La FIFA rompió su propia regla: cuando el Mundial deja de decidirse solamente en la cancha

La decisión de levantar la suspensión de Folarin Balogun después de la intervención de Donald Trump no constituye únicamente un episodio polémico del Mundial 2026, sino que representa un golpe de enorme magnitud contra la credibilidad institucional de la FIFA. Cuando el organismo que durante décadas proclamó la autonomía del fútbol frente al poder político modifica una sanción disciplinaria en circunstancias tan extraordinarias, el verdadero perjudicado deja de ser un seleccionado y pasa a ser el propio principio de igualdad que sostiene a la competencia.

Por Roque Pérez para NLI

Hay decisiones que trascienden ampliamente el resultado de un partido y terminan definiendo la imagen de una competencia entera. Lo ocurrido con el delantero estadounidense Folarin Balogun pertenece a esa categoría porque, más allá de las interpretaciones reglamentarias que puedan esgrimirse para justificar el levantamiento de su suspensión, la sucesión de los acontecimientos deja una sensación difícil de revertir: la de una FIFA que vuelve a mostrarse permeable a las presiones del poder político precisamente en el torneo más importante de su calendario y, paradójicamente, en el país que concentra buena parte de ese poder.

Durante décadas, la dirigencia del fútbol internacional construyó un discurso basado en la independencia de sus decisiones. Ese principio fue utilizado para justificar sanciones contra federaciones cuyos gobiernos intervinieron en cuestiones deportivas, para exigir autonomía institucional a las asociaciones nacionales e incluso para amenazar con excluir de las competencias internacionales a aquellos países donde la política intentara influir en el funcionamiento de sus organismos futbolísticos. La FIFA hizo de esa autonomía uno de los pilares de su legitimidad y convirtió la separación entre deporte y poder estatal en una bandera que parecía innegociable.

Esa supuesta neutralidad, sin embargo, hace tiempo que comenzó a mostrar profundas fisuras. La exclusión de Rusia de las competiciones internacionales tras la invasión de Ucrania evidenció que la FIFA está dispuesta a adoptar decisiones atravesadas por la política internacional cuando las circunstancias así lo consideran convenientes. Más allá del debate sobre los fundamentos de aquella sanción —que contó con un amplio respaldo de gobiernos occidentales y de otras organizaciones deportivas—, el precedente dejó al descubierto que el organismo ya no actúa dentro de una esfera completamente ajena a los conflictos geopolíticos. Precisamente por eso, el episodio protagonizado ahora por Estados Unidos adquiere una gravedad aún mayor: si la política ya había ingresado al fútbol por la puerta de los grandes conflictos internacionales, la intervención directa del presidente del país organizador sobre una sanción disciplinaria individual termina de instalar la sensación de que la independencia que la FIFA proclama depende, en realidad, de quién ejerza la presión y desde dónde provenga.

Sin embargo, el episodio protagonizado por Donald Trump expone una contradicción que difícilmente pueda disimularse. Según trascendió en distintos medios internacionales, el mandatario estadounidense se comunicó personalmente con Gianni Infantino para expresar su preocupación por la ausencia de Balogun en el encuentro de octavos de final frente a Bélgica y, apenas horas después de que esa gestión política se hiciera pública, la FIFA anunció que la suspensión quedaba en suspenso y que el delantero estaría habilitado para disputar el partido. Aunque el organismo invocó herramientas previstas en su Código Disciplinario para fundamentar jurídicamente la resolución, el problema ya no radica en la letra del reglamento sino en el contexto político que rodeó semejante cambio de criterio.

Porque las instituciones no viven únicamente de la legalidad de sus actos; viven, sobre todo, de la confianza que generan. Y cuando una decisión aparece inmediatamente después de la intervención del presidente del país anfitrión del Mundial, resulta inevitable que millones de personas comiencen a preguntarse si ese mismo tratamiento habría existido para cualquier otra selección que no contara con semejante capacidad de influencia. La respuesta quizá nunca pueda demostrarse, pero la sola existencia de esa duda alcanza para erosionar uno de los activos más valiosos que posee cualquier competencia deportiva: la percepción de imparcialidad.

