El huemul vuelve a ser noticia: la tecnología que puede ayudar a salvar al ciervo emblemático de la Patagonia

Durante mucho tiempo, estudiar al huemul significó internarse en territorios enormes y difíciles de recorrer para encontrar rastros de una especie amenazada y extremadamente esquiva. Ahora, investigadores argentinos y chilenos comenzaron a incorporar drones, cámaras térmicas y nuevas herramientas de monitoreo para conocer mejor dónde viven estos animales, cómo se desplazan y qué territorios necesitan para sobrevivir. La tecnología no reemplaza a la conservación, pero puede aportar algo decisivo: información para proteger antes de que sea demasiado tarde.

Por Redacción de NLI

Hay animales que representan mucho más que una especie dentro de un ecosistema. El huemul, declarado Monumento Natural Nacional en la Argentina, pertenece a esa categoría. Su silueta aparece incluso en el escudo nacional, pero encontrar uno en libertad es una experiencia extraordinariamente difícil. Vive en ambientes cordilleranos, se mueve por terrenos abruptos y sus poblaciones están fragmentadas en pequeños grupos. Esa combinación convierte a cada ejemplar en una pieza valiosa para comprender la salud de los ecosistemas patagónicos.

La dificultad para estudiarlo también explica por qué las nuevas tecnologías están adquiriendo tanta importancia. A comienzos de agosto, investigadores presentaron trabajos que incorporan drones con cámaras térmicas para mejorar el monitoreo de fauna en la Patagonia. La herramienta permite buscar animales en zonas donde una expedición terrestre puede resultar lenta, costosa y limitada por la geografía. El desafío, sin embargo, no consiste simplemente en localizar un huemul: hay que entender qué hace allí, qué rutas utiliza, con qué otros grupos se conecta y qué amenazas enfrenta.

La cuestión es particularmente relevante porque el huemul se encuentra en peligro de extinción y sus poblaciones aparecen distribuidas de manera fragmentada a lo largo de los Andes del sur. Investigaciones recientes realizadas en la Patagonia chilena encontraron evidencias particularmente valiosas de conectividad: un mismo macho fue registrado desplazándose entre dos valles de una futura área protegida, demostrando que un corredor biológico que conecta territorios de Chile y Argentina todavía puede estar funcionando.

Un animal que necesita mucho más que un área protegida

La conservación de una especie suele explicarse mediante una fórmula aparentemente sencilla: proteger el territorio donde vive. En el caso del huemul, la realidad es bastante más compleja. No alcanza con dibujar una frontera en un mapa si los animales necesitan desplazarse entre diferentes ambientes para alimentarse, reproducirse o evitar condiciones adversas.

El registro obtenido en Cochamó resulta importante precisamente por eso. Los investigadores identificaron 11 huemules diferentes, ocho machos y tres hembras, y pudieron determinar que uno de los machos se desplazó entre dos valles separados por varios kilómetros. La evidencia permite confirmar que existe una conexión funcional entre esos ambientes, algo fundamental para evitar el aislamiento de las poblaciones.

La fragmentación es uno de los grandes problemas de la conservación moderna. Cuando una población queda aislada durante períodos prolongados, disminuye el intercambio genético y aumentan los riesgos asociados a enfermedades, cambios ambientales y eventos extremos. Una población pequeña puede sobrevivir durante cierto tiempo, pero si no existe intercambio con otros grupos su capacidad de adaptación disminuye.

Por eso los corredores biológicos son tan importantes. No son simplemente «caminos para animales»: son infraestructuras ecológicas, aunque no tengan hormigón ni carteles. Permiten que distintas poblaciones permanezcan conectadas en territorios donde las fronteras administrativas no coinciden con las necesidades de la naturaleza.

La Patagonia ofrece un ejemplo particularmente claro. El huemul no reconoce la frontera internacional entre Argentina y Chile. Para el animal, la cordillera constituye un único sistema ecológico. Las políticas de conservación, en cambio, están organizadas por países, provincias, regiones y áreas protegidas.

El desafío consiste en hacer coincidir esas dos realidades.

