Asteroides: la verdad tras la ciencia ficción

Científicos y científicas del CONICET resaltan la importancia de difundir información confiable y no alarmista sobre el impacto de estos cuerpos sobre la Tierra.

Un cometa con cola así se ve el recorrido de los asteroides en el cielo.

Grandes, medianos, pequeños, cercanos o lejanos, amenazantes o invisibles a los telescopios, con órbitas estables o caóticas. Todos los asteroides, sin importar la combinación de características que reúnan, son significativos y hay que prestarles atención, más aún cada 30 de junio, fecha en que se conmemora el Día Internacional de los Asteroides, establecido en 2016 por las Naciones Unidas para recordar la importancia de su estudio y la toma de conciencia sobre su existencia. Se trata de residuos de la formación del Sistema Solar que deambulan por el espacio. Tienen formas y tamaños irregulares y pueden ser de composición metálica, rocosa o incluso contener hielos. Los hay de tipo monolítico, es decir como una roca maciza, o formados por acumulación de escombros. La mayoría de ellos se encuentra entre las órbitas de Marte y Júpiter, en un sector llamado cinturón de asteroides, donde se calcula que hay más de un millón, de los cuales casi seiscientos mil se conocen y están designados con nombre y número.

De este grupo, indica Mercedes Benialgo desde el CONICET, los más interesantes son los denominados “NEOs” (sigla en inglés para objetos cercanos a la Tierra), actualmente unos treinta mil que se monitorean permanentemente. “Los fundamentales son aquellos que tienen un tamaño superior a un kilómetro de diámetro, porque su impacto podría causar un desastre apocalíptico, y actualmente hay contabilizados ochocientos cincuenta, que se cree es casi el total existente”, explica Romina Di Sisto, investigadora del CONICET en Instituto de Astrofísica de La Plata (IALP, CONICET-UNLP). Pero la mayor preocupación no son estos gigantes espaciales, sino los otros miles de asteroides que, con volúmenes mucho menores, son difíciles o incluso imposibles de detectar, y por eso no pueden ser predichos ni controlados. De hecho, el responsable histórico de la efeméride fue un cuerpo cuya dimensión se calcula en poco más de cincuenta metros que se desintegró en la atmósfera baja a pocos kilómetros del suelo y devastó un área de más de dos mil kilómetros cuadrados en Tunguska, Rusia, el 30 de junio de 1908.

Como todo cuerpo flotando en el Universo, los asteroides se mueven siguiendo una órbita, aunque no necesariamente tiene que ser una elipse perfecta, uniforme y continua. “Al haber planetas, satélites y otros objetos, la acción gravitatoria de cada uno afecta la órbita de los asteroides modificándola, a veces cambiando las trayectorias y volviéndolas caóticas”, señala Patricio Zain, becario del CONICET en el IALP. Cuando la órbita de un asteroide se acerca a menos de veinte distancias lunares –equivalentes a casi ocho millones de kilómetros–, pasa a ser considerado potencialmente peligroso. “Si además de esa aproximación, tienen un tamaño superior a ciento cuarenta metros, mayor es el interés que despiertan en la comunidad astronómica mundial, porque su impacto sobre el planeta generaría no solo un aplastamiento descomunal, que sería el cráter, sino miles de kilómetros a la redonda de destrucción total”, añade el experto.

¿Y cómo se controlan? Todo comienza con la detección: esto se hace a lo largo de muchas noches de observación de una misma región del cielo para determinar puntos que se muevan entre las estrellas de fondo. Una vez que se reporta algo que cambia de posición, se lo debe confirmar con sucesivas observaciones independientes. El paso siguiente es determinar  la órbita, “que de ninguna manera sucede como en la película «Don’t look up», todo en un mismo día y a manos de un solo equipo de investigación”, bromea Zain, y continúa: “Es un cálculo que necesita muchas deducciones de la posición y velocidad obtenidas con diferentes instrumentos para alcanzar la mayor precisión posible”. Con esta información, comienzan a hacerse simulaciones de la evolución de esa órbita, que son predicciones de su comportamiento futuro para ver las posibilidades de un eventual choque con la Tierra. “El riesgo se elimina o reduce recién cuando ninguna de las numerosas simulaciones realizadas muestra un impacto, por ejemplo, en los próximos cien años”, apunta el becario.

