Clics, precarización y resistencia en el periodismo

«Clics, precarización y resistencia en el periodismo» de Luciano Sáliche y Andrés Correa es el segundo título que lanza la editorial Síncopa. Sobre la actualidad de los medios y su historia reciente, la labor periodística, entre otras cuestiones. Aquí presentamos un adelanto.

UN HALO DE LUZ

La alarma rompe el silencio de la mañana. El tono del despertador es una canción sin letra. La mano de un trabajador con mucho sueño se estira hasta la mesita de luz y agarra el teléfono. Lo desbloquea y antes de levantarse de la cama ingresa a Facebook o Twitter. Ve las notificaciones, ojea perfiles, se empapa en las reglas que la plataforma ofrece. Scrollea. Saltea anuncios extraños, likea memes graciosos o comprometidos y lee la publicación de un medio masivo que, de repente, propone algo novedoso, algo que llama la atención, que interesa, que gusta o que indigna, que escandaliza, y la forma de presentarlo es incompleta o, mejor, misteriosa. El clic hacia ese link, esa página, esa noticia, ese relato, ese contenido, es inevitable: entra. Luego están las expectativas que, una vez adentro, al descubrir lo que había tras el velo del post, pueden completarse con satisfacción o decepción, pero es lo de menos, ya está adentro. ¿Cómo se generó esta secuencia cotidiana que tanto se ha naturalizado? ¿Por qué tanto misterio, tanto posteo edulcorado? ¿Por qué tanto interés para ingresar a esa página, esa noticia, ese relato? En definitiva, ¿por qué se mendiga ese clic?

Eso también es periodismo: una nueva forma —y una nueva tensión— del viejo sintagma autor-lector, la de las redes sociales, que le patearon el tablero a la costumbre de comprar el diario y sentarse a leerlo bajo la sombra en eso que Hegel llamó, hace dos siglos atrás, la misa matinal del hombre moderno. Para que el periodismo continúe siendo un negocio rentable se buscó un modelo que lo posibilite. Los grandes medios, migrados al sitio web, encontraron en la publicidad su principal fuente de ingresos y en el clickbait —el clic como carnada— un recurso para pescar lectores desde los buscadores y las redes sociales. Por su parte, los usuarios cedieron una serie de datos personales a la red social o buscador en donde ocurre este momento —el del clic—, y esos datos son, a fin de cuentas, el oro digital por el que cotizan las publicidades en los medios. 

Internet, esa red que parece estar presente en todo momento de nuestras vidas —conteniéndonos y vigilándonos— simulando funcionar “mágicamente”, sin ninguna materialización que la haga visible, como un halo de luz omnipresente que nos cubre, se ha convertido, como dice Natalia Zuazo, en la primera religión común de la humanidad. En ese sentido, siguiendo a la escritora especializada en tecnología, es necesario sacarle esa mayúscula inicial a internet para analizarla más allá del manto idealizador que se le ha otorgado y ubicarla dentro del devenir de dispositivos tecnológicos entre los que se pueden incluir a la radio y a la televisión, por ejemplo. El avance en la vida cotidiana significó, por un lado, un sinfín de oportunidades para el periodismo, pero también obligó a las empresas periodísticas a competir con otros actores dentro de esta gran disputa por la atención de los ciudadanos, hoy ya consumidores, homogeneizados y a la vez segmentados en esa Pangea llamada audiencia.

Cuando no existen reglas claras de cuál es la tarea de un trabajador, se convive con la incertidumbre, entonces su empleador puede agregarle funciones y trabajos extras con total impunidad bajo pretextos tan falsos como el del avance tecnológico. Lo que está en juego no es solo la mencionada precarización sino también la calidad del producto periodístico.

