Todo lo que no existe

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable

PeñaCa

La intermitencia de sobresaltos económico-financieros es la constante del año. No debería sorprender a nadie. Las breves euforias que salpican la zozobra cotidiana suelen nacer de todo lo que no existe, de lo que se construye como andamiaje efímero de un paradigma oficial que busca, pertinaz, fines por cierto muy concretos. Las postas intermedias, en verdad, no cuentan. Importa nada más que una breve cobertura de apariencias, uno que otro fuego fatuo entre estaciones de paso diezmadas e irrecuperables.

El macrismo apuesta sin límites a concretar el viejo sueño conservador con la imposición irreversible de una pesadilla estructurada a largo plazo. Quiere permanecer lo justo y necesario para tal fin, aunque el tránsito parezca infinito.   La intención declarada de perdurar es un farol, un simple lance, un destello más de lo que en verdad no existe. Durar y no perdurar, llegar hasta el punto en el que ya no sea necesario permanecer en el candelero público es su proyecto político contingente. Con la matriz retrógrada consolidada, el recambio llegaría por sencilla generación espontánea de tecnócratas.

Se trata de un sueño que, si bien entronca con el de antaño, es muy distinto en lo medular. Las intenciones de incluir en un proyecto a la mayor cantidad de habitantes a través de la acción estatal han desaparecido. La estructura de la oligarquía a erigir como dominante incluye a la tradicional pero solo como nodo de una red de redes en la que la finanza, sus servicios asociados, los monopolios y los colonizadores de nuevos territorios de negocios ─educación, retiros y salud pública a la cabeza─ arrasarán con las estructuras favorables a la cohesión social que manejaba el Estado, incluido el clásicamente conservador.

Orden conservador

Cada una de las anteriores incursiones de la derecha en la meca estatal sucumbió, de distintos modos, a las ansias de perpetuarse como espacio ideológico aceptable para la gestión política. Tras el fraude, la purga, el garrote, la violencia institucionalizada o el extremo del genocidio, los representantes de turno se inclinaron indefectiblemente por la opción de convencer a través de la seducción a las clases medias ─y, por su intermedio, en una suerte de efecto cascada, a las menos favorecidas─, de convertirlas en aliadas de un festín en el que tendrían migajas aseguradas por arte de amigable acompañamiento, por reconocer en las élites atributos civilizados, racionales, académicos, intelectuales y sobrada jerarquía social para la conducción.

Sucumbir a esta tentación les significó más de un costo oculto. El conservadurismo de pronunciado sesgo liberal en lo económico ─o en fusión con el neoliberalismo, en etapas más cercanas, o “nueva derecha” en ciernes─ sentó bases sólidas para sostener un modelo de neto predominio elitista, inequitativo en esencia, pero sin las ansiadas puntadas finales ni su cristalización en el sentido común general: un germen de inestabilidad en la hegemonía que en ocasiones afloraba más de lo tolerable y extendía hasta la exasperación las pausas en el acostumbrado esquema de beneficios pecuniarios máximos e irrestricto predominio en cualquier instancia de reparto, definición de posiciones o jerarquías. Una micro tragedia conservadora a la que el advenimiento de Cambiemos promete darle su final.

La derecha argentina, en sus diferentes etapas de estrategia política, creó o contribuyó a afianzar mitos que muchas veces resultaron contraproducentes para sus propios objetivos. Desde el país de riquezas inagotables, con alimentos en abundancia y tierras pródigas, hasta la identificación de las mayorías con un status de clase media ─real o ilusorio─, alejaron virtualmente a la Argentina del encuadre de país atrasado, pobre y desigual de predominio para los de Latinoamérica.  Esta categoría, percibida como superior, habilitó más demandas por parte de la población: trabajo, salud, educación, bienestar y ascenso social. En síntesis, lo que ninguna derecha desearía extender, generalizar ni asegurar más que como cáscara con brillo para disfrute de liberales de tradición filosófica a los que resultaba preciso tolerar en etapas ya superadas.

