Soledad en la pelea

SÁTIRA | Por Onó, el Insuperable ·

Nuestra querida Ciudad de Buenos Aires, a pesar de la envidia propia del resentimiento provinciano que exige quitarle centralidad, es la niña de los ojos de Mauricio. Su olfato de estadista no le fue esquivo cuando importó desde Bariloche a la talentosa Soledad para terminar de educar a ese puñado de porteños ociosos que aún latía al son del rústico populismo.

La preparó para la dura pelea en los claustros de la Fundación Sophia, la fogueó en el mundillo vil del servicio a los jubilados en el injustamente denostado 2001, la paseó como maleta de loco por dignísimos cargos en el GCBA y finalmente la afincó en el sitial adecuado a su talento: el Ministerio de Educación de la Capital Federal. La pupila de águila de nuestro presidente eligió con acierto una vez más. ¡Cuándo no!

Y como el prohombre hace todo bien, hasta tuvo la humildad de oficiar de Celestina y la emparejó con Dieguito, un egregio hoy destinado a lidiar con los zafios bonaerenses pero reconfortado con el premio del calor conyugal que comparte con una fémina dedicada en cuerpo y alma a la mejor pedagogía social. Ni el más mínimo detalle, en fin, librado al azar.

La valiente Soledad Acuña entonces salió a un ruedo difícil con mano de hierro. Limpió el redil docente con esmero y este año, con el apoyo inestimable de Horacito y los ediles del cambio, terminó con la farsa de los ociosos profesorados, incubadoras de maestritos apurados por afiliarse a un sindicato para hacer la pata ancha entre paritaria, carpeta médica y huelga, como sabe cualquier amigo del orden.

Para no defraudar a Mauricio siguió tan proactiva como de costumbre y le cayó con toda la fuerza de su vocación de recta educadora a esos antros disolventes que el lenguaje del eufemismo complaciente dio en llamar colegios nocturnos. Dijo basta a la hipócrita costumbre de lo políticamente correcto. Nada mejor que bajarle la persiana a tanto nido de ñoqui y remedo de estudiante amparado en la negra noche de la holganza.

Todos los rectos vecinos esperábamos aplausos interminables para una Ministra de semejante calibre. Pero no. La ignorancia populista acecha en todas partes. El periodismo K que copó hasta el último micrófono audible en el éter le cascoteó la valentía e hirió a sus colaboradores con críticas decimonónicas: decretó la arcaica prohibición de cerrar escuelas, sean las que fueren. Eso y la muerte de la modernidad son la misma cosa.

Así nos enteramos que la mesurada María era en verdad como la pecadora María la O y que el Dr. Castro, a quien con campechanía llamábamos Nelson a secas por creerlo epígono del cambio, también era impenitente populachero de la más baja estofa. ¡Qué disgusto descubrir estas agachadas cuando la abundancia festiva brilla como nunca gracias al talento del equipo de notables que la providencia nos puso como guía!

No podemos desamparar a esta otra leona que el cambio legó, pródigo e infinito cuando de parir patriotas se trata. De esta manera, aunque suene mal, Soledad pelea sola como un sol contra esa peligrosa gente del hampa que copó el firmamento de la sacrosanta escuela hasta convertirla en aguantadero de la germanía. Digamos basta al vicio y al derroche sin fin.

Entre tanto periodista vil que la cubre de diatribas ─¡y tanto maestrito insolente que pretende torcerle el brazo!─ nuestra idolatrada Acuña, aunque también suene mal, tiene que ser una cuña de acero en el corazón pecador del docente pícaro y el estudiante impostor, una estaca de noble madera en el pecho del vampirismo educativo que sueña con dejarla anémica.

Acompañemos, porteños, a Soledad. Apoyemos, argentinos de bien, la cruzada que lidera hasta convertir su dulce rostro en el símbolo que las próximas generaciones de párvulos venerarán más que al vetusto Sarmiento. ¡La auténtica educación necesita darle la razón, precisa su didáctica luz para encandilar de una vez por todas a la demagógica noche de ignorancia! ¿O no?


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