Ni atrás ni abajo, sobre este ajedrez, donde las corporaciones tecnológicas y los grupos mediáticos se reparten la audiencia, hay periodistas. Cuando Marx hablaba del fetichismo de la mercancía se refería a cómo el capitalismo crea la ilusión de que las mercancías son objetos independientes de “carácter misterioso”, borrando así las condiciones de producción, como si no hubiera trabajadores que las produjeran bajo una relación de explotación. En ese sentido, el periodismo es un trabajo y los que lo ejercen, los que narran y analizan las noticias, son los periodistas. Sin ellos no hay noticias, no hay medios, no hay periodismo. Aunque, más que periodistas, deberíamos llamarlos trabajadores de prensa para englobar al sector completo, con las distintas tareas que se hacen en diferentes áreas y especialidades, pese a que en muchos casos recaigan en una sola persona. Es que hoy en día las dinámicas avasallantes del mercado hicieron del periodista un hombre orquesta. Ya no solo se encarga de escribir la noticia, sino también de filmar, editar fotos y videos o postear en las redes sociales. De esta manera, el trabajador de prensa queda determinado por el apuro de las empresas de comunicación por conseguir más visitas y clics y que las notas salgan más rápido para destacarse en el breaking news frente a la competencia, que no es otra cosa que otras empresas de comunicación con otros trabajadores de prensa, todas subidas a la carrera loca de la inmediatez y la sobreproducción de contenido para atender la insaciable demanda de información de la nueva era.

Mientras los tecnofílicos y meritócratas ponen el acento en la voluntad individual y en la modernización de la industria, en el fondo se trata de la desregulación del mercado de trabajo y la precarización laboral como su efecto inmediato. Cuando no existen reglas claras de cuál es la tarea de un trabajador, se convive con la incertidumbre, entonces su empleador puede agregarle funciones y trabajos extras con total impunidad bajo pretextos tan falsos como el del avance tecnológico. Lo que está en juego no es solo la mencionada precarización sino también la calidad del producto periodístico. ¿Qué tan buena puede ser la nota de un periodista que debe, además de escribir, retocar fotos y grabar un video? ¿O acaso los estudios de un profesional de la comunicación —ya sea redactor, social media, fotógrafo, editor de video— no cuentan para que las empresas, desconociendo la protección de los estatutos y convenios, lo obliguen a realizar otras tareas para las que no fue contratado? Este avance sobre los derechos de los trabajadores ocurre no solo en un contexto de revolución tecnológica que permite el maniqueísmo, sino también en el marco de una retirada del Estado.

POSTALES DE UNA POLARIZACIÓN

Vayamos más atrás. El mismo día que Mauricio Macri asumió como presidente, el 10 de diciembre de 2015, creó por decreto el Ministerio de Comunicaciones y puso al mando a Oscar Aguad, un político cordobés de línea radical cuya experiencia en el área fue haber integrado durante nueve años el directorio de La Voz del Interior, perteneciente al Grupo Clarín, y haber sido un ferviente opositor a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, más conocida como ley de medios. El nuevo ministerio tenía la potestad de “ejercer las funciones de Autoridad de Aplicación de las leyes que regulan el ejercicio de las actividades de su competencia”, es decir, la ley de medios y la Ley Argentina Digital. Aquello fue solo el primer indicio que marcaría la política del macrismo en materia de comunicación. Un mes después, mediante un DNU, el gobierno disolvió el AFSCA y la AFTIC —los organismos encargados de aplicar ambas leyes—, así como el Consejo Federal de Comunicación Audiovisual y el Consejo Federal de Tecnologías de las Telecomunicaciones, y creó, en su lugar, el Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM). Ese decreto fue directo contra el espíritu antimonopólico de la ley de medios dejando sin efecto varios artículos clave y desechando la oportunidad de repartir equitativamente el espectro comunicacional. La fusión de Cablevisión y Telecom, el discrecional reparto de pauta oficial en favor de los grandes grupos y el vaciamiento de medios públicos como Télam son apenas algunos ejemplos de la hiperconcentración de la industria.

Pero vayamos aún más atrás. “Vengo a proponerles un sueño”, dijo Néstor Kirchner ante la Asamblea Legislativa, tras asumir como presidente, el 25 de mayo de 2003. Trece años después, y luego de tres gobiernos kirchneristas consecutivos, el nuevo mandatario Mauricio Macri, ante la misma Asamblea Legislativa, utilizó una frase llamativa: “Vengo a proponerles una hoja de ruta”. ¿Qué sucedió en los casi trece años que pasaron bajo el puente? La metáfora se debe a lo que tanto el nuevo gobierno como los grandes medios denominaron la pesada herencia.