Las clases medias, con las que las avanzadas políticas más rancias experimentaron por décadas, se convirtieron al fin y al cabo en un verdadero escollo para la construcción del país de matriz desigual crónica buscada por la élite que las vio crecer en número durante las breves etapas en que los gobiernos por ella tildados de demagógicos ─más tarde “populistas”─ condujeron la administración estatal. Esa medianía multiforme y en apariencia inasible que tantos dolores de cabeza dio a la derecha vernácula, sin embargo, le fue revelando sus secretos. Los avances científicos y tecnológicos de fines y principio de siglos terminaron con los pocos que aún guardaba, igual que con sus comatosos mecanismos de defensa.

Sin rozar más que con levedad las caracterizaciones inquietantes  o elogiosas que en otros tiempos se hicieron sobre la clase media, sería importante destacar que muchas de ellas permanecieron como imagen fuerte, en especial de la fisonomía humana de las grandes ciudades del país. Esa permanencia mental, sin embargo, ya no se corresponde con la realidad. La clase media tal cual suele representarse también pasó a formar parte de todo lo que no existe.

Aunque todavía resuenen palabras como las de Oscar Masotta ─y su lapidario retrato psico-social  conserve el gusto amargo de lo que podría aún constituir un trasfondo doloroso e inquietante  (“Una clase obligada al cinismo, a la ridiculez, a la mentira; es seguro que si le hubieran preguntado a Arlt que definiera a la clase media hubiera contestado: histérica. Un conglomerado de individuos temerosos, temblorosos, comediantes, inocentemente mentirosos.”), las mutaciones se agolparon tanto en tan poco tiempo que ya se hace difícil extrapolar  esos rasgos ─si es que  tuvieron asidero alguna vez─ en conjunto (1).

Las temáticas de la oficina o el ministerio, del caricaturizado empleo público, del trabajo administrativo, del oficinista rutinario u oscuro al gestor o al pequeño comerciante, pasando por las bondades de saber un oficio, ejercer una profesión liberal o abrazar la independencia como técnico de lo que fuere son, por otro lado, una tradición ida que sobrevive solamente en la comodidad que implica no tener que reconstruir nuevos e incómodos estereotipos para confrontar con los cristalizados por innumerables evocaciones automáticas. La auto percepción clasemedista, así, se disoció de una evolución intrínseca y contextual.

Entre los pliegues de  la mitología que incentivó la élite privilegiada también había un remedo de valores: honestismo, fidelidad y meritocracia, tres “zanahorias de burro” para la disciplina de un segmento social difuso que ansiaba coincidencias  morales con las clases mejor acomodadas. Los pocos periodos de crecimiento moderadamente inclusivo que la favorecieron en la captación de recursos materiales e inmateriales recrudecieron esas viejas fantasías ligadas a la recta virtud compartida.

En épocas de oferta educativa ampliada, de masividad de la formación superior, parte de los segmentos medios accedieron a la certificación académica, a cierta escala de jerarquización profesional y a una moderada acumulación de bienes simbólicos. La llamada inflación de los títulos, sin embargo, mantuvo a raya lo que podría haber significado un mayor incremento de  mejoras de clase a través de credenciales educativas.

La gig economy, el trabajo por proyectos y el cortoplacismo propios del capital oportunista a máximo beneficio, combinado con la aversión al riesgo, se llevaron casi todo lo conquistado en el terreno de la estabilidad  económica u ocupacional, incluso durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, que no pudieron revertir ni siquiera en dominios estatales las modalidades de contratación impuestas en la década del noventa,  campo orégano para recortes y purgas propias del régimen imperante.

La clase media, estratificada, receptora de nuevos integrantes en su base y con movilidad interior, sin la acumulación significativa de recursos propia de los periodos de bonanza, sin bienestar a proyectar a largo plazo ni estabilidad pero, eso sí, en número ya insostenible para la configuración social de la región y el carácter restrictivo de las demandas actuales del capital financiero, espurio o pseuproductivo, se constituyó en disimulado objetivo de depuración conservadora a través de una nueva derecha cohesionada, con interrelaciones profusas.  Los dardos envenenados fueron a su Talón de Aquiles, ensanchado a fuerza de llevar al extremo la mitología que alguna vez había generado costos ocultos y tiempos muertos pero que todavía estaba en condiciones de dar frutos tardíos.

