El gran deschave del macrismo

Por Alejandro Enrique | @ale_enric

A fines de 2017 cayó el último velo de la impostura macrista: la mal llamada “Reforma previsional” expuso con crudeza el rostro de un ajuste que por dos años se había maquillado con artificios estadísticos, discursos de corte modernizador y falacias. La imposición de una fórmula que reducía los haberes jubilatorios y la AUH se sumaba a los múltiples recortes que desde el PAMI venían perjudicando con sistematicidad a los pasivos. Fue un golpe impiadoso, revelador de hasta dónde podían llegar determinadas complicidades, que permitía prever con mayor nitidez el posterior embate de destrucción absoluta sobre el sistema previsional solidario, el de salud y educación estatal, los tres verdaderos objetivos estratégicos del cambio.

A partir de allí comienza el gran deschave del macrismo. Aunque el punto de partida tenga un sesgo arbitrario si se consideran en conjunto las medidas que hasta ese momento fueron degradando el bienestar general, el tránsito de lo que va de 2018 significó, en el marco de una construcción de espejismos político-sociales, el resquebrajamiento pleno del discurso justificador que Cambiemos había logrado sostener con éxito durante cuatro semestres de virtualidad. Este año trajo consigo la aspereza del padecimiento sin palabras que remitan a un pasado catastrófico, a un futuro cercano prometedor de gracias o a un edén de transparencia angelical.

El semestre pronto a concluir pulverizó fantasías y voluntades de sacrificio en favor de abstracciones ayer prometedoras, hoy en verdad insustanciales: el nivel de vida resignado en aras de tomar impulso se percibe como retroceso definitivo; ni la institucionalidad ni la ética pública han ganado calidad, más bien todo lo contrario. El nepotismo soportable por el atenuante de la confianza trocó en punta de iceberg de una red neo-aristocrática creciente, propulsora de la corrupción estructural que asegura —riendas del Estado en mano— perpetuar privilegios en el contexto de un plan de negocios especulativos.

Desde los precios insólitos de servicios de baja calidad hasta el silencio en torno a los bolsos de López, desde el escándalo Triaca hasta el narcocambiemismo, las corridas cambiarias, la rifa de reservas, la inflación sostenida desde el Estado a fuerza de tarifazos y el abrazo al FMI, entre muchos otros entrecruzamientos fatídicos, los apoyos irrestrictos al gobierno de Mauricio Macri se han vuelto lábiles y argumentativamente erráticos: ya resulta difícil caracterizar al tan mentado núcleo duro PRO-Cambiemos más allá de los beneficiarios directos del modelo, el antiperonismo visceral y los grupúsculos fascistoides.

Sea cual fuere el acontecimiento concreto que haya determinado la caída del último velo del macrismo auténtico —que ni los encuestadores más ligados al pensamiento oficial pueden ocultar—, la desgracia profunda radica en que el reconocimiento amplio del feroz espíritu ajustador de un gobierno elitista casi coincide a la perfección con lo que representa su coronación y no, como algunos analistas pretenden instalar, con su inicio: la entrada en escena del Fondo Monetario Internacional, meta trabajada a lo largo de medio periodo con vistas a perfeccionar un ajuste sostenido en los hechos desde el primer día de mandato.

Para la nueva derecha, literalmente, el tiempo es oro: se trata de implantar un modelo a como dé lugar, con rapidez y sin escrúpulos. Ni la censura, ni la represión, ni el comportamiento autocrático o el fraude son motivo de vergüenza: la consigna es, siempre, anticiparse a la aparición de cualquier propuesta política antagónica lo suficientemente esperanzadora. Cambiemos, que es la fachada del PRO, o sea: un conglomerado de la nueva derecha pura y dura, tuvo sin duda más tiempo para hacerlo del supuesto en sus previsiones de máxima. La profundización de asimetrías al interior de la sociedad es un hecho consumado. También las bases normativas de un modelo de exclusión ya fueron sentadas e impuestas. Será complicado revertir estructuras que arraigaron de hecho y de derecho, sin oposición explícita.

No es difícil anticipar de aquí en más una lucha descarnada de esta nueva derecha por concluir su tan avanzada labor. Haberla adelantado tanto —y a un costo bajísimo— será sin duda un incentivo extraordinario para soportar el trabajo venidero a cara descubierta. Como ya se ha oído, habrá seguramente más definiciones oficiales elitistas, como las de Vidal sobre los alcances de la educación superior, e, incluso, sinceramientos de la subordinación de Argentina en el plano internacional nada fáciles de digerir.

Lo cierto es que este gran deschave, como en nuestro clásico teatral, partió de un detonante que, igual que la rotura del televisor en la obra de De Cecco y Chulak, puso en primer plano todo lo que de inauténtico e hiriente tuvo la unión de Macri con el 51% del electorado y permaneció en las sombras, incluso en sus ribetes tragicómicos, mucho tiempo más de lo que una impostura presidencial semejante hubiese ameritado prever.

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