Yanaconazco con latte en mano

Hace unos días, el Senado aprobó la ley de teletrabajo, una forma de trabajo cada vez más frecuente que se multiplicó con la pandemia. Como era de esperar, la oposición rechazó casi en bloque el proyecto. Nuestra derecha, desde la Sociedad Rural a Mario Pergolini, suele asimilar los derechos laborales a un impedimento a emprender y su defensa al odio hacia los empresarios.

Por Sebastián Fernández para Nuestras Voces

En octubre de 1944 el gobierno sancionó el Estatuto del Peón Rural a instancias del entonces ministro de Trabajo y Previsión Juan D. Perón. Con descaro, la nueva medida equiparaba los derechos de los trabajadores rurales con los del resto de los trabajadores, reconociéndoles desmesuras como la estabilidad laboral, el pago en moneda nacional, la ilegalidad de deducciones o retenciones, salarios mínimos, descansos obligatorios, alojamiento en mínimas condiciones de higiene, buena alimentación, provisión de ropa de trabajo y asistencia médico-farmacéutica. Con comprensible rapidez, la Sociedad Rural Argentina se opuso al nuevo estatuto y explicó que el trabajo en el campo establece una “camaradería de trato, que algunos pueden confundir con el que da el amo al esclavo, cuando en realidad se parece más bien al de un padre con sus hijos”. Además, las exigencias desmesuradas como la provisión de baños o la obligación de pagar los sueldos en moneda nacional y ya no en vales ponía en peligro la sustentabilidad económica de la actividad agropecuaria.

Poco tiempo después, en enero de 1945, Perón reincidiría en esa obsesión populista de penalizar a nuestros emprendedores instaurando las vacaciones pagas para todos los trabajadores. La medida estuvo acompañada por un programa de acceso al turismo a través de diversos centros turísticos ampliando un derecho que hasta ese entonces estaba limitado a una minoría.

Ambas medidas generaron la furia de las organizaciones patronales que denunciaron el absurdo económico de pagar a empleados para que no hicieran nada y anunciaron quiebras tan masivas como inminentes.

Hace unos días, el Senado aprobó la ley de teletrabajo, una forma de trabajo cada vez más frecuente que se multiplicó con la pandemia. La nueva norma exige al empleador que garantice el equipamiento y los costos de gasto de energía y conectividad. Deberá también respetar los horarios de desconexión y el trabajador podrá volver a la modalidad presencial si así lo solicitara.

Como era de esperar, la oposición rechazó casi en bloque el proyecto de ley que según el diario La Nación “generó un fuerte repudio por parte del sector empresarial que sostuvo que la nueva regulación desalienta la contratación bajo esa modalidad.” Según la misma fuente, “no menos controversia generó el derecho a la desconexión digital que plantea la iniciativa”. No estar a disposición del empleador 24 horas al día destruiría la cultura del trabajo.

El empresario de medios Mario Pergolini, un adolescente tardío que solía pasar por rebelde, fue un poco más lejos e insultó a los diputados que votaron la nueva ley: “Quiero felicitar a todos los tarados del Congreso que hicieron una ley de teletrabajo que escupió y orinó el sistema (…) Contratás a alguien como teletrabajo y hay que contratarlo en relación de dependencia. Una persona que podría haber tenido dos, tres trabajos, cortos, sencillos, freelos (SIC), con nuevas metodologías de trabajo, los llevamos a como teníamos las metodologías de trabajo en los 60, en los 70, que todavía no ha cambiado”. Rotundo, concluyó: “Ustedes son unos imbéciles. En serio, son un grupo de imbéciles. Ya a esta altura creo que son hijos de puta en lugar de imbéciles. La verdad: hacen todo lo posible para que la gente no dé trabajo”.

En realidad, la ley refiere a los contratos de trabajo en relación de dependencia y no a los “freelos” (free lancers) a los que hace referencia Pergolini, pero es cierto que sabiendo opina cualquiera.

Históricamente el reconocimiento de derechos laborales nunca atentó contra el empleo, sólo mejoró la calidad de vida de las mayorías e incluso desarrolló nuevos sectores de la economía como el turismo de masas a partir de las vacaciones pagas. Las calamidades anunciadas por los foros empresariales han sido tan inminentes como imaginarias.

Nuestra derecha, desde la Sociedad Rural a Mario Pergolini, suele asimilar los derechos laborales a un impedimento a emprender y su defensa al odio hacia los empresarios.

El único cambio en estos 75 años que nos separan del Estatuto del Peón y las vacaciones pagas parece ser que los empresarios que se indignan por los derechos laborales ya no usan traje con chaleco ni polainas: Pergolini, en chupines y zapatillas, nos propone un yanaconazgo de latte en mano.

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