Cuando un dron puede convertirse en una herramienta de conservación

El uso de drones está transformando muchas investigaciones ambientales porque permite observar territorios extensos con una precisión que antes resultaba difícil de alcanzar. El CONICET viene utilizando vehículos aéreos no tripulados en distintas investigaciones argentinas, entre ellas trabajos destinados a reconstruir la topografía con modelos tridimensionales de alta resolución y estudiar procesos naturales y provocados por la actividad humana.

En el caso de la fauna, incorporar sensores térmicos abre una posibilidad adicional: detectar diferencias de temperatura que pueden revelar la presencia de animales incluso cuando resultan difíciles de observar visualmente. Esto puede ser particularmente útil en ambientes extensos, boscosos o de difícil acceso.

Pero la tecnología no convierte automáticamente la conservación en una ciencia exacta. Una cámara puede encontrar un animal, pero después hay que interpretar el dato. ¿Está allí de manera ocasional? ¿Forma parte de una población estable? ¿Está migrando? ¿Se reproduce? ¿Qué recursos utiliza? ¿Qué amenazas existen alrededor?

La respuesta requiere biólogos, ecólogos, guardaparques, especialistas en comportamiento animal y conocimiento del territorio. El dispositivo es apenas una herramienta dentro de un sistema mucho más amplio.

Y esa cuestión es importante porque existe una tendencia a imaginar que la tecnología puede resolver problemas ambientales por sí sola. No es así. Un dron puede detectar un huemul, pero no puede impedir que desaparezca su hábitat. Puede mostrar dónde se mueve un animal, pero no decidir qué actividad humana debe restringirse para preservar ese corredor.

La tecnología permite conocer mejor el problema; la política ambiental decide qué hacer con ese conocimiento.

El verdadero mapa de la Patagonia no termina en las fronteras

La historia reciente del huemul también obliga a pensar la Patagonia de otra manera. Durante décadas, la conservación se concentró fundamentalmente en crear áreas protegidas. Ese modelo sigue siendo indispensable, pero hoy se sabe que resulta insuficiente si esas áreas quedan aisladas entre sí.

El registro de desplazamiento del huemul en Chile ofrece justamente una señal esperanzadora: todavía existen conexiones territoriales que pueden ser fundamentales para la supervivencia de la especie. El corredor mencionado por los investigadores alcanza aproximadamente 1,6 millones de hectáreas y vincula ecosistemas protegidos de Chile y Argentina.

La cifra permite dimensionar la escala del problema. Estamos hablando de una superficie gigantesca que no puede ser pensada exclusivamente desde la lógica de un parque nacional. Allí conviven conservación, turismo, producción, infraestructura, comunidades locales y actividades económicas.

El futuro del huemul dependerá, en buena medida, de cómo se resuelvan esas tensiones.

La situación además adquiere una dimensión todavía mayor si se considera que la Patagonia enfrenta transformaciones ambientales aceleradas. Los incendios forestales registrados durante el verano de 2026 en Chubut y zonas cordilleranas volvieron a mostrar la vulnerabilidad de los ecosistemas patagónicos frente a la combinación de calor, sequía y viento. Investigadores del IPEEC-CONICET participaron de estudios que analizaron precisamente esas condiciones.

El huemul, entonces, funciona casi como un termómetro ecológico. Protegerlo implica proteger bosques, montañas, cursos de agua y corredores naturales que también sostienen a otras especies y servicios ambientales fundamentales.

Por eso hay algo más profundo detrás de las cámaras térmicas y los drones. Cada imagen obtenida puede parecer simplemente el registro de un animal escondido entre montañas, pero en realidad representa una pregunta sobre qué Patagonia queremos conservar.

La tecnología ofrece una oportunidad extraordinaria: conocer mejor un territorio antes de intervenir sobre él y detectar cambios que de otro modo podrían pasar inadvertidos. Pero esa oportunidad solamente tiene sentido si la información científica logra transformarse en políticas concretas.

El huemul no necesita convertirse en una pieza de museo ni en una fotografía excepcional de un documental. Necesita territorio, conectividad, alimento y tranquilidad para reproducirse.

Y quizás la imagen más poderosa de esta nueva etapa sea justamente esa: un investigador mirando una pantalla, una cámara buscando calor entre las montañas y, del otro lado, un animal que durante miles de años recorrió la cordillera sin saber que ahora su supervivencia depende también de que nosotros aprendamos a mirar dónde está.


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