La gloria de don Mauricio

Por Onó, el Insuperable ·

Tal cual vaticinara el hombre de Banfield, a esta Argentina condenada al éxito el oro del PRO le trajo hasta el sillón de Rivadavia al Presidente Macri, hoy glorificado en su honestidad por humildes cuadernos de tapa blanda en los que un chófer duro de lengua pero virtuoso en la escritura plasmó la prosa más incisiva que contra el populismo corrupto se haya disparado alguna vez desde tan humilde soporte gráfico.

En plena tormenta de especulación financiera kirchnerista, mientras los operadores de Kicillof en la City apedrean sin piedad el humilde rancho desde donde el entrañable Toto defiende con uñas y dientes la moneda nacional, fiscales, jueces y periodistas de imparcialidad ejemplar muestran a la vecindad ─más ávida de justicia, por cierto, que de transitorias venturas materiales─ los facsímiles que durante meses febriles estudiaron con la meticulosidad propia de un hermeneuta empeñado en iluminar con certezas documentales la realidad de tiempos idos, más oscuros que el medievo.

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Despierta admiración que el patriotismo desinteresado, auténtico e inclaudicable haya arraigado con tanta fuerza a partir del advenimiento redentor de Cambiemos, no solamente entre los letrados que hacen de la legalidad un culto sino también entre los más sencillos trabajadores del volante, sin olvidar esa posta intermedia que representa el periodismo despojado de las miserias políticas que motivan el desamor del público.

Mientras la dulce gobernadora del primer estado argentino soporta los embustes de juanes ignacios, robertos y otros destapados K, furiosos ante el sublime apoyo que los más humildes le prodigaron a Bullrich, Ocaña y al PRO en su conjunto, aún a riesgo de privaciones y ayunos voluntarios, el país del futuro avanza con la firmeza que le da el trípode de titanio que conforman la Rosada, Buenos Aires Ciudad y Buenos Aires Provincia, bastiones de la auténtica república productiva custodiados con ojo avizor por inflexibles magistrados.

Cada vez que aparece Horacito Rodríguez dándole brillo a nuestra metrópoli ─¡cuán grande será su celo urbanístico que hasta se ha atrevido a criticar la herencia del infalible Mauricio!─ resulta inevitable pensar en uno de sus ilustres parientes, el egregio literato don Enrique Larreta, que había quitado del medio su primer apellido, Rodríguez, por simple austeridad patronímica. Su aporte al Modernismo nos legó La gloria de don Ramiro, ambientada con maestría en tiempos del recto Felipe II, del mismo modo en que la modernidad nos trajo a Mauricio en oscuras épocas de matrimonios presidenciales.

En tiempos en los que hasta los drones se rebelan contra dictadorzuelos nacidos del oscurantismo populista, si el ilustrísimo Enrique viviera esta etapa de transparencia nacional que un esforzado chófer tornó prístina en virtud del arte narrativo-descriptivo que le brotó del alma como oculto talento republicano, seguramente se decidiría a publicar en letra de molde también su Gloria de don Mauricio, tal vez acompañada de un entremés laudatorio a la no menos destacable Gloria de don Claudio, jurisconsulto hermeneuta de facsímiles, llamados impropiamente fotocopias por el vulgo insensible a las altas virtudes interpretativas.

No debería entristecernos el hecho de no contar más con el eximio Enrique Larreta: su talento vive en las obras de fino urbanismo que sin pausa Horacito le obsequia a los porteños. No nos faltan plumas dispuestas a emprender la gloriosa tarea literaria. Tenemos al alcance de la imprenta, cómo no, al siempre original Federico, anatomista del cambio por antonomasia. La gloria de don Mauricio merece tener su edición de lujo, muy bien encuadernada por cierto. ¿O no?

  

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