Tres médicos condenados por el robo de bebés durante la dictadura

Miguel Torrealday, Jorge Rossi y David Vainstub, dueños del Instituto Privado de Pediatría de Paraná (IPP) donde en 1978 retuvieron ilegalmente y cambiaron la identidad de los mellizos Valenzuela Negro, hijos de militantes montoneros, recibieron condenas de entre 6 y 9 años de prisión. Pese a la condena, Sabrina Gullino Valenzuela Negro todavía busca a su hermano apropiado por la dictadura. ¿Dónde está El Melli?

Por Juan Alonso para Nuestras Voces. Fotos: H.I.J.O.S Paraná

Comenzó a revelarse aún más el pacto de complicidad civil con la dictadura militar. La Justicia de Paraná condenó a nueve años de prisión al médico Miguel Torrealday, el propietario del Instituto Privado de Pediatría (IPP) y a seis años a sus ex socios, Jorge Rossi y David Vainstub, al considerarlo en el caso de Torrealday “partícipe necesario” del delito de robo de bebés y sustitución de identidad de los mellizos Valenzuela Negro en 1978. En la lectura del fallo, el juez Roberto López aclaró que los médicos Rossi y Vainstub fueron “partícipes secundarios” por la misma sucesión de delitos. La Fiscalía había pedido una pena de hasta 12 años y la querella 15. El tribunal optó por la escala menor.

“Es un día histórico –dijo Sabrina Gullino Valenzuela Negro en diálogo con Nuestras Voces-, porque hubo una sentencia que fue muy buena e inesperada. Es la primera sentencia a los socios civiles de los genocidas en la provincia de Entre Ríos. Se pudo quebrar el poder de esta cúpula médica que puso su saber, su conocimiento, al servicio de los secuestradores y torturadores de nuestros padres. Ahora estoy compartiendo este momento con hijos de desaparecidos que vinieron a presenciar este fallo y sigo con la esperanza de encontrar a mi hermano”.

Las palabras de Sabrina suenan conmovedoras a través del teléfono. Su voz contiene un latido vital. Y no es para menos. Forjó un largo camino amoroso para dar con la Justicia y pedir por el paradero de su hermano mellizo. La pregunta dónde está El Melli persistió en su interior desde que restituyó su identidad en 2008.

“En noviembre de 2008 me llegó una citación a la casa de mis papás en Ramallo –me contó Sabrina en 2015 en su casa de Victoria-. Era la hora de la siesta cuando tocó un timbre un cabo. Lo atendí yo. Me acuerdo que le pregunté qué era esa citación de la justicia federal y me respondió que era o por tráfico de drogas o por robo de bebés –siguió Sabrina-. Entonces, me preocupé mucho. Me angustié por la situación. Porque me había preguntado si era hija de desaparecidos, aunque mis viejos me habían adoptado legalmente. Mi papá me respondió que me quedara tranquila que seguro la causa se trataba de un choque que tuvo con mi mamá en la ruta. Yo lo senté y le dije: no papi, esto es muy serio, ustedes pueden ir presos si cometieron un delito conmigo. Pero ellos me adoptaron cumpliendo todos los pasos legales y después de realizar un tratamiento médico de cinco años. Hasta me mostraron el trámite de adopción. Así que al poco tiempo estábamos con mis viejos ante el juez y lo veía tan frágil a mi papá, tan buen tipo, tan inocente en el medio de ese problemón, luchando contra el aparato del Terrorismo de Estado. Declarando contra una multiplicidad de intereses: no teníamos la menor idea ante qué cosa monstruosa nos enfrentábamos”.

En el proceso quedó probado que los médicos condenados recibieron a los hijos de Raquel Negro y Edgardo Tulio “Tucho” Valenzuela, derivados horas después de nacer desde el Hospital Militar de Paraná. Y no sólo eso: los internaron en el IPP y entregaron al mellizo a una familia desconocida. Sucedió en marzo de 1978. Sabrina fue adoptada legalmente por la familia Gullino, el destino de su hermano es un misterio.

En ese sentido, el fiscal Candioti recordó la entrevista que Sabrina tuvo con los dueños del IPP en 2013. En aquel momento, Torrealday reflejó que conocía el caso. “Esa es la cunita donde vos estuviste –le dijo- y tu hermanito entró descomplejizado, vinieron, pagaron y se los llevaron”.