Cambiemos propuso empezar de cero y romper con lo que consideraba un despilfarro. Entonces, propuso dos cosas: achicar el Estado, que se tradujo en una retirada frente al avance del mercado, y desideologizar el discurso público, aunque es evidente que definirse sin ideología es una forma de manifestarla. En 2008, la sociedad argentina se polarizó rotundamente con la llamada Resolución 125 que establecía un sistema móvil para las retenciones impositivas, no solo al trigo y al maíz, sino también al oro verde de la época: la soja. La respuesta del sector agropecuario fue lo que se conoce como lock out o paro patronal. Los cuatro jinetes de la producción agroganadera argentina (la Sociedad Rural Argentina, las Confederaciones Rurales Argentinas, el Coninagro y la Federación Agraria Argentina) arremetieron fuerte en la disputa contra el gobierno. Los grandes medios de prensa gráfica, particularmente Clarín y La Nación, se posicionaron en contra de la medida estatal durante los 128 días que duró el conflicto. Un dato de color: ambos medios, desde 2006, son los propietarios de Expoagro, la muestra agropecuaria a campo abierto más grande del mundo. Así fue el clima de época y a partir de esa puja es que se entiende mejor todo lo que vino después.

Y si bien los usuarios consumen con voracidad, han dejado de leer con la convicción de que aquello que dice el medio es verdad. En algún punto, podría pensarse como algo positivo, sin embargo, ocurre todo lo contrario: al descreer del medio debido a que posiblemente lo que informe esté cargado de una perspectiva editorial distorsiva, se cae en un relativismo absoluto.

Si el 2008 había sido tumultuoso en términos de polarización, al año siguiente llegó el debate por la radiodifusión. Basada en una propuesta que había sido presentada por la Coalición por una Radiodifusión Democrática, la ley de medios fue discutida durante todo el 2009 en 24 foros de todo el país. El objetivo era distribuir equitativamente las licencias en el espectro audiovisual, que por entonces se encontraba muy concentrado. La ley tuvo que esperar y el 10 de octubre de 2011 fue promulgada en reemplazo de la Ley de Radiodifusión 22.285 de 1980 sancionada por la dictadura cívico-militar. La disputa entre el Estado y el Grupo Clarín —el más grande y el más influyente del país— volvió a tajear la sociedad. En ese contexto, la discusión por la objetividad periodística y la tensión entre Estado y mercado en términos de comunicación salió de las universidades y los espacios especializados para debatirse en toda la sociedad civil. Entre los puntos conceptuales que la ley planteaba estaba la partición del espectro en tres sectores: el público, el privado y un tercero que tenía que ver con las organizaciones sin fines de lucro, los medios alternativos, los comunitarios, los ajenos a la bajada de línea empresarial y a los caprichos del gobierno de turno, un sector fundamental para escaparse, al menos un poco, del callejón sin salida de la polarización. Este sector fue ninguneado y parte de ese ninguneo explica la poca aplicabilidad de la ley. Tampoco tuvieron suerte en el financiamiento estatal. Si durante el kirchnerismo el 9 % de estos medios accedió a la pauta oficial de la nación —así lo señala un informe de la Red Investigación en Comunicación Comunitaria, Alternativa y Participativa de noviembre de 2019—, Cambiemos disminuyó el número a 2,1 %.

El debate por la comunicación continuó durante el gobierno de Cristina Kirchner y la política de medios tuvo al Estado como un actor presente, apoyando con pauta a empresas informativas privadas afines y creando contenido propio desde las alas públicas. Cuando Mauricio Macri llegó al poder cortó con esa política y, sumado al vaciamiento de los empresarios dueños de estos medios —el caso paradigmático es el del Grupo Veintitrés—, un centenar de trabajadores de prensa quedaron en la calle. Así se produjo una reducción notable de puestos de trabajo dentro del periodismo. En su afán por barrer con todo ese tinte oficialista que caracterizó a muchos medios durante el kirchnerismo, Cambiemos eliminó toda discusión posible en torno a la comunicación. Los grandes medios, agradecidos, lo blindaron hasta que el desastre económico fue insostenible. El ajuste durante el gobierno de Mauricio Macri se explica en un contexto que excede a la comunicación: el mercado laboral se reconvirtió y produjo nuevas ofertas como el auge de las plataformas —Rappi, PedidosYa, Glovo, Uber y Cabify, entre otras— que proponen independencia laboral, por un lado, y legislación mínima, por el otro. En el periodismo esta tendencia tiene lugar en lo que se llama trabajo freelance: trabajadores externos o “colaboradores” que aumentan a medida que las redacciones se achican. Son monotributistas que trabajan desde sus casas enviando sumarios y escribiendo notas sin siquiera pisar la redacción. Un informe del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA) del 30 de septiembre de 2019 confirmaba que el 94 % de los trabajadores freelance cobraba por debajo de la línea de pobreza. De pronto, vivir del periodismo se convirtió en un “privilegio” y el Ministerio de Trabajo, donde se discutían las disputas gremiales, pasó a ser una secretaría mediante una gran reorganización ministerial. Mientras los funcionarios prometían “modernizar” la comunicación y garantizar la seguridad jurídica para dar lugar a las inversiones extranjeras, el periodismo tambaleaba en medio de las políticas de ajuste.