La realidad es que, fuera de estos monstruos destructores como el de la película, hay asteroides impactando todo el tiempo sobre el planeta. “Cada estrella fugaz es uno pequeño que pasó inadvertido y que logró atravesar la atmósfera. A veces, por el tamaño y la manera en que ingresan, alcanzan la superficie ya como meteoritos. En ocasiones, se desintegran en la atmósfera, pero ese proceso puede ser lo suficientemente violento y cercano a la superficie como para tener consecuencias muy violentas para las zonas y poblaciones cercanas”, describe Marcela Cañada Assandri, investigadora del CONICET en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ). Es así que se vuelve fundamental el desarrollo de programas de observación sofisticados y de estrategias de intervención por parte de las naciones con mayor capacidad de inversión en este terreno. “No se espera que este tema sea una prioridad en países con otras cuestiones a resolver, pero la concientización social siempre sirve y es muy necesaria”, enfatiza la profesional.

Los especialistas hacen referencia al pánico que suelen despertar las noticias sobre un asteroide que podría impactar a futuro en la Tierra, y coinciden en la importancia de fechas como la de hoy para difundir información de manera responsable y con la idea de crear espíritu crítico. “La mayoría de los asteroides que salen en los medios no nos van a causar ningún problema porque pasan muy lejos o en una escala de tiempo mucho mayor a la vida humana. Está bien que a la gente le llame la atención y quiera leer los diarios, pero que lo haga sin alarmarse, poniendo en contexto todo lo que trasciende. Hay que ocuparse antes que preocuparse, sabiendo que efectivamente pueden y van a ocurrir impactos, pero es necesario acercar el conocimiento de estos fenómenos a la comunidad de manera más amable”, afirma Cañada Assandri. “Además –añade Zain–, empieza a suceder que muchas personas dejan de tomar el tema en serio por culpa de esos anuncios irresponsables: otro apocalipsis que no vino. Y eso es un efecto contraproducente”.

El caso del asteroide Apophis es un antecedente que ilustra la trascendencia de los programas de observación: detectado en 2004, los primeros datos aseguraban que este cuerpo de unos trescientos cincuenta metros de diámetro tenía altísimas chances –uno en treinta y ocho, para ser exactos– de chocar con la Tierra en 2029. En el transcurso de una semana, y con la suma de múltiples observaciones y cálculos, esa eventualidad se redujo casi a cero. “Hoy sabemos que ese año va a pasar a treinta y cinco mil kilómetros de distancia, con lo cual su aparición pasó de ser una catástrofe segura a una oportunidad única en la historia para estudiarlo”, explica Di Sisto, y continúa: “No solo para conocer más de él como objeto, sino para la investigación acerca de la formación del Sistema Solar, ya que estos cuerpos nos brindan detalles prístinos sobre la composición de la nube planetaria de que la que nos formamos”. Bajo proyectos mucho más ambiciosos, los asteroides conocidos y con trayectorias confiables dan la posibilidad de ensayar posibles estrategias de mitigación que por ahora están solo descriptas a nivel teórico.

El año pasado, por caso, la NASA lanzó una misión llamada DART (sigla en inglés para prueba de redireccionamiento de asteroide doble) por el cual se intentará aplicar una serie de impactos a alta velocidad a un asteroide de poco más de cien metros de diámetro que orbita alrededor de otro mucho más grande, con la idea de virar su trayectoria. “Es un experimento práctico de defensa planetaria, para ver si eventualmente esto podría ser una estrategia de intervención frente a otro que suponga una amenaza real. Las maniobras pueden incluir intentar destruirlo, explotarlo, desviar su órbita, entre otras. Lo complejo es, precisamente, poder ensayarlas”, relata Zain. Sin llegar a acciones tan de avanzada, la tarea de los grupos científicos alrededor del mundo es esencial en muchos otros órdenes. “Nosotros no podemos mandar una sonda al espacio, pero hacemos un gran aporte con nuestras investigaciones y trabajos tanto teóricos como observacionales y computacionales para determinar la composición, origen, dinámica y evolución futura de los asteroides, y eso también supone un gran esfuerzo a nivel país”, dicen para concluir.

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