La trampa del nepotismo

Por Alejandro Enrique para La Insuperable 

La extrema saturación informativa de las últimas semanas registra pocos antecedentes en los veinticinco primeros meses de gobierno de Cambiemos. Los centros de interés fueron el denominado “escándalo Triaca”, sobreexplotado hasta sus más pintorescas ramificaciones, y el caso Chocobar, eje de debates de rancio abolengo cretácico. Los temas satélite variaron desde el escarnio a las low cost hasta la enormidad de los cortes de luz.

Los ya clásicos despidos, purgas y aumentos de precios de productos y servicios esenciales se mezclaron con vacaciones, giras y fútbol presidencial. La andanada de noticias no desechó imposturas ni bizarría. En pocas palabras, un cóctel que bien merecería llamarse jarra loca. Como era previsible, las tragedias y los temas “de arrastre” ─inundaciones, incendios, ARA SanJuan, presos políticos, Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, por nombrar los más destacados─ continuaron su marcha hacia la volatilización inexorable.

En el caldero de los medios hegemónicos, el ultramacrismo de pluma y pantalla chica aderezó su brebaje con pizcas de indignación dosificadas al miligramo. Granos de sal amarreteados hasta en la cena festiva del hipertenso, que en seguida retornó al menú de ajuste militado a pura cucharada de aceite de hígado de bacalao.

Sin ligazones profundas, fuera de la red de redes socio-familiar, la neoaristocracia en vías de consolidarse y el perfeccionamiento de la telaraña de corrupción estructural, la simple difusión del nepotismo es una trampa mortal. Abona el contrapunto ya ensayado ─con extenso impacto público─ de ilusoria reivindicación ética a través de anuncios presidenciales como el que terminó con el ridículo número de doce funcionarios que dejarán de nutrirse de un salario estatal pero, seguramente, no quedarán excluidos de la gran red. Fundaciones, empresas cuasi fantasmas y consultoras a tiro de beneficio de contratación directa los incluirán, de una u otra manera, en su telaraña.

Llamativamente, a contrapelo de los chispazos de fatua indiganción local, los medios del mundo se ocupan cada vez más de Sudamérica y, en especial, de Argentina. Es cierto que ningún periodista con trayectoria quiere sentar el mal precedente profesional de haber soslayado el lawfare, tan grotesco aquí como en Brasil, Perú y Ecuador, o la relación estadístico-carnal del World Bank con la derecha de Chile.

Pero el plus más atractivo es el dislate económico de la administración macrista, descrito con asombro en varias lenguas como paraíso especulativo por antonomasia y, para mayor vergüenza, contextualizado en el marco de un país que se juzga democrático solo en apariencia, con empeño gubernamental en profundizar desigualdad y favorecer sin pudor a las minorías. Al asombro por la pauperización generalizada, el peligroso endeudamiento sistemático, la escalada represiva y la persecución de opositores, se suman exclamaciones por una inflación que luce autoinfligida por consenso tácito oficial, para beneplácito de especuladores e inclementes monopolios.

Con el debate arcaizante sobre el nuevo paradigma de seguridad y actuación policial, el retorno a la discusión sobre las bondades de la pena de muerte ─reaparición que la habilidad durambarbiana hizo brillar con la lumbre de sus oscuros sondeos─ y el análisis del equilibrio entre el repudio y la apología del valor de la confianza que el nepotismo entraña en el centro de la escena, es decir, un espectáculo de cultura y civilización en franco descenso, las referencias a la economía se redujeron a intercambios bizantinos entre expertos en el sexo de los índices, sometidos en el último bienio al vaivén de apagones estadísticos y oportunos cambios metodológicos que convirtieron en arte abstracto cualquier intención comparativa.

Todo esto, claro, sin perjuicio de una oposición en gran número aferrada a la crítica de la economía en lenguaje vulgarizado como recurso casi exclusivo, que ahora también abraza la trampa del nepotismo intrascendente, descontextualizado, apto para telepaneles de opinólogos multiuso. En tan nimio trance, se abstiene de explicitar una cosmovisión alternativa que pudiere colisionar con el discurso impuesto, probado y efectivo en su oquedad por la triunfal aunque vetusta nueva política. Teme, incluso, dar la impresión de haberse apartado de los buenos modales que, sin embargo, Cambiemos tiró por la borda hace rato.

Merece la pena hacer hincapié en la única bocana de oxígeno civilizatorio que se filtró entre los muros de la fortaleza mediática: los aportes para la reflexión que las representantes del movimiento feminista desarrollaron sin el auxilio de la falacia ni el oportunismo coyuntural. Un discurso sin fisuras en favor de la superación de las tendencias de involución cultural que han caído como un rayo venido del medievo para contaminar la sacrosanta opinión pública, sacar del letargo los resabios castrenses e imponer discusiones reñidas con la auténtica modernidad.

Si a las múltiples cortinas de humo que saturan el universo informativo argentino se le añade un regodeo superficial en el hallazgo aislado del pariente con fisonomía de ñoqui ─ética lombrosiana funcional al cambio─ y se lo sirve en bandeja para el mea culpa oficial de pecados veniales, el modelo de corrupción PRO, de diseño estructural, estratégica y tácticamente cohesionado en red de nodos sustituibles e intercambiables, incluso con una concepción de nepotismo extendido que no se reduce al concepto clásico, pues incluye favores de cargo, pauta o diversos incentivos a comunicadores o sostenes indirectos del régimen, permanecerá tan invulnerable como oculto.

Si el eslabón del nepotismo no se une a la cadena que verdaderamente daña los intereses del país, será combustible para que los medios concentrados monten el show que dará siempre el beneficio de la última palabra al macrismo, fogueado como ningún otro espacio político en las artes de la inversión de la prueba, la victimización y el ilusionismo del mérito abstracto.

La confirmación del interés oficial en mantener asuntos como el nepotismo ultraindividualizado ─más alguna que otra picardía funcionaril─ en el candelero la dio el mismísimo Durán Barba. En el seno de uno de los tantos reductos del entramado de ONG al servicio de la nueva derecha que encarna el PRO, El Club Político, emprendió, obcecado y por e-mail, una apología del ministro de trabajo caído en desgracia. La pieza de retórica epistolar trascendió lo suficiente como para aclarar a la tropa comunicacional qué debates interesa no dejar que se apaguen. Pena de muerte y nepotismo, las caras de la moneda del enfangador ecuatoriano, gurú dilecto del hoy cuestionado pero todavía fecundo cosmopolitismo argentino.

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