La eterna promesa del orden progresista

¿Es “orden” una palabra de izquierda? Los discursos sobre el orden suelen estar modelados por la derecha y parecen ser asociados a la idea de seguridad. Sin embargo, es posible pensar el orden desde una perspectiva alternativa. Cuando se para es porque falta orden: orden progresista. Es decir, derechos y tranquilidad.

Por Tomás Allan para La Vanguardia Digital

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¿Es “orden” una palabra de izquierda? ¿Hay alguien que se auto-ubique del centro hacia la izquierda del espectro ideológico que piense en él como principal principio rector de su propia actividad política? Como respuesta rápida e intuitiva podríamos decir que no suele aparecer en el lenguaje progresista, en donde priman términos rupturistas mas bien referidos a la idea de transformación. Las izquierdas en general tienen una relación particularmente conflictiva con la idea de orden, en parte por su propia esencia contestataria. Aunque no se trate de una denuncia al orden en abstracto sino a uno concreto y particular -que puede ser el derivado del capitalismo o de su versión más feroz representada por el neoliberalismo-, la impugnación casi permanente de un cierto estado de cosas a modificar dificulta esa relación.

Sin embargo, la idea de neoliberalismo como “caos” –y por tanto como contracara de orden- no es nueva, y ha logrado instalarse con cierto éxito en el universo progresista y nacional-popular, más aún en tiempos de crisis. “Macri es caos”, dice Cristina Fernández en su libro y ratifica en el video en que presentó la novedosa fórmula presidencial. “El neoliberalismo es caos”, dice Axel Kicillof en el suyo. Y rematan: “Hay que volver a ordenarle la vida a la gente”. Pero si uno advierte las declaraciones de figuras cambiemitas, sobre todo en la campaña electoral de 2015, va a notar lo mismo: el populismo como desorden y anormalidad. Y de ahí su consecuente autoproclamación como la fuerza capaz de ordenar la Argentina, de modernizarla y aggionarla a los tiempos que corren, “haciendo lo que hace el mundo”. En política, el caos es el otro.

La idea de neoliberalismo como “caos” –y por tanto como contracara de orden- no es nueva, y ha logrado instalarse con cierto éxito en el universo progresista y nacional-popular.

Ese manejo de las variables caos-orden no requiere mayores explicaciones. Permite eximirse de justificaciones engorrosas y controversiales porque se justifican por sí solas: nadie tiene que explicar por qué es deseable ordenar un país o por qué es malo vivir en el caos. Todos queremos lo primero y nadie quiere lo segundo. Y si todos prometen un país en orden, desde Espert hasta Kicillof, pasando por Marcos Peña, Lavagna y Alberto Fernández: o hay varios caminos para un mismo fin, o hay concepciones diversas (y a veces radicalmente distintas) del mismo.

Como fuere, es una idea que indudablemente se vuelve objeto de disputa. Pero esta disputa, si bien bastante explícita en algunas dimensiones (como el funcionamiento de las instituciones y la economía), se vuelve menos intensa y clara en otras (como la seguridad y las políticas sociales), en donde el progresismo encuentra mayores dificultades para ofrecer connotaciones distintas. En cambio, las viejas y nuevas derechas tienen una relación mucho más estrecha con este concepto, desde el “soy el candidato de la ley y el orden” ahora trumpista y antes nixoniano hasta el “hay que restablecer el orden en Brasil” bolsonarista, pasando por otras figuras como Matteo Salvini, con referencias a cuestiones que van desde el control migratorio hasta la ideología de género. El orden es fácilmente asociable con fuerzas y figuras mas bien conservadoras, en parte por el éxito que han tenido en ese proceso de apropiación discursiva.

ORDEM E PROGRESSO

Pero, ¿qué es el orden? Si cuando hablamos de ordenar pensamos en la tarea de poner cada cosa en su lugar, esto no nos aclara demasiado, porque nada nos dice sobre el criterio que guía esa organización. Por lo demás, cuando nos referimos a su dimensión social no hablamos de cosas, variables o instituciones sino de personas. Y si señalamos el lugar que debe ocupar una persona o un grupo en la sociedad, o qué les corresponde recibir, estamos poniendo en juego concepciones de justicia: al menos en su dimensión social, el orden es moralizado o no es.

