El distraído y tóxico FMI

Si en América Latina se hiciera un concurso de popularidad es poco probable que el Fondo Monetario Internacional (FMI) resultara ganador.

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont @Eltabanoeconomi

“La magnitud de las cantidades de dinero parece variar en modo notable según hayan de ser pagadas o cobradas.” (Aldous Huxley)

Si en América Latina se hiciera un concurso de popularidad es poco probable que el Fondo Monetario Internacional (FMI) resultara ganador. Al parecer todos estamos de acuerdo con esta aseveración, más allá de vientos coyunturales que ocasionen aparentes cambio de identidad, hasta que le sacamos la máscara al villano y siempre está el mismo millonario por detrás. Aun así, el siguiente cuestionamiento sería indagar la causa de tal desprestigio.

Cuando uno lee “Perspectivas Económicas Octubre del 2020 del FMI” se queda asombrado de la mirada del organismo, donde los problemas latinoamericanos de acumulación de capital resultan de una hipótesis obsoleta llamada “Generación Espontánea”. Es decir, las dificultades económicas de esta porción del planeta surgen de una manera natural, sin la menor intervención del propio organismo. Veamos un poco.

Básicamente, en su informe el FMI proyecta una caída de la actividad económica para el 2020 del -8.1% y una recuperación modera en el 2021, dependiendo de dos variables centrales de la ecuación potencial de crecimiento. El distanciamiento social, un obstáculo para la actividad económica, y una ayuda, la relajación del confinamiento. En el primer caso las políticas deben centrarse en garantizar que las empresas dispongan de suficiente liquidez, proteger el empleo y los ingresos (medidas ofertistas), política monetaria laxa (emisión monetaria), siempre que se tenga bajo control la inflación, la deuda tomada por el Estado. En el segundo caso, el de los países que están relajando las medidas de confinamiento, los esfuerzos han de concentrarse en apoyo para la recuperación, por ejemplo, mediante “reformas estructurales”.

Aunque podríamos entretenernos imaginando que nos sorprende la frase “reformas estructuras”, el relato prosigue con razonamiento lógicos. La región tiene el 8.2% de la población mundial (640 millones de habitantes), pero registra el 28% de los casos mundiales de COVID-19 y el 34% de las muertes hasta fines de septiembre. También cree que las economías más grandes de la región (Brasil, Chile, México, Perú) tienen algunas de las cifras más altas de muertes per cápita en el mundo y es probable que los informes oficiales subestimen la cuenta.

La pandemia se ha propagado de forma desigual en América Latina. La pregunta es ¿por qué? La respuesta del organismo es: ”La predominancia de la pobreza y la informalidad en los mercados laborales, y la imposibilidad de practicar el distanciamiento social en zonas urbanas densamente pobladas y barrios de bajos ingresos aglomerados, contribuyeron al aumento del número de muertes”… Al extenderse más los brotes, los sistemas sanitarios inadecuadamente preparados de la región se vieron sometidos a presión y no lograron contener los costos humanos”.

Aunque hay algunas respuestas, las curiosidades se multiplican generando más preguntas que apuntan directamente al organismo. Por ejemplo, Argentina se levantó un día y extravió un ministerio, omisión inédita en el orbe, y más aún si la amnesia hace alusión a la evaporación del Ministerio de Salud, estructura ligeramente relevante para combatir una pandemia. Ahora, ¿el olvido fue por ineptitud gubernamental o un acto acordado con el organismo? ¿Las políticas de austeridad nada tuvieron que ver en Argentina, Brasil, Perú, Chile o Ecuador con la generación de pobreza, la informalidad laboral, lo degradación del sistema sanitario, entre otras, por propuesta de política económica del el FMI?

Si bien el FMI ha hecho sonar la alarma sobre una gran intensificación de la desigualdad tras la pandemia, no se responsabiliza de sus acciones respecto de las políticas implementadas en diferentes países, con anterioridad a la pandemia. En 2019, bajo órdenes del FMI, el presidente de Ecuador, Lenin Moreno, redujo el presupuesto sanitario nacional en un 36% a cambio de un préstamo de 4.200 millones de dólares del FMI. Esta iniciativa provocó un movimiento de enormes protestas nacionales que amenazaron con hacer descarrilar a su Gobierno y trajo como consecuencia una enorme catástrofe sanitaria. Los resultados fueron casi apocalípticos cuando la ciudad más grande del país, Guayaquil, se convirtió en el centro mundial del coronavirus, con cadáveres abandonados en las calles durante días mientras los servicios estaban saturados con la llegada del COVID-19.

