El Fondo Monetario Internacional volvió a darle oxígeno financiero al gobierno de Milei. Esta semana, el directorio del organismo aprobó la revisión del acuerdo firmado con la Argentina y habilitó un nuevo desembolso de US$1.000 millones, un respaldo político y económico que el oficialismo celebró como una señal de confianza internacional. Pero detrás del festejo reaparece una vieja historia argentina: más deuda, más condicionamientos y una dependencia creciente de organismos financieros externos.
Por Celina Fraticiangi para NLI

La escena tiene un protagonista conocido. Luis Caputo, actual ministro de Economía, no solo fue uno de los arquitectos del megaendeudamiento durante el gobierno de Mauricio Macri, sino también el funcionario que negoció el préstamo récord de US$57.000 millones con el FMI en 2018, el más grande en la historia del organismo. Ahora, bajo la administración de Milei, vuelve a recurrir al Fondo como sostén central de un modelo económico que necesita dólares constantes para evitar tensiones cambiarias y sostener el esquema financiero.
El problema es que el nuevo desembolso no llega en un contexto de expansión económica ni de crecimiento productivo. Llega en medio de una economía golpeada por la recesión, caída del consumo, derrumbe industrial y pérdida del poder adquisitivo. El Gobierno exhibe como logro el superávit fiscal, pero buena parte de ese equilibrio se consiguió mediante un ajuste brutal sobre jubilaciones, salarios públicos, obra pública y transferencias a las provincias. Mientras tanto, la deuda sigue creciendo.
El modelo financiero detrás del “éxito”
El discurso oficial insiste en que la Argentina “volvió al mundo” y recuperó credibilidad ante los mercados. Sin embargo, el mecanismo que sostiene hoy al programa económico depende cada vez más de préstamos externos y de la llegada de dólares financieros. El FMI funciona, en los hechos, como garante político del plan de Milei y Caputo.
La lógica no es nueva. Entre 2016 y 2018, durante la gestión macrista, Caputo lideró una política de endeudamiento acelerado que convirtió a la Argentina en uno de los países emergentes que más deuda tomó en el planeta. Aquella experiencia terminó con una corrida cambiaria, fuga de capitales y el rescate histórico del FMI.
Ahora, el esquema parece repetir patrones conocidos. El Gobierno necesita sostener reservas, contener el dólar y transmitir estabilidad financiera para evitar que se desmorone el programa económico. Para eso, recurre nuevamente al endeudamiento externo mientras promete que, esta vez, el resultado será distinto.
Pero los números empiezan a mostrar tensiones. El propio modelo requiere tasas altas, intervención cambiaria y colocación permanente de deuda para sostenerse. Economistas críticos advierten que el superávit fiscal pierde fuerza si se observan los crecientes compromisos financieros y el peso de los intereses futuros.
Un respaldo político para Milei
La aprobación del FMI también tiene una lectura geopolítica. El organismo decidió sostener a Milei pese al deterioro social y económico que muestran distintos indicadores. El apoyo excede lo estrictamente técnico: implica un respaldo político al experimento ultraliberal que impulsa la Casa Rosada.
En ese marco, el nuevo desembolso aparece como una señal hacia los mercados internacionales de que el Fondo seguirá acompañando al Gobierno argentino aun en un contexto delicado. El problema es que cada dólar que ingresa como préstamo implica futuras obligaciones de pago, nuevas revisiones y mayores condicionamientos sobre la política económica nacional.
La experiencia reciente argentina demuestra que los ciclos de endeudamiento acelerado suelen terminar en crisis. Y en el centro de ambos procesos aparece el mismo apellido: Caputo.
Mientras Milei insiste en presentar el ajuste como el único camino posible, crece la preocupación por el costo social del modelo y por la fragilidad de una economía que necesita endeudarse de manera permanente para sostener cierta estabilidad financiera. El Gobierno celebra cada desembolso como una victoria, pero para amplios sectores de la sociedad la pregunta sigue siendo la misma: cuánto tiempo puede sostenerse un país que vive tomando deuda para pagar deuda.
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El FMI «invirtió» una nueva cuota en una clara «cuota» de intencionalidad geopolítica de dominación sobre el territorio de la Argentina. Así, fragmentando al país en favor de potencias extranjeras, corporaciones u organismos internacionales, definitivamente dejaremos de hablar de Patria. Esto es así y no de otra manera.
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