Cambiemos se propuso recuperar lo dilapidado por sus predecesores, lo resignado material y temporalmente, con un discurso orientado a ensalzar esa debilidad.  El veneno actuó con eficacia alucinógena. En una contienda que se está ganando, de acuerdo con la muy citada frase “Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando” del acaudalado especulador W. Buffett, no ir alzándose con el botín hubiese sido ante sus pares una imperdonable tontería del macrismo, máxime con una clase media reducida, en consonancia con la moderna “oposición responsable”,  al colaboracionismo mendicante, esperanzada en recuperar lo perdido jugándose hasta sus últimas fichas en el casino del cambio, que abrió sus mesas para las apuestas en las elecciones de medio término, ya casi olvidadas por obra de incesantes sobresaltos.

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Warren Buffett

Como se destacó al principio, estos momentos de zozobra del mercado local que, por buscados, no deberían asombrar, son también parte de la lluvia de proyectiles dirigidos a la clase media real. La captación de los recursos que aún mantiene es tarea urgente para el proyecto Cambiemos. Pronto se verán los anzuelos que escondían algunas carnadas: “hay analistas que opinan que así como se está pinchando la burbuja de la Bolsa, la próxima en estallar es la de la construcción al punto que algunos aseguran que “los que compraron inmuebles con crédito UVA no son propietarios, ni inquilinos, son deudores en riesgo de default” (A. Tagliavini). Mientras se sostenga una imagen que no existe, mientras se invoque un peso arbitral decisorio que los estratos medios no tienen, el despojo podrá seguir hasta el final sin obstáculos de envergadura.

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Todo lo que el macrismo niega, silencia, atribuye al sino o invisibiliza es lo que tiene entidad; aquello que repite, elogia, ensalza, destaca, festeja o pregona es todo lo que no existe. El inventario de ejemplos abrumaría por su amplitud. Pero se ha caído en la celada de listar casi con exclusividad mentiras que como máximo pondrían en el lugar de pícaros a los personajes más visibles de las campañas proselitistas de Cambiemos, dejando intacto y en las sombras el plano estratégico, al que no se llega nada más que por la denuncia de las tácticas repetidas ─doctrina Macri-Bullrich, blindaje mediático basado en pauta y prebendas, lawfare, segundas marcas para la oposición de diseño, letanías durambarbianas, etc.─  a través de variantes simples pero contundentes.

El dato duro, eficaz disparador de alarmas en coyunturas del pasado reciente, ahora carece de fuerza para develar calamidades en curso o la inminencia de las por venir: las mismas voces oficiales se encargan de anunciarlas en tono de sino trágico, de castigo divino por resabios de populismo genético, de adicción inflacionaria, dólar-manía o del pecado original que el guion haya establecido como prioritario para el trance. La inflación, por tomar ese caso, tampoco existe como fenómeno monetario sin especificar los nombres, apellidos (o denominaciones societarias), intereses y beneficiarios que la abonan, disparan y sostienen.

Cada advertencia ridiculizada, negada con énfasis y sometida hasta ayer tanto al escarnio oficial como periodístico, es una realidad más del presente ─llevada al primer plano de lo inexorable─ en el segundo acto de la puesta en escena del cambio: mutis del gradualismo inexistente, impostado, y corporización del ajuste. Licenciados los saltimbanquis, comienza el despliegue de primeros actores del recorte impiadoso al amparo de la pluma de críticos teatrales fogueados en farsas, encargados también de poner el foco por enésima vez en la clase media, engordando su mitología con la categoría de árbitro dador de confianza y estabilidad.

Con un dólar en alza indiscutible  ─cerca de los treinta pesos─, con inflación sostenida y otro aumento de combustibles en puerta ─no de un tres por ciento como se había anunciado, sino de un cinco─ para inaugurar julio, es decir: con la bola de nieve en pleno ruedo, el periodismo de trinchera adicta ─por no hablar del venal o del que representa multimedios prebendarios─, puntal de la impostura macrista, ensaya sus remedos de análisis en los que reaparece el clasemedismo que  hasta ayer nomás era blanco de su propaganda en favor de las panaceas de la derecha moderna, exorcista del demoníaco populismo.

