La silla que habla: el hallazgo que vuelve a exponer el horror en el Faro de Mar del Plata durante la Dictadura

Una inspección judicial en un predio atravesado por la memoria del terrorismo de Estado encontró un objeto inquietante: una silla de mimbre que coincide con los relatos de sobrevivientes. Lo que parecía un detalle menor se transforma en una prueba brutal del sistema de tortura que operó durante la dictadura.

Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

En la Argentina de hoy, donde algunos intentan relativizar el pasado, la memoria vuelve a abrirse paso con una contundencia que incomoda. Esta vez no fue un documento ni una declaración judicial: fue una silla. Una simple silla de mimbre, hallada en un cuarto abandonado, sin ventanas ni condiciones habitables, en las inmediaciones del Faro de Mar del Plata. Pero lejos de ser un objeto cotidiano, todo indica que fue parte del engranaje del terror.

Durante la última dictadura cívico-militar, entre 1976 y 1983, señala el periodista Juan Candeloro, ese predio funcionó como un centro clandestino de detención dependiente de la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina (ESIM), uno de los tantos espacios donde el Estado desplegó un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La aparición de esta silla reactualiza esa historia con una materialidad difícil de negar.

Un objeto mínimo, un mecanismo de tortura

Los testimonios de sobrevivientes recogidos en juicios por delitos de lesa humanidad ya habían señalado el uso de sillas como parte del dispositivo represivo. Personas secuestradas eran obligadas a permanecer sentadas durante horas, días enteros, inmovilizadas, vendadas y en silencio, sometidas a un régimen de aislamiento extremo, privación del sueño y violencia constante.

Alberto Pellegrini, Liliana Gardella y Pablo Mancini —entre otros— relataron que ese era el método: una silla, una pared y la negación absoluta de la condición humana. Permanecer ahí no era una pausa en la tortura, sino la tortura misma. El cuerpo reducido a una posición fija, la mente sometida al desgaste, el tiempo convertido en castigo.

El hallazgo reciente, ordenado en el marco de una inspección judicial impulsada por familiares de víctimas, encontró una silla de características idénticas a las descriptas. Estaba en un cuarto precario, compatible con lo que habría sido un espacio de cautiverio.

Memoria contra el negocio y el negacionismo

El contexto del hallazgo no es menor. La inspección se realizó en un área donde hoy avanzan emprendimientos privados, en medio de denuncias por la posible destrucción o fragmentación de un sitio que, según organismos de derechos humanos, debe preservarse como unidad histórica.

No se trata solo de una disputa urbanística. Lo que está en juego es la integridad de un espacio donde se cometieron crímenes de lesa humanidad, delitos imprescriptibles que forman parte de un plan sistemático probado en tribunales.

En ese sentido, la silla de mimbre funciona como una evidencia incómoda. No es una reconstrucción simbólica: es un objeto que conecta directamente con los relatos de quienes sobrevivieron al horror. Es la materialización de lo que muchos prefieren olvidar o negar.

Argentina cuenta con más de 600 sitios identificados como centros clandestinos de detención. Cada uno de ellos constituye una pieza fundamental para reconstruir la verdad y sostener las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. La aparición de nuevos indicios en estos espacios no es un dato menor: es una interpelación directa al presente.

La silla, entonces, deja de ser un objeto. Se convierte en prueba, en símbolo y en advertencia. Porque cada hallazgo vuelve a decir lo mismo, con una claridad brutal: el terrorismo de Estado existió, fue sistemático y dejó marcas que todavía emergen.

Y frente a eso, no hay marketing inmobiliario ni discurso negacionista que alcance.


Descubre más desde Noticias La Insuperable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario