorías del “pato rengo” –la debilidad de Cristina Fernández por su no continuidad– y el “fin de ciclo” –la consecuente despedida del kirchnerismo–. Para demostrar entereza, el FPV paseaba por los centros turísticos a media docena de aspirantes presidenciales, mientras Cristina se mantenía al margen y no ungía a ningún delfín. De hecho, nunca lo hizo del todo. La pregunta recurrente era qué pasaría con la jefa de Estado. Algunos especulaban que se tomaría un tiempo sabático, agotada por tantos años de gestión; para otros eso era imposible y hasta la veían integrando una lista. En el FPV, como si fuera un mantra, todos repetían que nada desluciría su liderazgo y su potestad para elegir a los jugadores del espacio.

El oficialismo vivía en su propio microclima, con una rareza para la década de gobierno: una alta oferta de precandidatos en disputa. Junto a Daniel Scioli aparecían los ministros Florencio Randazzo y Agustín Rossi, el gobernador entrerriano Sergio Urribarri, el diputado Julián Domínguez y Aníbal Fernández, secretario general de la Presidencia. La competencia, rumbo a unas PASO que jamás llegarían, no estaba exenta de dardos internos, sobre todo en dirección del mandatario bonaerense.

En el FPV había consenso sobre que la sucesión era un asunto doméstico, con Scioli como íntimo rival, y que la amenaza externa era, en todo caso, Sergio Massa y su Frente Renovador. El radicalismo estaba enfrascado en otra de sus crisis orgánicas, mientras se desgranaba FAUNEN, la alianza que la UCR había armado con los socialistas, la Coalición Cívica y el GEN. En cuanto al partido vecinal fundado por Mauricio Macri, para el kirchnerismo era, antes que un oponente real, un buen sparring para contrastar las logros del proyecto con la amenaza del retorno a las recetas neoliberales. Tanto que incluso veían en el crecimiento del PRO –que algunas encuestas ya ponían en segundo lugar– una buena señal para dividir el voto opositor y esmerilar a Scioli.

A esta subestimación contribuía que el partido amarillo empleaba otro tipo de recursos para ligar con el electorado, considerados casi una superchería por el manual peronista clásico. En el entono del ex presidente de Boca Juniors gustaban de un artilugio que les había vendido el ecuatoriano Jaime Durán Barba: los focus groups. Todavía faltaban varios meses para que estas técnicas de marketing político empezaran a ser más respetadas a fuerza de victorias.

El pichichi que no fue

En enero de 2015, Scioli era el principal candidato en las encuestas, pero en un espacio que le desconfiaba todo y que no lo consideraba representativo. Se daba la paradoja de que mientras más lejos de los primeros puestos se ubicaba un postulante oficialista, más parecía reflejar el ADN kirchnerista. Los otros precandidatos del FPV dedicaban gran parte de su tiempo a cuestionar a Scioli, en tanto que el mandatario provincial buscaba dar muestras de lealtad, enumerando mecánicamente las medidas que había tomado en línea con la Casa Rosada. Le jugaba en contra, claro, su historial de ambigüedades y de gestos a sectores considerados enemigos declarados, como el campo y el Grupo Clarín. De hecho, el contrapunto más sonado de aquel verano fue la visita del ex motonauta a la apertura del Espacio Clarín, en un evento donde también estuvieron presentes María Eugenia Vidal, Ernesto Sanz y el ya fallecido Gerónimo Venegas. La foto, que al día siguiente estuvo en la portada del diario homónimo, le valió el repudio de todo el espectro K. “Tengo una responsabilidad institucional y tuve la oportunidad de saludar a la mayoría de los elencos que están trabajando. Es eso, no le den otro contexto”, se excusó.

Hijo adoptivo de “Mardel”, el mandatario se movía con soltura. Su agenda era frenética: nadaba en la Bristol, comía churros en Manolo, hacía escapadas en helicóptero a balnearios vecinos, seguía de cerca el mega operativo de seguridad; inauguraba, recorría y visitaba todo tipo de cosas, y jugaba al fútbol 5 con su equipo, Villa La Ñata, donde fungía de delantero, usaba la 9 y los relatores generosos lo llamaban “el pichichi”. Lo acompañaba su pareja, Karina Rabollini, junto a figuras del espectáculo y del deporte, como Marcos Di Palma, el ex futbolista Carlos “Chino” Tapia y el atajapenales Sergio Goycochea. También había un ejército de eficaces prenseros, coordinados por Jorge Telerman, atildado jefe de campaña.

Mar del Plata era de Scioli y él la había pintado de naranja, literalmente. Parecía tenerlo todo. Y tal vez fue así, por unas semanas. Había inaugurado el parador Bahía Naranja, en playa Varese; funcionaban las atracciones familiares de DiverMar, el museo MAR y un amplio cronograma de mega recitales al aire libre, con Los Pimpinela como síntesis.

El candidato nunca bajó el ritmo, ni en los tramos finales de 2015, cuando parecía empujar la campaña en soledad. “Tenemos que tener en claro lo que está ocurriendo del otro lado –había dicho desde la playa–. Están buscando hacer cualquier tipo de ingeniería electoral para ‘ganarle a’. Por eso mi tono amigable, más allá de que a veces, bueno, se digan y se hagan cosas. No puedo perder de vista el fondo de la cuestión. Yo no quiero ser candidato, yo quiero ganar, que son dos cosa distintas”.

