El 11 de agosto de 1959 nacía en Buenos Aires Gustavo Adrián Cerati, una de las figuras fundamentales de la música popular argentina. Su historia no puede reducirse a la de un cantante exitoso ni a la de un integrante de Soda Stereo: fue parte de una transformación cultural que convirtió al rock argentino en un fenómeno continental y modificó para siempre la relación entre música, tecnología, estética y público en América Latina.
Por Carlos Alberto Resurgián para NLI

Hay artistas que tienen canciones famosas, artistas que construyen una carrera extensa y artistas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en una referencia inevitable para entender una época. Gustavo Cerati pertenece a esa última categoría. Este 11 de agosto se cumplen 67 años de su nacimiento en Buenos Aires, y recordar su figura permite volver a un momento particularmente intenso de la cultura argentina: aquel en el que el rock dejó de ser solamente una expresión de determinadas generaciones urbanas para transformarse en uno de los grandes lenguajes culturales de América Latina. Cerati estuvo en el centro de esa transformación, pero su importancia no reside solamente en haber compuesto canciones extraordinarias. Lo decisivo fue su permanente voluntad de cambiar, de incorporar sonidos, tecnologías e influencias y de no conformarse nunca con repetir una fórmula que ya había funcionado.
Cuando Cerati nació, en 1959, el rock todavía estaba construyendo su lugar en la Argentina. El país tenía una larga tradición de música popular, desde el tango y el folklore hasta las orquestas y las canciones melódicas, mientras que el fenómeno iniciado por el rock and roll estadounidense comenzaba a adquirir una identidad propia. Durante las décadas siguientes aparecerían figuras fundamentales como Litto Nebbia, Charly García, Luis Alberto Spinetta y León Gieco, entre muchos otros, y se formaría una escena que terminaría convirtiendo al rock argentino en una expresión cultural con características propias. Cerati crecería dentro de ese universo, pero también lo miraría desde otro lugar: el de un músico fascinado por el sonido, por la imagen, por las posibilidades del estudio de grabación y por todo aquello que estaba ocurriendo fuera de las fronteras del país.
Su encuentro con Zeta Bosio sería determinante. Ambos compartían intereses musicales y comenzaron a construir una sociedad creativa que, poco después, incorporaría a Charly Alberti para completar la formación de Soda Stereo. La banda comenzó a tocar en Buenos Aires en un momento de enorme transformación social. La dictadura estaba llegando a su final y la cultura argentina comenzaba a recuperar espacios de libertad que habían sido clausurados durante años. El rock, que había funcionado durante la dictadura como territorio de resistencia cultural y expresión generacional, encontró después de 1983 un escenario nuevo. Soda Stereo apareció justamente allí, pero con una estética diferente a la de buena parte de las bandas que habían dominado la escena durante la década anterior.
De Buenos Aires a una América Latina que todavía no existía como mercado musical
Soda Stereo entendió algo antes que buena parte de la industria: el idioma podía ser una frontera, pero también podía convertirse en un territorio común. En los primeros años, el circuito del rock en español estaba fragmentado. Había escenas locales fuertes en Argentina, Chile, Uruguay, México, España y otros países, pero no existía todavía un verdadero mercado latinoamericano integrado. Las compañías discográficas y los medios de comunicación no pensaban necesariamente la región como un espacio musical común.
Soda comenzó a modificar esa lógica. Primero conquistó Buenos Aires y luego empezó a viajar. Lo que ocurrió después fue mucho más grande de lo que probablemente podía imaginar aquella banda que había comenzado tocando en pequeños escenarios porteños. México, Chile, Perú, Colombia, Venezuela y otros países latinoamericanos comenzaron a formar parte del mapa natural de la banda, y Soda Stereo se transformó en uno de los principales vehículos de expansión del rock argentino hacia el continente.
La importancia de ese fenómeno excede ampliamente las cifras de discos vendidos o entradas. La banda contribuyó a que millones de jóvenes latinoamericanos descubrieran que podían consumir rock en su propio idioma sin necesidad de traducir su identidad cultural a los códigos de la música anglosajona. Eso no significaba rechazar las influencias extranjeras. Cerati era, de hecho, un enorme conocedor de la música británica, estadounidense y europea. La diferencia estaba en que tomaba esas influencias y las transformaba desde Buenos Aires.
En ese proceso, la estética fue tan importante como las canciones. Soda Stereo construyó una imagen sofisticada, moderna y deliberadamente urbana. Los cortes de pelo, la ropa, las tapas de los discos, los videoclips y la puesta en escena formaban parte de un mismo lenguaje. Cerati entendía que el rock no era solamente sonido: también era una manera de mirar el mundo. Esa comprensión sería fundamental para que Soda pudiera atravesar fronteras culturales con tanta velocidad.
Los discos fueron mostrando, además, una evolución permanente. Signos profundizó la identidad de la banda y amplió su alcance continental. Doble Vida, producido junto al estadounidense Carlos Alomar, incorporó nuevas texturas y una producción más internacional. Después llegaría Canción Animal, uno de los grandes puntos de inflexión de la historia del rock argentino, con una recuperación de guitarras poderosas y canciones que se instalaron definitivamente en la cultura popular.