A pesar de cierta retórica altisonante de la dirección del FMI, resulta que los préstamos de emergencia “libres de condiciones” de la institución financiera internacional, distribuidos de abril a julio de este año, contienen “compromisos” de los gobiernos para implementar programas de austeridad nuevos o renovados tan pronto como la crisis sanitaria comience a retroceder. En la mayoría de los préstamos, el FMI ha obtenido promesas de los gobiernos receptores de regresar y adoptar medidas de austeridad (en África subsahariana, 25 de 30 países prometen un reinicio total). 

De los 91 préstamos que ha negociado el FMI con 81 países desde el inicio de la pandemia mundial en marzo, en su mayoría se llegó al acuerdo de que los países adopten medidas tales como: recortes en los servicios públicos y pensiones, medidas que conllevarán privatizaciones, congelaciones o recortes salariales, despido de trabajadores del sector público como médicos, enfermeros, profesores y bomberos.

El ejemplo más representativo es el de Ghana. El gobierno sigue plenamente comprometido con el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y aplicará políticas de mediano plazo consistentes con la consolidación fiscal“. La consolidación fiscal, en el léxico del FMI, significa programas de austeridad. A pesar de que estos movimientos no se enmarcan como condiciones, el evidente impulso del FMI por el uso de la palabra “compromiso” en los documentos de préstamos de la mayoría de los países sugiere ciertamente una obligación por parte de los gobiernos. 

Si existe un terreno donde quedan a la vista estas controversias y el obstinado relato de austeridad del FMI es en Argentina. El país se está encargando de negociar la devolución del crédito más bochornoso de su historia. Mauricio Claver, el funcionario más importante del presidente de los Estados Unidos para América Latina, hoy en la presidencia del BID, explicó en un foro diplomático la decisión geopolítica que ejecutó la Casa Blanca para de facilitar y obligar al FMI a realizar los créditos stand-by y sostener el programa económico del ex Presidente Mauricio Macri antes de las elecciones (léase fuga de capitales o crédito político).

Para los funcionarios argentinos semejante desplante pasó necesariamente inadvertido porque conduciría a la discusión de la legitimidad de la deuda con el organismo. Pero el relato de austeridad comenzó a filtrarse por pasillos, y la absurda relevancia del financiamiento del déficit pasó a ser elemento central del presupuesto 2021, como si no existiera pandemia. La política económica de ajuste fiscal regresó como en mejores años.

Según esta lógica Argentina solo debería cumplir con las pautas generales que figuran en el Presupuesto 2021, así como aprobar un plan que dirija al país al equilibrio fiscal, dato no menor, por cierto, que debe avalar el poder legislativo. Solo hay una condición innegociable desde Washington: aceptar, sobre todo políticamente, que esas metas las controle una misióndefinida dentro del “Artículo IV”del organismo en misiones trimestrales, desde el mismo momento en que se firme el potencial acuerdo.

Argentina, con un déficit 8.5% del PBI, lo reduciría en el 2021 a uno déficit de 4.5% del PBI en medio de una pandemia, sin medidas de austeridad, con un enorme desempleo y la mitad de la población en la pobreza. Se antoja complicado. Aquí comienza el juego del que hemos venido hablando. El déficit se cubrirá con un 40% con la toma de nueva deuda, que se está llevando a cabo, sin reproche del FMI, y el otro 60% con emisión monetaria. Según la visión desde Washington, el dinero que se necesitará emitir será enorme y los “mercados y el Organismo” lo ven dudoso sin más inflación que la de este año.

Cómo solucionar este dilema, bastante similar en muchas partes del mundo. En el caso argentino, los números que figuran en el presupuesto hablan de una mejora sustancial en la recaudación impositiva, fruto de la reactivación (ingresos), faltaría avanzar en ajustes estructurales: la discontinuidad de los planes de ayuda y mutarlos, a la baja, a otro tipo de ayudas, más allá de la pérdida salarial, por inflación, desempleo y falta de paritarias.

Si esto no alcanzara, y así parece y el déficit y la emisión (las políticas ortodoxas vuelven a escena), el FMI tiene disponibles fondos para la emergencia generada por el COVID-19. Solo los puede recibir un socio activo que tenga las cuotas con el organismo al día, y Argentina las tiene. Es así que el organismo internacional le brindaría unos u$s 3.500 millones, los que, para reducir aquel 60% de emisión monetaria, son maná del cielo. No pueden decir que no es ingenioso. Hablamos de austeridad, pero queda como ayuda para que puedas pagarle al mismo FMI. Excelente.

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