Ella y su hermano estuvieron en el área de neonatología del IPP separados de sus familiares biológicos y fueron inscriptos con identidades falsas: NN López y Soledad López. Entre médicos y enfermeras se decía que “eran hijos de una subversiva”. Los dueños del IPP no denunciaron nada. Según el fiscal Candioti, tuvieron accionar doloso: “Prestaron colaboración con los delitos con total conocimiento e intención. No hubo negligencia ni accionar culposo. No hicieron nada para dar con los familiares, ninguna presentación a las autoridades correspondientes como un juez de menores o Consejo del Menor. Tenían un deber de cuidado y generaron tanto daño. Generaron un dolor constante”.

Una mañana de hace tres años le pregunté a Sabrina cómo imagina a su hermano. “No me lo imagino, prefiero sorprenderme, que sea una sorpresa, no sé. La realidad supera a la ficción. Yo a veces pienso que él está cerca, acá en Entre Ríos, también pienso que no se anima. Que le debe costar hacerse el ADN. Así que saquen buenas fotos para que me encuentre al fin. Pero que no sea dentro de 30 años cuando sea más vieja. Me gustaría que suceda pronto para poder disfrutarlo. Por eso nunca quise irme muy lejos. Con Javier, mi compañero, tuvimos oportunidad de mudarnos al exterior, a una isla paradisíaca de Centroamérica, pero no. Elegimos quedarnos cerquita. Espero que esta nota sirva para que mi hermano aparezca”.

Aquella nota publicada en Tiempo Argentino sirvió para dar a conocer un caso emblemático de la represión ilegal en la Argentina.

Su madre, Raquel Negro, está desaparecida desde poco después del parto de los mellizos en marzo de 1978 y Tucho murió en Paso de los Libres en julio de 1978, durante la llamada “Contraofensiva”, después de que revelara en México el 18 de enero de ese año, el plan de la dictadura que buscaba aniquilar a la cúpula guerrillera con un comando mixto de militares y “quebrados”.

Tucho desbarató con heroísmo los planes de Leopoldo Fortunato Galtieri y su séquito del campo de tortura de “La Quinta de Funes”, sabiendo que no lograría salvar la vida de Raquel. Valenzuela había conocido a Galtieri en 1972 en la cárcel de Trelew antes de la ley de amnistía de Héctor Cámpora. Para el Ejército, Tucho siempre fue un objetivo: desde el asesinato del general Jorge Esteban Cáceres Monié en diciembre de 1975, adjudicado por la propia guerrilla de extracción peronista en un operativo llamado “Cacerola”, que se produjo a unos 20 kilómetros de Paraná.

La trepidante saga de Tucho y su compañera –una auténtica tragedia- fue narrada magistralmente en la novela del ex canciller, Rafael Bielsa, publicada en 2014, “Tucho. La Operación México, o lo irrevocable de la pasión”. En ese texto Bielsa intenta con éxito contar el sentido profundo de aquella lucha quijotesca que incluyó algunos héroes y no pocos necios que todavía corren con la fusta.

Además, la trama de Valenzuela y Negro ocupó decenas de páginas en los libros revisionistas de mediados de los ’90, “Recuerdo de la muerte”, de Miguel Bonasso, y los tres tomos de “La Voluntad”, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, entre otros, que buscaron un significado posible en el difuso camino que atraviesa el compromiso absoluto, la pérdida de la razón y, por qué no, la redención.

Muertes misteriosas

Antes de conocerse el fallo, el médico cordobés Eduardo Halac (un amigo del condenado Torrealday) fue hallado muerto en el pozo de agua de su casa de 30 metros de profundidad en la ciudad de Córdoba. “Con la muerte de Halac revisamos la causa y encontramos que al jefe de Terapia Intensiva donde estuvimos con mi hermano mellizo, Juan Zaccaría, lo quisieron matar después de que yo restituyera mi identidad”, recuerda Sabrina. Un testigo cercano al imputado, ya fallecido, contó que “dos tipos del Ejército lograron meterse en su celda. Tenía huellas de ahorcamiento en el cuello y marcas en la espalda”.