“Es la clase media la que perdió su fe en el futuro de la economía de Macri, y sin futuro no hay política”, remata un párrafo de su nota editorial el dueño de un medio que le sirvió en bandeja a Cambiemos todas las herramientas difamatorias para demonizar a sus detractores y que con recortes de la realidad, ocultamientos e insidia contribuyó a convencer y captar el voto, precisamente, de esa clase media ahora descreída, vil compradora de dólares al menudeo, que con indolencia nacida de su mudable espíritu, podría privar al país de la mirada benévola de los mercados.

Estos dislates analíticos de prensa, plagados de interrogantes dirigidos a diestra, media y siniestra pero que se autoexcluyen del escenario del cambio, se dan en un marco en el que recientemente el esquema de metas del BCRA se abandonó sin más trámite, con la excusa de la corrida y el salvataje ─algo que tampoco existe─ del FMI, que no mereció quórum parlamentario  para su repudio, el salario medido en dólares cayó, la desocupación aumentó, la continuidad inflacionaria se confirmó  y las tarifas dolarizadas persistirán tan firmes como la fuga de divisas y el endeudamiento.

En terrenos mucho más relacionados con la ideología que con los avatares económicos, la nueva censura funciona mejor que nunca, fortalecida con el desmantelamiento sin pausa de los medios públicos que acrecienta el morbo inquisidor de Lombardi y el espíritu concentrador de Giudici que, desde el ENACOM, firma defunciones de medios comunitarios, alternativos y hasta barriales con igual entusiasmo. Los medios a los que preocupan la inestabilidad ─que presentan como inesperada─, la palabra devaluada del Jefe de Gabinete y la merma de confianza ciudadana siguen, no obstante, recortando todo lo amargo al paladar macrista.  Si algún analista percibiese voluntad oficial de disminuir la incertidumbre, de generar armonía social, de cualificar las instituciones o simplemente de retomar las costumbres democráticas, debería presentar de inmediato las evidencias al público que integra esa clase media de poca fe, volátil como los mercados que mira de lejos e inestable como sus empleos.

giudici

No es que esté por llegar, la Argentina está en plena estanflación.  No hay un gobierno que tambalee por una situación límite que intentó esquivar o por la poca fe de los indolentes: hay una crisis buscada, forjada con esmero oficial. La meta está próxima. Si logra concluir su labor, el macrismo se esfumará un día, sin reelección ni sucesión declarada, sin herederos visibles. De la noche a la mañana aflorarán repudios, acusaciones y lamentos. Se escuche lo que se escuche, se conozcan mejor o peor las nuevas caras, la continuidad estará asegurada en virtud del trabajo completo, por el nuevo orden alcanzado.

No se transita en estos momentos ni un menemismo recargado ni se experimenta un Déjà vu de 2001. Nada de eso existe. Toda similitud hallada es simple mecanismo de defensa para aferrarse a miedos conocidos, a catástrofes a la postre superadas aunque más no sea en apariencia. También eso está previsto, incluso incentivado: se tejerán consuelos, alivios al paso, con todo lo que no es ni será, con apócrifas analogías esperanzadoras, hasta que sobrevenga lo inesperado, lo desconocido, lo que inmoviliza por el pánico de la incertidumbre y se convalida por no poder articularse a tiempo el rechazo.

Un tránsito semejante es inherente a la estrategia. Lo saben los opositores, que esperan por conveniencia (/connivencia) o desesperan impotentes. Lo saben también, tal vez mejor que nadie, los empresarios de medios que sostuvieron la impostura del cambio hasta haberla visto llegar a un punto sin retorno, hito propicio para permitirse recrear lugares comunes,  formular críticas ambiguas y advertencias tardías; quizá un ítem múltiple, irónico si se quiere, para el vasto conjunto de todo lo que no existe.

@ale_enric

 


  1. Para ver con más detalle la caracterización de Masotta, puede consultarse un fragmento representativo de Sexo y traición en Roberto Arlt en: https://perylit.wordpress.com/2006/12/04/sexo-y-traicion-en-roberto-arlt/

 

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