Enérgico mensajero

A medida que los golpes económicos surten efecto, menos importante resulta ocultar los mecanismos espurios que los hicieron posibles. La disciplina llega por sequía de bolsillos, estigmatización y amenazas cada día menos disimuladas por los mensajeros del modelo. 

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

En los últimos días el gobierno encontró la manera de hacer confluir dos de las líneas de acción fundamentales de su proyecto político-económico: la estigmatización reiterada de opositores, disidentes y sectores incompatibles con su plan de negocios, por un lado, y la dolarización progresiva de la economía, por el otro. El funcionario encargado de hacer explícito públicamente este cruce de líneas ─que de ahora en más puede que sean, a plena luz, una y la misma─  fue Javier Iguacel, el hombre que reemplazó al emblemático Juan José Aranguren.

La noticia disparadora es muy conocida: el macrismo no solo favoreció a las gasíferas con un aumento de tarifas del 35% sino que, además, decidió cargar sobre los consumidores el bochorno devaluatorio para beneficiar con una compensación a estas mismas empresas con aproximadamente diez mil millones de pesos que los clientes pagarán en cuotas por el término de dos años.

A partir de la defensa de esta decisión tan compatible con la filosofía PRO, Iguacel sintetizó con acciones administrativas y apariciones mediáticas el carácter de  la dolarización de la energía,  una de las claves para asegurar la transferencia de recursos de abajo hacia arriba puesta en marcha por un gobierno que le declaró, al mejor estilo Warren Buffett,  la guerra a los pobres*, y la forma en que están dispuestos a estigmatizar por medio de la letra K ─es decir: incorporándolo a uno de los colectivos a los que apuntan las acciones de estigmatización más virulentas─ a cualquiera que se  oponga a esta u otra de las claves modélicas de Cambiemos o, de alguna manera, intente incidir en la reducción de las ganancias del clan socio-familiar-empresarial dominante.

El derrotero crítico de las devaluaciones durante el año fue muy significativo como para pensar en una serie de eventos desafortunados ligado a medidas inspiradas en la ignorancia propia del optimismo ciego. A fines de abril, con una cotización del dólar que rondaba  los 20 pesos, se inició un sismo cambiario con epicentro en las Lebac y réplicas constantes, mes a mes.

El 8 de mayo se anuncia oficialmente el pedido de socorro al FMI, el 15 Sturzenegger decide poner a la venta 5.000 millones de dólares a 25 pesos y retira la oferta después de formalizarse el pre- acuerdo con el Fondo, en la primera semana de junio, poco antes de renunciar.

Guido Sandleris, sucesor de Caputo en el BCRA

El acuerdo con el FMI se aprueba ya en la era Caputo del BCRA. Toto decide subir los encajes bancarios y Hacienda reemplaza al Central en el mercado con la oferta de dólares a través de las subastas diarias que, luego ─ el 1 de agosto─  reduce significativamente; antes de cumplirse las dos semanas a partir de la reducción, Caputo lleva la tasa de referencia al 45% y el 30 de agosto, mientras vuelve a subir los encajes bancarios, la eleva hasta el inaudito 60%. El dólar ya está en torno a los 33 pesos.

En septiembre, con un billete norteamericano disparado, aparecen las Lecaps de Dujovne. Caputo renuncia por falta de vocación tras su agotador “sacrificio patriótico”. El FMI no castiga el prematuro e inexacto anuncio de Macri ─29/8─ de una ampliación del acuerdo y decide más tarde volver a apoyarlo pero con mayores exigencias. Estamos ya en la era Sandleris del BCRA, con secado de plaza, bandas cambiarias, Leliq y un billete verde oscilando entre los 39 y los 42 pesos. Todos estos y otros vaivenes favorecieron sin duda a los especuladores, crearon lapsos de entrada y salida propicios a la inversión financiera espuria e incrementaron los patrimonios de los privilegiados por la información anticipada. También festejaron los monopolios.

Javier Iguacel | Imagen: El Destape

La administración Macri eligió 2018 para asestar todos los golpes económicos  ─no por previsibles menos dolorosos y dañinos─ tendientes a consolidar un modelo que reduce la política a acciones  estigmatizantes y de lobby en favor de intereses concretos, todo en el marco de una corrupción estructural desbordante.

A medida que estos golpes surten efecto, menos importante resulta ocultar los mecanismos que los hicieron posibles y más efectiva se torna la amenaza de extenderlos o hacérselos sufrir a nuevas víctimas. A Javier  Iguacel le tocó en esta oportunidad el papel de mensajero. No es ocioso reiterar que transitamos el año del gran deschave macrista.

@ale_enric

(*) “Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando” (W. Buffett)


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