Zaccaría, quien luego ingresaría por gestión de la abogada de derechos humanos, Ana Oberlin, al Programa de Protección de Testigos, tenía pánico. Alguien llamó al conmutador del Hospital San Martín y le soltó a la directora: “Zaccaría se salvó en la cárcel, pero en el hospital lo vamos a hacer mierda”. Lo que sobrevino después se parece mucho a la desesperación. No era para menos. Zaccaría había sobrevivido de milagro con un cinturón alrededor del cuello. Según la reconstrucción de la querella, él estaba presente cuando la patota militar llegó con los mellizos en brazos. No era el único médico sospechoso. El mismo día que Sabrina mantuvo un careo en el juicio con una enfermera del IPP, el médico Halac murió en extrañas circunstancias.

Otro caso siniestro vinculado a la causa por la apropiación ilegal de los mellizos Valenzuela Negro se produjo también en Córdoba, a fines de febrero de 2008. En ese momento, Sabrina desconocía su verdadera identidad y vivía con su familia adoptiva en Ramallo.

El 25 de febrero de 2008, un día antes de ser citado a declarar como imputado en el Juzgado Federal de Paraná, el teniente coronel de Inteligencia, Paul Navone, se disparó un balazo calibre 9mm a 50 centímetros de su cabeza. Dejó una nota: “Tomo esta decisión en pleno uso de mi libertad y facultades. Nadie, de mi entorno familiar, ni de mi contexto tiene conocimiento de lo que he dispuesto hacer. Lo hago solo sin participación de tercero alguno. Adopto esta conducta como el mejor camino para mí”.

Su cuerpo fue encontrado en un sitio de la Fuerza Aérea. La operación de autopsia determinó que “se habría disparado en la cabeza con una 9 milímetros. Hora presunta del hecho 03.00. Encontrado hoy (por el 25 de febrero de 2008) a las 8.15. Tiene un orificio en sien izquierda compatible con salida de proyectil”. En la necropsia le extrajeron “sangre y humor vítreo” de la cornea para determinar la data de muerte. Pero hay otros episodios funestos.

Stella Maris Cuatrín dejó su letra en el libro del IPP. En una reunión, Cuatrín le confesó a Sabrina que el mellizo podría estar en Córdoba. Pero en el juicio lo negó y hubo un fuerte cruce verbal. Ante el juez Roberto López Arango, el fiscal José Candioti y la querella a cargo de Marcelo Boeykens, dijo que Torrealday y su familia tenían una casa en Córdoba. Se sabe que era amigo de Halac y solía visitarlo. Para mal de males, agregó que una médica, Amelia Niveyro, le contó: “A lo mejor este chico ya esté en otro lado, esté bien, sea profesional”. Esa médica estaría vinculada con el imputado Vainstub. La pista de Córdoba se mantiene.

En 2011, el fallecido Ángel Luis Schroeder, también acusado, amenazó a la enfermera Cuatrín: “¿Qué vas a declarar Mari, en qué te estás metiendo?”. La mujer afirmó en una audiencia que Sabrina y su hermano mellizo fueron atendidos por los médicos Rossi, Schroeder y Torrealday, quien según los testigos no le quitó la mirada de encima en ningún momento. Cuatrín insistió en que no entregó al mellizo a sus apropiadores. Dijo que desconoce dónde está, aunque deslizó que otras enfermeras podrían tener datos. Una de ellas vive en el exterior.

Epílogo

En una conmovedora cinta que Raquel Negro, mamá de Sabrina, grabó en plena clandestinidad, en 1977, legó este mensaje: “Por ahí parece que uno no va a seguir viviendo, que no se puede, que el dolor es muy grande, que a uno lo ahoga, pero hay fuerza siempre, hay fuerza y objetivos por los que queremos vivir y personas por las cuales siempre somos necesarios. Yo quiero que sepan que aún dentro de esta situación, yo soy feliz. Y quiero decírselo a ustedes, yo creo que no hay nada en el mundo tan hermoso como tener un hijo y criarlo, educarlo, tratar de hacerlo feliz, aún dentro de las condiciones que no siempre son las mejores”.

Ante semejante potencia de amor que horada el tiempo, el Poder Judicial está inmerso en un incómodo apremio: debe encontrar al hermano de Sabrina. Y debe hacerlo pronto. Claro que los funcionarios están lejos de ser el detective Wallander de Mankell y la Argentina no es Suecia. La ruta del destino suele pasar por la sombra de los hombres.

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