Para muchos, los peores años para el periodismo desde la vuelta a la democracia fueron los de Macri. Lo dijo Fernando “Tato” Dondero, secretario general del SIPREBA, en el acto de cierre de año, diciembre de 2019. Lo dicen también los trabajadores de Télam, la agencia de noticias y publicidad del Estado que en julio de 2018 recibió una reducción histórica de su planta: Hernán Lombardi, titular del Sistema de Medios y Contenidos Públicos, despidió a 357 empleados, el 40 % de la totalidad de la planta. El pretexto del desguace estuvo en la línea del discurso gubernamental: achicar el Estado y romper todo lo que tenga que ver con el kirchnerismo. Aquella embestida fue el gran mascarón de proa de Cambiemos frente a los trabajadores de prensa. Así se vivió desde la organización sindical. Los dos edificios donde funciona Télam fueron tomados por sus trabajadores y las movilizaciones de todo el gremio proliferaron en búsqueda de una respuesta. Esa respuesta llegó, o al menos empezó a llegar, en julio de 2019, cuando la Justicia avaló un dictamen que ordenó la reincorporación de la totalidad de los despedidos, así como también el proceso de investigación sobre el directorio.

Durante la gestión Cambiemos, el Grupo Clarín despidió 380 trabajadores de su planta impresora AGR —con toma, desalojo y represión de la Policía Federal incluidos—, cerró su histórica agencia de noticias DyN, así como también desvinculó a varios periodistas de su redacción central y del diario Olé. No parece alcanzar con la protección legal del Convenio de Prensa Escrita y Oral, el Estatuto del Periodista Profesional ni la Ley de Contrato de Trabajo. La precarización se aplicó igual. Lo paradójico está en algo que marcó Tomás Eliaschev en No nos callan nunca más: existe un cerrojo que impide que se sepa lo que sucede dentro de los medios. El hermetismo empresarial se potencia cuando los conflictos ocurren dentro de las empresas que se encargan de informar. Los años de Cambiemos también serán recordados por la actitud pasiva, casi cómplice, de las centrales obreras. El galope sostenido de la inflación no encontró resistencia en la negociación paritaria, siempre firmada a la baja, sobre todo cuando muchos sindicatos terminaron funcionando como una burocracia. Es el caso de la UTPBA (Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires), que tiene la personería jurídica para negociar con las cámaras empresariales y el Estado los aumentos anuales. De enero de 2016 a diciembre de 2019, los trabajadores de prensa perdieron un 35,6 % del salario. A veces, solo los números pueden reflejar la magnitud de un proceso. Según la consultora Radar, durante la presidencia de Mauricio Macri cerraron 149.131 empresas, una cifra que recuerda a la crisis del 2001.

¿Qué lugar ocupó el periodismo en los últimos años? El descreimiento en los medios de comunicación no es algo nuevo. Es un proceso que se da a nivel mundial y que se explica a partir de varios factores. El principal, internet. No solo porque habilita una sobredosis visual indiferenciada, como dice Esteban Ierardo en La sociedad de la excitación, donde el consumo de noticias deja de ser “el cultivo de una actitud más inquisitiva, analítica y crítica”, sino también porque los medios, sobre todos los que respetan minuciosamente las reglas que imponen las mismas redes, se suben al tren de la polarización. El resultado, sin dudas, es efectivo: visitas. Los mecanismos como la constante editorialización de cualquier acontecimiento relevante lo demuestran. Y si bien los usuarios consumen con voracidad, han dejado de leer con la convicción de que aquello que dice el medio es verdad. En algún punto, podría pensarse como algo positivo, sin embargo, ocurre todo lo contrario: al descreer del medio debido a que posiblemente lo que informe esté cargado de una perspectiva editorial distorsiva, se cae en un relativismo absoluto. De pronto, un debate fundamental como podría ser una reforma judicial termina quedando tapado por una serie de chicanas, descalificaciones ad hominem y mensajes para la tribuna que clausuran todo intercambio inteligente. 

¿Qué lugar ocupó el periodismo en los últimos años? El descreimiento en los medios de comunicación no es algo nuevo. Es un proceso que se da a nivel mundial y que se explica a partir de varios factores.

Sin embargo, el panorama también ha contado con retazos de una resistencia interesante a ese ruido de época, como, por nombrar solo dos, los medios comunitarios que trabajan sobre el territorio y por fuera del sentido común —Marx decía que el sentido común de una época es el sentido común de su clase dominante— y el fotoperiodismo que ha logrado capturar, con la fuerza de la imagen, postales icónicas de la era Macri. Una de ellas fue durante la represión de diciembre de 2017, cuando una enorme multitud organizada se manifestó frente al Congreso para exigir que no se apruebe la reforma previsional. Un señor mayor levanta las manos mientras varios policías en moto le apuntan con sus armas en la vereda del Museo Parlamentario del Senado de la Nación, sobre la calle Hipólito Yrigoyen, frente a la Plaza del Congreso. La foto, grisácea por el gas lacrimógeno de esa tarde brutal, es de Germán Romeo Pena. Durante esa misma jornada, el 14 de diciembre de 2017, el fotógrafo Pablo Piovano recibió trece balas de goma en el cuerpo. Las imágenes lo muestran con una camisa blanca, rota y llena de sangre. Junto con el achique del Estado y la desideologización del debate público, la tercera pata del gobierno de Cambiemos fue, sin dudas, la represión, algo que tampoco faltó durante el kirchnerismo aunque en este caso se trató de una política mucho más explícita del Estado.

La mediatización de la política no es solamente la presencia casi vitalicia de muchos dirigentes en los medios y su construcción de poder a partir de la visibilización a través de las pantallas, también se trata de cómo el periodismo espectaculariza los debates públicos. No es algo nuevo, pero con internet el proceso se ha acelerado y se ha inclinado a saciar eso que Ierardo llama consumo inmóvil. Si hay una sobreoferta de imágenes que pasan y pasan, casi todas iguales, o al menos así se las percibe, frente a los ojos del usuario de redes sociales, ¿cómo sobresalir? Es ahí donde aparece renovada la vieja estrategia de provocación que engorda el negocio de la polarización. Una performance sobreactuada que reduce el mundo a dos posturas en apariencia radicalmente contrapuestas. El arte de la política, el arte de la comunicación, encontrar acuerdos, construir consensos, incluso articular argumentaciones inteligentes, se ve imposibilitado y por momentos se deshace en el aire. Pero, ¿la polarización es producto de la lógica que imponen las redes sociales o, por el contrario, la atmósfera que se respira en las redes y el modo en que se comportan los usuarios están determinados por los tiempos de la política y los medios de comunicación tradicionales? No hay dudas de que existe una retroalimentación, sin embargo, es necesario quitarle el manto de la objetividad a internet, como si se tratara de una cosa inerte. No lo es en absoluto y los resultados están a la vista. 

EL BAILE SIN FIN

Con la asunción de Alberto Fernández en diciembre de 2019 se sembró la posibilidad de empezar a revertir las condiciones laborales en los medios. Hasta que llegó la pandemia. La historia es global, con lo cual nadie fue ajeno a la parálisis de la economía debido a las medidas restrictivas para evitar que se propague el contagio del coronavirus. Y si bien el periodismo fue declarado actividad esencial, los salarios siguieron congelados y la producción no bajó en absoluto, por el contrario, con la ciudadanía encerrada en su casa, se generaron récords de audiencia en los medios digitales que acentuaron las exigencias a sus empleados. Otra encuesta del SIPREBA de junio de 2020 afirmaba que dos de cada tres trabajadores de prensa tenían un sueldo por debajo de la Canasta Total que determina el INDEC.