Enemigos íntimos

El “Pato” Urribarri era una de las novedades de la temporada: el gobernador de Entre Ríos tenía su propio parador en La Perla, recreando la fisonomía de su pago y apelando a una estrategia recurrente entre los aspirantes del FPV: mostrar los logros de su gestión y proponerlos para la escala nacional. Había atracciones deportivas, palmeras, una comparsa y bailarinas traídas de los carnavales de Gualeguaychú. El dato de color fueron dos camiones con 300 cajones de naranjas. Unos 24 mil kilos de cítricos, para que los visitantes disfruten del jugo con el lema “Aquí exprimimos la naranja”. Urribarri fue de los más duros con Scioli. “Es uno de los tres sobre los que se han puesto de acuerdo algunos medios de comunicación y sectores de la economía para que aparezcan como los que más miden”, se quejaba. Consideraba al bonaerense “una persona que intenta quedar bien con todos, ir por el medio, con una ambigüedad pocas veces vista en política”. Aunque se iría desinflando con los meses, el entrerriano puso toda la carne al asador. Incluso compitió a nivel shows, bancando un recital del grupo Miranda.

Rossi, a pesar de su apodo, tenía otro estilo. El “Chivo” se mostraba mesurado y no se subió al concurso de popularidad. Basó su campaña en la presentación de un libro, Hombre de palabra, y cuando le preguntaban sobre cómo se iba a diferenciar de otros candidatos del FPV, respondía: “La verdad, no es mi preocupación. Mi preocupación es construir una candidatura que fortalezca este sistema de ideas”. El entonces ministro era optimista. Muy optimista: “Nadie habla más de fin de ciclo y el FPV es la fuerza con mayor potencialidad electoral. En ninguna encuesta baja del 32% de intención de voto. Estamos más cerca de entrar en un escenario de ganar en primera vuelta que la oposición de evitarlo”. Sobre Scioli, decía que “la pregunta es: vos, cómo dirigente político, ¿qué tenés que hacer en un acto institucional de Clarín?”.

En el caso de Randazzo, fue el que más aprovechó los éxitos de su gestión para hacer campaña costera, explotando los nuevos DNI, la renovación ferroviaria y la SUBE. En toda la ciudad había desplegado puestos móviles de su ministerio para tramitar velozmente el documento, el pasaporte y la tarjetita que puso fin al drama de las monedas para viajar. “Vengo a presentar la tarjeta SUBE, que como ven es celeste, no es naranja”, chicaneaba el “Flaco” Randazzo, que ya comenzaba a negar las versiones que lo ponían a competir en la provincia. Envalentonado, sostenía que él, “presidente o nada”,

Domínguez y Aníbal Fernández siempre estuvieron más relegados y serían los primeros en bajarse para competir por la sucesión en suelo bonaerense. Para todos, la parálisis electoral que sobrevino tras la muerte de Nisman les jugó en contra: su proceso de instalación quedó trunco y cuando la sociedad volvió a ocuparse de las elecciones, era demasiado tarde para las caras nuevas.

Aquella oposición

Para los precandidatos opositores Mar del Plata era una plaza difícil de articular con su visión del país, sobre todo porque la temporada récord iba a contramano del discurso de la “crisis económica”. Pero Massa le encontró una vuelta: desde el complejo La Normandina, en playa Grande, rodeado de actores, humoristas y vedettes, consideró que el boom del turismo local se debía al control del gobierno sobre el dólar, lo que entorpecía vacacionar fuera del país. “En 100 días, cuando seamos gobierno, vamos a levantar el cepo”, prometía.

Hermes Binner lanzó su precandidatura lejos del centro, en el camping El Faro, y forzando su bajo perfil, vaticinó que su primera medida de gobierno sería construir “un jardín de niños público en Olivos”. El socialista era uno de los competidores gasoleros: “No tenemos plata”, admitía. Un avión, cada tanto, surcaba el cielo, arrastrando un cartel con la frase “Binner 2015”. Por razones de salud, acabaría declinando su postulación y Stolbizer tomaría la posta. En el acto realizado en El Faro, la líder del GEN se había encargado de fustigar a Elisa Carrió y a Sanz por proponer acuerdos con Macri y el massismo. En dos meses, la UCR se uniría al PRO, como antes lo había hecho Lilita. En el caso de Stolbizer, iría aliada a Massa en las legislativas de 2017.

La campaña veraniega era terreno propicio para los intrépidos, como José Manuel de la Sota. El cordobés aseguraba que iba a ser “un presidente de la conciliación”, para “sentar en la mesa a los kirchneristas y a los antikirchneristas, porque la Patria es de todos”. Se veía llegando “con el apoyo de la gente”, a pesar de su ausencia en las encuestas. “Va a haber sorpresas. En la segunda vuelta vamos a estar Scioli y yo”, decía De la Sota, sonriente.

El invierno

Con todo esto acabó, velozmente, la muerte de Nisman. El ojo político del verano se alejaría de los candidatos en ojotas y se fijaría en los tribunales porteños y las pericias forenses. Mar del Plata dejaba de ser el punto de peregrinaje de los competidores. Al que no pareció afectarlo fue a Mauricio Macri, el único aspirante a la presidencia que en plena temporada no había pisado La Feliz.

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