Macri 3 – Argentina 0

Dura derrota para el conjunto nacional

Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para Noticias La Insuperable

Mientras arrancaba el segundo tiempo y maldecíamos por el resultado, soñábamos con ver algo distinto. Deseábamos emerger, que el mejor equipo se despierte y abandone ese toque intrascendente y sin profundidad en el medio y piense en lograr alguna conquista para alegría del conjunto nacional. Pero no fue así: pasaron cosas…

El primer gol vino por errores en el fondo. O con el Fondo. El tema es que cuando pensábamos que ya por fin íbamos bien encarados después de mucho sacrificio y una encendida charla motivacional chapadmalense, caímos en la cuenta de que, en realidad, estábamos mal. Y lo único que se le ocurrió al cuerpo técnico fue tirar la pelota para atrás. Y en seguida se nos vino a la memoria lo que pasó 16 años atrás: otra vez ahí, en el fondo, y dejando los sueños en la primera ronda… Y todo se comenzaba a derrumbar.

¡Vamos! ¡Vamos que se puede! -arengaba el ayudante del técnico mientras todos miraban el césped.

No satisfecho, se dio vuelta, miró a la hinchada y les dijo muy convencido: Tranquilos, esto es lo mejor que nos pudo haber pasado… Y la popular no sabía se revolearle algo o mantener la esperanza. Y como tantas veces, elegimos creer.

Pero desde la cancha nos devolvían un panorama distinto. Los pelotazos que venían del fondo, en lugar de transformarse en algo productivo, se diluían en el Centro, como si la City anduviera de remate.

Minutos después nos volvimos a ilusionar; el Banco parecía moverse y cambiamos figuritas. Pero no, con otros jugadores el esquema seguía siendo el mismo: regresábamos al toque intrascendente, al solo tener la pelota. Y Bonadío se la tocaba a Nisman, este la pisaba y jugaba para el costado para la subida de un Mapuche-Iraní que se la tocaba otra vez a Bonadío, que amagaba ir para adelante pero, imprevistamente la revoleaba para atrás, hasta Pesada Herencia… y todo volvía a comenzar ante la desesperación de todos los espectadores que veíamos pasar el reloj.

Ahí comenzaron a llover los primeros insultos. El técnico, que hasta ese momento caminaba de un lado para el otro vertiginosamente, revoleaba los brazos y gesticulaba en una extraña danza que parecía realizada para algún balcón de La Rosada, hizo mutis y se fue a refugiar en el Banco, temeroso de su seguridad. Y cuando la hinchada parecía desesperanzada, vino lo peor. Caímos en la cuenta de que del otro lado también juegan, y con un zapatazo y nos quedamos 2 abajo.

Dos abajo. No podíamos con la sorpresa. Desde todos los canales nos habían dicho que se estaba generando trabajo y la tasa de desempleo, que estaba en 7, paso a 9: dos abajo. Y ya no entendíamos qué sucedía…, quien nos engañaba.

Y como todo siempre puede ser peor, cuando ya faltaba poco para que termine el encuentro vino la tercera estocada: se conoció que el déficit comercial fue dos veces y medio peor que el del año pasado, que ya era bastante malo de por sí.

E incrédulos, nosotros, la hinchada, nos mirábamos a los ojos intentando despertar de la pesadilla. Somos subcampeones del mundo, nos decíamos. ¿Cómo podemos perder así? Sin siquiera recordar que, cuando éramos subcampeones, puteábamos a los jugadores por haber perdido la final.

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