Sin paritarias a la vista, los primeros aumentos salariales recibidos durante el año 2020 se dieron a partir de dos decretos presidenciales para todas las actividades, no solo las periodísticas. Además, parte de los salarios que los grandes medios de prensa escrita pagaron a sus empleados fueron otorgados por el mismo Estado a partir del programa ATP (Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción), que le facilitó a muchísimas empresas que aseguraban no poder solventar los gastos, y cumplían con los requisitos requeridos, obtener un subsidio. Aunque vale aclarar que algunos de los medios que accedieron al subsidio terminaron abonando los salarios en cuotas. Y si bien el Estado intervino con otro decreto que prohibía los despidos, los hubo, incluso algunos medios terminaron cerrando. “Así como no nos hacen socios en las ganancias, no nos parece que nos hagan socios en las pérdidas”, dijo Francisco Rabini, delegado sindical en Clarín. Una de las grandes preguntas en la pandemia fue la misma que surge durante las reiteradas crisis del capitalismo: ¿por qué los trabajadores son los que terminan pagándola? El proyecto del impuesto a las grandes fortunas presentado por el oficialismo en términos de “aporte solidario” y por única vez, una especie de respuesta al mencionado interrogante, tuvo el tinte polarizador que se esperaba y que primó durante toda la pandemia. 

Aunque esa polarización no siempre se mantuvo encorsetada en el bipartidismo de los dos grandes espacios de la política argentina —el Frente de Todos y Juntos por el Cambio— sino que en ciertas instancias, cuando los debates tuvieron una profundidad más estructural, se cristalizaron en un bosquejo de lucha de clases. Un buen ejemplo es la toma de tierras. Ante el aumento de la pobreza producto de la parálisis económica, miles de familias organizadas ocuparon terrenos ociosos. La visibilización del fenómeno puso sobre la mesa el grave problema habitacional que tiene la Argentina. Frente a este asunto, el oficialismo, que suele representar en la polarización con Juntos por el Cambio y gran parte de los medios hegemónicos el casillero de progresista, presentó fracciones internas donde algunos referentes pedían políticas públicas para resolver el problema de fondo mientras que muchos otros insistían en la mirada punitivista frente al delito de la usurpación.

La contracara del aislamiento en medio de la pandemia fue el notable incremento del consumo digital al que muchas de las actividades tuvieron que adaptarse. Esta situación sacó a la luz la brecha digital existente y la implicancia de esa desigualdad cultural en ámbitos clave como la educación.

La contracara del aislamiento en medio de la pandemia fue el notable incremento del consumo digital al que muchas de las actividades tuvieron que adaptarse. Esta situación sacó a la luz la brecha digital existente y la implicancia de esa desigualdad cultural en ámbitos clave como la educación. En paralelo, el gobierno declaró como servicios públicos esenciales a internet, la televisión por cable y la telefonía fija y móvil, y congeló los precios hasta fin de año, dando lugar a un nuevo capítulo de la guerra contra el Grupo Clarín.

El periodismo es un actor clave en ese caudal informativo que pasa por la red, pero el aumento de la audiencia no se transformó en mejoras laborales. El proceso de reducción de puestos de trabajo y precarización laboral de los últimos años se dio en un contexto de estabilización en la migración de los medios tradicionales al universo digital y de popularización del consumo de redes sociales. Hubo quienes diagnosticaron que internet, al abrir el abanico de quienes pueden expresarse, pondría un fin al poder de los grandes medios para influir en la agenda pública. Sin embargo, nada de eso pasó y la relación entre medios e internet no ha modificado esa incidencia en la coyuntura política y el enorme poder del lobby. Esto, sumado al avance de las corporaciones de extracción de datos, la poca regulación del Estado en materia digital y la precarización laboral creciente le dieron vía libre a la lógica de la inmediatez y la hiperconexión para que domine no solo el negocio periodístico, sino también la cotidianeidad de los ciudadanos, los internautas, los navegantes, los lectores. Así, la sobreinformación empezó a formar parte de la vida de cualquier trabajador que, tras escuchar el sonido de la alarma rompiendo el silencio de la mañana, estira la mano, agarra el teléfono y se pone a bailar al compás del clic. Un baile que no parece tener final.

Gentileza: La Vanguardia Digital

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