El científico que trata su propia tartamudez con estimulación eléctrica

Los ensayos sugieren que las corrientes pequeñas ayudan a la fluidez, pero no está claro cuánto duran los beneficios

Julio Prieto Montalvo (izquierda) y un colega tratan a una persona que tartamudea con estimulación cerebral no invasiva.
GREGORIO MARAN̄ÓN UNIVERSITY GENERAL HOSPITAL

Cuando Guillermo Mejías Martínez tenía 7 años, sus padres lo enviaron a comprar pan durante unas vacaciones familiares en el sur de España. Mejías todavía recuerda su creciente ansiedad mientras caminaba hacia la panadería, repitiendo lo que diría una y otra vez en su cabeza. Pero cuando llegó el momento, no pudo pronunciar una sola palabra. Recuerda haber regresado con las manos vacías, avergonzado y sin saber qué decirles a sus padres. “Estaba tan tenso que sin darme cuenta me mordía las mejillas y la lengua y me sangraba la boca”, cuenta. Mejías Martínez todavía tartamudea, pero hoy, como investigador del cerebro en la Universidad Complutense de Madrid, investiga formas de tratar el problema.

Él es parte de un grupo creciente de investigadores que han puesto sus esperanzas en la estimulación cerebral no invasiva, un conjunto de técnicas que aplican pequeñas corrientes eléctricas a regiones específicas del cerebro. Hace unos años, Mejías Martínez probó una técnica de este tipo en un experimento único que redujo temporalmente la frecuencia de su tartamudeo, afirma. Algunos ensayos aleatorios, incluido uno publicado este mes en el Journal of Fluency Disorders, también sugieren que la estimulación cerebral puede beneficiar a las personas que tartamudean. “Creo que la estimulación cerebral es el futuro”, auspicia Mejias Martínez, titular del Departamento de Teorías y Análisis de la Comunicación de la universidad madrileña.

No todos están de acuerdo. Ningún estudio aún ha informado efectos que duren meses después del tratamiento, y mucho menos años. Y la evidencia anecdótica sugiere que los ensayos de tratamientos para la tartamudez son susceptibles al efecto placebo, lo que significa que, solo por estar en el ensayo, los participantes pueden ver efectos positivos que no se deben al tratamiento. Se cree que alrededor del 1 % de la población adulta del mundo (unos 70 millones de personas) tartamudea, lo que puede afectar la calidad de vida y causar angustia social y estigma. Pero sus causas aún son poco conocidas.

El único tratamiento disponible, la terapia del habla, puede mejorar la fluidez hasta cierto punto y ayudar a evitar los efectos secundarios de la tartamudez, como los movimientos involuntarios y los tics. Pero su tasa de éxito es limitada en adultos y no aborda la raíz del problema, dice Mejías: “Tratar la tartamudez con terapia del habla es similar a tratar la enfermedad de Parkinson con fisioterapia”.

Sin embargo, la estimulación cerebral no invasiva estimula o inhibe directamente las neuronas en regiones específicas del cerebro en un esfuerzo por remodelar los circuitos de las células interconectadas. Ya ha demostrado beneficios para la depresión, particularmente en personas resistentes a los tratamientos con medicamentos, y en la rehabilitación de accidentes cerebrovasculares, donde puede ayudar a mejorar el movimiento y el habla.

Guillermo Mejías MArtínez, sometiéndose a estimulación magnética transcraneal. SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

Mejías Martínez y otros prueban sus efectos en la tartamudez usando varias técnicas para aplicar estimulación eléctrica a los circuitos involucrados en el habla. A continuación, los participantes pueden realizar una tarea que active esas mismas regiones nuevamente, como leer un texto al unísono con otra persona o con un metrónomo, lo que muchas personas que tartamudean pueden hacer con cierto grado de fluidez. La hipótesis es que realizar estas tareas después de la estimulación puede ayudar a remodelar los circuitos problemáticos. Aunque las corrientes eléctricas pueden causar una ligera molestia, la estimulación cerebral no invasiva se considera segura.

Para su doctorado, Mejías Martínez investigó los efectos de una técnica llamada estimulación magnética transcraneal (TMS), en la que se aplica un campo magnético a través de una pequeña bobina colocada en la cabeza del participante, induciendo una pequeña corriente eléctrica en el cerebro. La bobina tiene solo unos pocos milímetros de ancho, lo que permite que la estimulación se dirija a áreas precisas del cerebro.

