Cucos y peleles

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

Poco queda del éxito argentino frente a la epidemia de coronavirus. La tregua en la puja partidista que suponía privilegiar el valor de la vida por encima de apetencias político-económicas se redujo a la formalidad retórica. Las minorías, como podía suponerse cuando aún el covid-19 era una amenaza lejana, no se contentaron con cuatro años de fiesta opulenta.

Poco queda también de las esperanzas de desahogo que albergaban los votantes de la fórmula Fernández-Fernández. Las economías domésticas sufren ahora por partida doble: continúan transfiriendo sus mermados recursos a las élites sobre-enriquecidas por el cambiemismo al tiempo que afrontan zozobras tan inesperadas como onerosas.

El único desahogo fue simbólico e ilusorio. El festejo por el acuerdo con una parte de los acreedores de la deuda es un placebo con efecto psicológico de corto alcance, una postergación de obligaciones que más temprano que tarde dará paso a la realidad de los condicionamientos que, otra vez, justificarán la eternización de la inequidad social.

Por encima de la buena imagen e idoneidad del ministro Guzmán se alza un acuerdo a pedir de boca de los acreedores, sin quita significativa, sin investigación de los aspectos oscuros de la formación de la deuda, sin quiebre de la lógica perversa del apaño de los ciclos de endeudamiento y fuga. Queda la pelota pateada hacia adelante como una bola de nieve que pronto retornará.  El FMI acecha. Los condicionamientos se irán anunciando uno tras otro como inevitables estaciones del calvario patriótico de las clases bajas y medias.

Queda, por otra parte, un aislamiento social que declina su aspecto preventivo e induce a la discrecionalidad de su carácter obligatorio. Un ASPO con hijos, entenados, delirantes y perversos. Alrededor de las cuarentenas el PRO ha ido perfeccionando su estrategia de permanencia y desgaste: lo que impuso al frente del gobierno de Cambiemos se mantiene e incrementa al tiempo que construye una imagen casi ridícula del presidente Alberto Fernández.

Horacio Rodríguez Larreta capitaliza desde CABA toda la moderación centrista del primer mandatario en favor de su espacio ideológico. Su resistencia pasiva hace estragos en la imagen presidencial. Con discurso políticamente correcto y acciones opuestas a lo dicho logra que desde la administración nacional se acepte lo inaceptable, se lo minimice y hasta se lo esconda. Cuenta ya con la certeza de que no será enfrentado ni cuestionado públicamente.

Con Larreta como punta de lanza, con sus ambiciones personales como energía inagotable, el PRO intenta hacer ver a Alberto Fernández como a un pelele, como a un timorato sin convicciones ni autoridad, como al rey de la postergación, como a un mandatario al que doblegan unas protestas minoritarias y unos medios de comunicación avezados en la opereta diaria.

Don Pelele

Para sostener un neoliberalismo edulcorado, las voces más encumbradas del Frente de Todos siguen refugiadas en la comodidad de invocar al cuco: Mauricio Macri. Exigir apoyo ante el terror al retorno del inescrupuloso por antonomasia, del perverso domador de reposeras, del corrupto de antología, del mamerto o el mafioso –según la ocasión-, parecería ser el único recurso disponible hasta ahora.  Esta variante del policía bueno y del policía malo va tornándose eterna e ineficaz.

El rédito político que el PRO logró sacar con la enrome difamación que convirtió en demonio la figura de CFK no puede igualarse a través de las verdades que caracterizan a Macri: la demonización de Cristina Fernández no se creó originalmente para justificar una gestión sino para acceder al poder. El odio, el miedo y la desinformación se convirtieron en votos para una fuerza minoritaria. Después, aunque el recurso mendaz se siguió explotando, no alcanzó para lograr una reelección. El terror al cuco-Mauricio es un recurso vacío para el trance actual.

Pero si el PRO logra convertir en pelele a Alberto Fernández contará con un menú completo. En sus usinas se frotan las manos: casi abrazan la certeza de endosarle los costos humanos de la epidemia, no ven amenazados en lo más mínimo los intereses de la élite que representan y los servicios de Larreta dan frutos venenosos sin cesar. Con muertos para invocar, un demonio para atemorizar, un flamante pelele para el escarnio y algún oportuno golpe de mercado para embarrar el escenario económico, cualquier cuco se olvidaría con rapidez. No así los ridiculizados y demonizados.

El gobierno nacional eludió con pertinacia las medidas que hubiese podido implementar con carácter de justas y necesarias en el contexto pandémico del primer semestre. Entre muchas otras insinuaciones que brillaron como estrellas fugaces y fueron el bluf que funcionó como zanahoria de burro por varios meses, estuvieron el mentado impuesto a la opulencia –ya de por sí edulcorado al subrayarse su excepcionalidad junto al hincapié hecho en que sería por única vez-, la declamada severidad con empresarios, especuladores y prestadores de servicios inescrupulosos y una moratoria impositiva que no favoreciera aún más a los favorecidos en grado superlativo durante cuatro años.

El castigo a las clases con menor poder adquisitivo no tuvo hasta ahora el esperado quiebre, más bien continuó la senda macrista del malestar. Los avances políticos de JxC se perfilan en la actualidad con la solidez que no tuvieron cuando su espacio concretó la hazaña de acceder al poder. Con la Ciudad de Buenos Aires y los medios que gozan de una generosa pauta oficial como centros estratégicos, la nueva derecha que encabeza el PRO ha logrado demostrar capacidad para imponer en la agenda, sin gran esfuerzo por cierto,  un repertorio de disparates que mantiene absorto al país.

La escasa identidad política que durante el primer trimestre de gestión exhibía el Frente de Todos a causa, entre otros factores, de la contaminación de funcionarios alérgicos a cualquier identificación con el campo popular, parecía tener su contrapeso en el estilo de conducción sosegado pero firme que dejaba entrever el presidente Fernández, cualidad que dio la impresión de acentuarse al estallar la pandemia pero que terminó por diluirse entre fluidos vicentinianos y titubeos.

Con la Ley de medios audiovisuales mutilada, una herencia de presos políticos que se mantiene intacta, el constante nombramiento de funcionarios macristas en lugares clave, la cartera de educación subordinada al proyecto educativo neoliberal, la conducción económica reverenciando la deuda que generó la más obscena fuga de divisas de la que se tenga noticia, con empresas de servicios de mala calidad que fagocitan los recursos de trabajadores y pasivos, con alimentos a precios escandalosos para el nivel de ingresos de la población, el gobierno de Alberto Fernández corre el riesgo de convertirse en el escarnecido artífice de la continuidad de la gestión cambiemista, en el grotesco facilitador del macrismo sin Macri.

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