Dijimos que esto viene con su contracara tan indeseable como necesaria: el caos. Algo que para las derechas se juega en varios terrenos, que van desde el garantismo (que asegura la puerta giratoria a los delincuentes) y las fronteras abiertas (a gente que viene a sacarnos el trabajo y delinquir -una especie de “descontrol fronterizo”-) hasta el Estado de Bienestar (que ofrece beneficios a quienes no se esfuerzan -un “despilfarro” bancado por las clases medias “productivas” para sostener una masa poblacional siempre improductiva-). Y el menú que se ofrece a continuación suele incluir las viejas recetas de mano dura, cierre de fronteras y recorte de transferencias monetarias y otros beneficios sociales para los sectores bajos.

Seguridad interna, fronteras y políticas sociales, algunas aristas del caos a combatir. Aunque, dijimos, no son las únicas: para las nuevas derechas pospolíticas, la intensidad ideológica que se corporiza en la protesta social y las libertades civiles en torno a la orientación sexual o la identidad de género que quiebran un “orden natural” son también parte de ese desorden social amenazante. ¿Es inevitable asociar al orden con la inmovilidad, la vigilancia, el aislamiento y la disciplina?

Dice Iñigo Errejón, ex integrante de Unidos Podemos, el partido de izquierda español: “En nuestro país no faltan recursos, están muy mal distribuidos. Poner orden en España es equilibrar la balanza”. Una de las figuras progresistas más insistentes a la hora de sugerir que el hecho de que hoy prevalezca una determinada idea de orden, mas bien conservadora, no implica que esa idea sea inmutable. Orden es sanciones duras, fronteras cerradas y meritocracia sin Estado, pero también puede ser derechos sociales que desactiven el delito callejero contra la propiedad, brazos abiertos para grupos de personas que buscan mejores oportunidades en otras tierras y Estado presente que corrija desigualdades sociales injustificadas. O sea, equidad y apertura, frente al blindaje y la inmovilidad social.

Entonces, ¿cómo incorporarlo al lenguaje progresista y al mismo tiempo manifestar una disconformidad permanente con las inequidades propias del capitalismo? ¿Cómo reivindicar la transformación y al mismo tiempo la tranquilidad? ¿Cómo compatibilizar ruptura y deconstrucción con previsibilidad y certeza, igualitarismo con estabilidad, politización con esfera privada? En definitiva, ¿cómo hablar de orden sin perder el glamour (o la identidad)?

Orden y progresismo: una remake por izquierda del lema cristalizado en la bandera verdeamarela del gigante sudamericano (ordem e progresso), y que más de un dictador latinoamericano ha tomado para definir a sus propios procesos políticos. Aunque más que de una acumulación de ambas cosas hablamos de la posibilidad de darle un sentido progresista a la noción de orden.

El progresismo puede ofrecer una idea distinta sobre el tema y evitar regalarle a las derechas el monopolio del uso de un valor ampliamente compartido.

Porque el progresismo puede ofrecer una idea distinta sobre el tema y evitar regalarle a las derechas el monopolio del uso de un valor ampliamente compartido. Y para eso debe entrar en la disputa, apropiarse también del término, proponer nuevos significados y significantes. En el ideario progresista el orden se asocia menos con Patricia Bullrich que con Carolina Stanley; tiene que ver con los organismos de la seguridad social y no (solo) con la Policía; no implica parálisis sino, por el contrario, movilidad social; no connota retribución (penal) sino distribución (económica). Digamos que orden no es represión de la protesta: es ir a la plaza a exigir un derecho y volver a casa íntegro.

El desafío para el progresismo está en la posibilidad de apropiarse del concepto resignificándolo. A los discursos de odio y la destrucción de los lazos de solidaridad se le oponen argumentación política para desarmar a los primeros y conversación pública para reconstruir a los segundos. Pero también está en la posibilidad de conciliar demandas variadas –muchas veces en tensión- en sociedades fragmentadas: cómo compatibilizar el ejercicio de la protesta con el (entendible) cansancio de clases medias (y no solo medias) de esa intensidad política permanente; cómo abrir las fronteras sin que cunda el pánico por la pérdida de los puestos de trabajo; cómo tratar la cuestión de la seguridad sin caer en medidas punitivas con efectos políticos de corto plazo pero carentes de una perspectiva integral en el largo.

Debemos convivir –también- con la idea de que hay demandas de orden en un sentido abiertamente conservador que no desaparecerán simplemente por pronunciar la palabra mágica. De ahí el desafío de generar nuevos consensos entre sectores sociales diversos para lograr paz social en un mundo agitado con ultraderechas en ascenso. En fin, como dice Martín Rodríguez: orden queremos todos. La diferencia es que para el progresismo -parafraseando a algún anónimo que decidió embellecer uno de los tantos paredones platenses- orden es que los pibes coman.

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