Mejías Martínez se centró en el área motora suplementaria, una región de la corteza cerebral involucrada en el control del movimiento que muestra un funcionamiento anormal en las personas que tartamudean. Debido a que el estudio fue en gran parte exploratorio, y para evitar la burocracia de un ensayo más grande, Mejías Martínez decidió probar TMS en sí mismo. En un breve artículo publicado en 2019, informó que el tratamiento redujo los bloqueos y las repeticiones en su discurso en un 30 %. “Sentí una mejora progresiva, que también me ayudó a aumentar mi confianza”, afirma. “Los efectos fueron evidentes durante algunas semanas, pero no los monitoreamos constantemente, así que no sé exactamente cuánto tiempo duraron”.

Kate Watkins

Kate Watkins, profesora de neurociencia cognitiva de la Universidad de Oxford, fue la primera en tratar a las personas que tartamudean con otra técnica llamada estimulación de corriente directa transcraneal (tDCS), que pasa una corriente eléctrica de un lado del cerebro al otro. Debido a que los electrodos utilizados en tDCS son relativamente grandes, los investigadores tienen menos control sobre dónde ocurre la estimulación que con TMS, pero el equipo requerido es mucho más simple y económico. “Si funciona, es algo que los patólogos del habla y el lenguaje pueden usar de manera muy fácil y segura”, dice Watkins. Otro beneficio: a menudo causa menos molestias que la TMS.

En un ensayo aleatorizado, doble ciego con 30 participantes publicado en 2018, Watkins y sus colegas aplicaron corrientes continuas durante 20 minutos durante cinco días consecutivos. Su objetivo era estimular la corteza frontal inferior izquierda, una región del cerebro involucrada en el procesamiento del lenguaje y el habla que muestra una actividad reducida en las personas que tartamudean. Para controlar el efecto placebo, la mitad de los participantes recibieron una estimulación simulada con una corriente minúscula, suficiente para que sintieran algo, pero demasiado débil para inducir un efecto.

El beneficio fue estadísticamente significativo, pero modesto: después de 1 semana, los participantes que recibieron la estimulación cerebral tartamudearon el 8 % de sus sílabas, frente al 11 % inicial, sin cambios detectables en el grupo de control.

En un estudio publicado este mes, realizado por investigadores en Irán, Alemania y Canadá, que involucró a 50 participantes y fue similar tanto en diseño como en resultados, el tartamudeo de sílabas disminuyó del 8,5 % al 5,4 % después de la estimulación. “Los resultados de mejoría son evidentes y similares en ambos”, afirma Julio Prieto Montalvo, jefe del Servicio de Neurofisiología Clínica del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid, que también estudia la tartamudez y ha colaborado con Mejías Martínez.

Desde mi punto de vista, ambos tienen las mismas limitaciones”, añade: pocas sesiones de tratamiento y un período de seguimiento corto, por lo que es imposible saber si los efectos duran.

Prieto Montalvo dice que el campo se beneficiaría de protocolos más estandarizados. Al igual que muchos estudios de estimulación cerebral no invasiva, los experimentos de tartamudeo varían en diseño y equipo. Los ensayos también se enfocan en diferentes regiones del cerebro y usan corrientes de diferente intensidad y duración. “Y luego también hay factores que no puedes controlar, como las diferencias de sexo, el estado de alerta del participante e incluso las variaciones genéticas”, dice Prieto Montalvo.

Varios estudios sugieren que existe una gran variabilidad en las respuestas a la estimulación cerebral entre individuos. Dennis Drayna, un genetista emérito de los Institutos Nacionales de la Salud de EE. UU. que trabaja con la tartamudez, dice que el escepticismo está bien. “Se han probado docenas de tratamientos diferentes para la tartamudez, a menudo con un éxito inicial espectacular”, dice. “Ninguno de estos ha durado”.

Los investigadores de estimulación cerebral esperan persuadir a los escépticos. Mejías Martínez está buscando financiamiento para expandir su autoexperimento a un estudio más grande. Watkins y su equipo planean probar otro tipo de estimulación eléctrica llamada estimulación de corriente alterna transcraneal, en la que la amplitud de la corriente no es fija sino que oscila. “Imita los ritmos cerebrales naturales”, dice Birtan Demirel, investigadora del laboratorio de Watkins que también tartamudea.

Mejías es optimista sobre el tratamiento de la tartamudez desde sus raíces. “El cerebro solía ser algo casi mítico, nadie sabía cómo funcionaba. Ahora, estamos empezando a entenderlo y en el futuro podremos modificarlo”.

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