Pero cuando cualquier otro grupo hubiera encontrado una fórmula para repetir el éxito, Cerati volvió a cambiar.
El músico que nunca quiso quedarse quieto
Después del enorme impacto de Canción Animal, Soda Stereo se internó en una búsqueda mucho más experimental. Dynamo, publicado en 1992, desconcertó a parte del público porque se alejaba de la estructura más convencional del rock de estadios y se acercaba al shoegaze, la psicodelia, la electrónica y las texturas propias de la música alternativa de aquellos años. Hoy es considerado uno de los discos fundamentales de la trayectoria de la banda, pero en su momento mostró el riesgo que implicaba para un artista de semejante popularidad negarse a repetir aquello que ya sabía hacer.
Ese rasgo define buena parte de la trayectoria de Cerati. Nunca pareció sentirse cómodo con la idea de que una canción exitosa debía convertirse en una receta. Su carrera solista profundizó todavía más esa búsqueda. Amor Amarillo, Bocanada, Siempre es Hoy y Ahí Vamos muestran distintas etapas de un músico que podía regresar a las guitarras, internarse en la electrónica, experimentar con estructuras pop o construir canciones de una enorme sensibilidad melódica sin perder una identidad reconocible.
Bocanada, publicado en 1999, resulta especialmente revelador. Cerati trabajó allí con samplers, loops, arreglos electrónicos y una concepción del estudio como instrumento creativo. La computadora y las nuevas tecnologías dejaban de ser herramientas secundarias para convertirse en parte de la composición. En ese sentido, Cerati fue también un músico profundamente atento al futuro.
No se trataba de utilizar tecnología simplemente porque estaba disponible. La utilizaba porque podía ampliar las posibilidades de la canción. Esa curiosidad explica por qué buena parte de su obra todavía suena contemporánea. Cerati no construía música pensando solamente en el presente; parecía estar permanentemente intentando descubrir qué podía venir después.
Y quizás allí esté una de las razones de su permanencia.
Una obra que sobrevivió a su tiempo
Cerati murió el 4 de septiembre de 2014, después de permanecer durante más de cuatro años en coma tras sufrir un accidente cerebrovascular al finalizar un concierto en Caracas. Tenía 55 años. Su muerte produjo una conmoción que atravesó generaciones y países, una dimensión continental que reflejaba, de alguna manera, la escala que había alcanzado su obra.
Pero hay algo más interesante que la cantidad de homenajes que recibió después de morir. Es que sus canciones continuaron incorporándose a la vida cotidiana de generaciones que ni siquiera habían vivido el momento de mayor popularidad de Soda Stereo. Eso distingue a los artistas que construyen una obra verdaderamente perdurable de aquellos que simplemente representan una época.
Cerati fue hijo de Buenos Aires, pero su música terminó perteneciendo a toda América Latina. Su recorrido permite observar también una transformación profunda de la cultura argentina: la de un país que produjo músicos capaces de dialogar con las tendencias internacionales sin perder una identidad propia y que, a través de ellos, logró convertirse en referencia cultural para millones de personas más allá de sus fronteras.
Por eso reducirlo a “la voz de Soda Stereo” sería injusto. Cerati fue guitarrista, compositor, productor, cantante y explorador sonoro. Fue parte de una banda que cambió el mapa del rock latinoamericano, pero también construyó una obra individual que se mantuvo en movimiento cuando podría haberse instalado cómodamente en la nostalgia.
El 11 de agosto de 1959 nacía en Buenos Aires un músico que todavía no sabía que iba a cambiar la historia del rock en español. No podía saberlo, naturalmente. Tampoco podía imaginar que las canciones que comenzaría a escribir décadas después serían cantadas por multitudes desde Buenos Aires hasta México, desde Santiago hasta Bogotá, ni que sus experimentos con máquinas, guitarras y estudios terminarían influyendo sobre generaciones enteras.
Quizás la mejor manera de recordarlo no sea solamente escuchar sus grandes éxitos, sino prestar atención a aquello que atravesó toda su carrera: la necesidad de no quedarse quieto.
Porque si algo hizo Gustavo Cerati durante toda su vida artística fue exactamente eso: avanzar. Cuando el público esperaba que repitiera una fórmula, buscaba otra. Cuando una estética funcionaba, la transformaba. Cuando un sonido se convertía en éxito, intentaba descubrir el siguiente. Y cuando el rock argentino dejó de ser solamente argentino, él estuvo allí, guitarra en mano, ayudando a convertir un idioma compartido en una cultura común.
Por eso, 67 años después de su nacimiento, Cerati no pertenece únicamente a la memoria de los años 80, a los discos de Soda Stereo o a la historia del rock nacional. Pertenece también al presente, porque su obra sigue planteando la misma pregunta que parecía acompañarlo desde sus primeros años: qué ocurre cuando un artista decide que el éxito no es el punto de llegada, sino apenas la posibilidad de volver a empezar.
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