En ese sentido, la discusión excede completamente a Balogun. Incluso quienes consideraban exagerada su expulsión podían esperar que la controversia se resolviera mediante los mecanismos habituales previstos por el reglamento y no a partir de un escenario donde la política internacional parece irrumpir con una eficacia imposible de ignorar. El problema no consiste en debatir si la tarjeta roja estuvo bien aplicada, sino en aceptar que una sanción disciplinaria pueda transformarse en un asunto de negociación política de alto nivel, porque ese precedente convierte cualquier decisión futura en potencialmente sospechosa y alimenta la sensación de que existen selecciones con un margen de influencia muy superior al resto.

Bélgica tiene razones para sentirse perjudicada, no solamente porque preparó un partido considerando la ausencia del principal delantero estadounidense, sino porque el cambio de escenario se produjo a escasas horas del encuentro y bajo circunstancias que difícilmente puedan calificarse como normales. Las críticas provenientes del fútbol europeo no tardaron en aparecer y numerosos dirigentes cuestionaron la excepcionalidad de una resolución que altera la igualdad de condiciones con la que deben afrontarse las instancias decisivas de una Copa del Mundo. No se trata de una simple protesta por conveniencia deportiva; se trata de la reacción lógica de quienes observan cómo el organismo rector parece dispuesto a flexibilizar principios que históricamente defendió con enorme severidad cuando los involucrados eran otros.

Sin embargo, concentrar toda la responsabilidad sobre Trump implicaría simplificar un problema mucho más profundo. Los presidentes gobiernan para defender los intereses de sus países y resulta perfectamente esperable que intenten influir cuando consideran que una decisión perjudica a su representación nacional. La verdadera pregunta es por qué la FIFA permitió que esa presión terminara coincidiendo con un cambio tan significativo en una sanción que, hasta pocos días antes, parecía automática e inmodificable. La responsabilidad institucional pertenece exclusivamente al organismo presidido por Gianni Infantino, porque fue la FIFA la que eligió abrir una puerta cuya existencia siempre había negado.

El fútbol profesional atraviesa desde hace años una etapa marcada por la creciente concentración de poder económico, político y comercial alrededor de sus grandes competencias. La expansión del Mundial, la búsqueda de nuevos mercados, el desembarco definitivo en Estados Unidos y la estrecha relación entre los grandes negocios deportivos y los gobiernos nacionales forman parte de una misma transformación que modifica progresivamente el equilibrio tradicional del deporte. En ese contexto, la resolución sobre Balogun aparece como un símbolo de un fenómeno mucho más amplio: el riesgo de que las instituciones deportivas comiencen a responder con mayor sensibilidad a los intereses geopolíticos y comerciales que a los principios de igualdad competitiva que dicen defender.

Quizá Balogun dispute un gran partido frente a Bélgica o quizá pase inadvertido durante los noventa minutos. En términos deportivos, su actuación terminará siendo apenas una anécdota dentro de un Mundial que todavía tiene muchas páginas por escribir. Lo verdaderamente trascendente es que, cualquiera sea el resultado, una parte importante de la credibilidad de la FIFA ya quedó comprometida, porque el organismo permitió que se instalara la percepción de que algunas decisiones pueden modificarse cuando quienes golpean la puerta no son dirigentes deportivos sino los hombres más poderosos del planeta.

Y cuando esa sospecha comienza a formar parte del relato de una Copa del Mundo, el daño trasciende a un jugador, a una selección o a un partido determinado. Lo que empieza a ponerse en discusión es la esencia misma de una competencia que siempre encontró su mayor fortaleza en la convicción de que, una vez que el árbitro hacía sonar el silbato inicial, todos los equipos competían bajo las mismas reglas. Si esa certeza deja de existir, entonces el problema ya no será una tarjeta roja anulada, sino la creciente sensación de que el fútbol más importante del mundo empieza a jugarse también en despachos donde la pelota nunca rueda.


Descubre más desde Noticias La Insuperable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

1 comentario

Deja un comentario