La epidemia de la risa que nadie pudo explicar: cuando cientos de personas comenzaron a reír sin poder parar

En 1962, una escuela de Tanganyika fue escenario de un extraño episodio de risas incontrolables que terminó extendiéndose a otras comunidades. La ciencia todavía discute cómo entender aquel fenómeno.

Por Redacción de NLI

En 1962 ocurrió algo que parece salido de una novela, pero que fue registrado por médicos y estudiado posteriormente por investigadores: en una escuela de niñas de Tanganyika, el territorio africano que poco después se convertiría en Tanzania, comenzaron a producirse episodios de risa incontrolable que terminaron extendiéndose a otras personas y comunidades. No se trató simplemente de una anécdota protagonizada por un grupo de adolescentes que encontró gracioso un chiste. Las afectadas podían experimentar ataques prolongados de risa, llanto, inquietud y otros síntomas físicos, mientras el fenómeno alcanzaba nuevos lugares y obligaba a cerrar establecimientos educativos. Un artículo médico publicado en 1963 describió formalmente el episodio como una “epidemia de risa” en el distrito de Bukoba.

La historia resulta fascinante precisamente porque no existe una explicación sencilla que permita encerrarla dentro de la categoría de “enfermedad contagiosa”. Los investigadores descartaron distintas causas orgánicas y terminaron vinculando el episodio con lo que en aquella época se denominaba histeria colectiva, una expresión que hoy suele ser reemplazada por conceptos como enfermedad psicógena masiva o trastorno psicógeno colectivo. Pero incluso esa explicación necesita ser tomada con cuidado, porque detrás de los síntomas había personas reales viviendo una situación social concreta: Tanganyika acababa de independizarse del dominio colonial, las expectativas sobre los jóvenes estaban cambiando y las instituciones educativas se encontraban atravesadas por fuertes tensiones culturales.

Todo comenzó en una escuela

El episodio se inició a comienzos de 1962 en una escuela de niñas ubicada cerca de Kashasha, en la región de Bukoba, al noroeste de Tanganyika, cerca del lago Victoria. Las fuentes históricas coinciden en que las primeras afectadas fueron alumnas de la institución y que el fenómeno comenzó a propagarse entre ellas, aunque los relatos posteriores difieren en algunos detalles sobre qué desencadenó exactamente los primeros ataques. Una revisión de la literatura señala que la escuela llegó a registrar 95 alumnas afectadas sobre un total de 159, con episodios que podían durar desde unas pocas horas hasta varios días.

Lo extraordinario no fue solamente la risa, sino la variedad de síntomas que aparecieron junto con ella. Las investigaciones médicas registraron episodios de llanto, inquietud, desmayos, dificultades respiratorias, dolores, erupciones y otras manifestaciones físicas. Es decir, no se trataba de personas que simplemente decidían reírse durante horas, sino de individuos que experimentaban síntomas que podían resultar incapacitantes y que, en muchos casos, parecían encontrarse fuera de su control.

Ante la imposibilidad de continuar normalmente con las clases, la escuela fue cerrada. Pero el cierre no consiguió detener el fenómeno.

Las alumnas regresaron a sus comunidades y, con ellas, el episodio comenzó a aparecer en otros lugares.

Cuando la risa salió de la escuela

Lo que inicialmente parecía limitado a una institución educativa empezó a adquirir una dimensión mucho mayor. Otras escuelas fueron afectadas y el fenómeno alcanzó comunidades cercanas. La revisión histórica de los episodios señala que, después de la aparición inicial, el problema llegó a involucrar a miles de personas en distintos grados, mientras que algunas instituciones educativas tuvieron que interrumpir sus actividades.

La situación desconcertó a las autoridades porque los síntomas parecían tener características contradictorias. Por un lado, aparecían y desaparecían de manera que no respondía a los patrones habituales de una epidemia infecciosa; por otro, existía una evidente propagación entre personas que convivían en los mismos espacios.

Los médicos comenzaron entonces a investigar si podía existir algún agente físico responsable del fenómeno. Se realizaron pruebas para descartar causas orgánicas y enfermedades conocidas, pero no apareció una explicación biológica capaz de justificar el comportamiento colectivo. El estudio médico publicado posteriormente describió el episodio dentro de la categoría de histeria epidémica, aunque esa clasificación pertenecía al lenguaje médico de la época y hoy requiere una interpretación más cuidadosa.

La pregunta seguía abierta: ¿cómo podía un síntoma que no era causado por un virus ni por una bacteria transmitirse de una persona a otra?

El contagio que no necesitaba un microorganismo

La respuesta que comenzó a tomar forma entre los investigadores fue que determinados estados físicos y psicológicos pueden propagarse dentro de un grupo sin necesidad de que exista un agente infeccioso. La presencia de una persona que experimenta síntomas puede generar temor, expectativa, identificación y atención colectiva, y esas condiciones pueden favorecer que otras personas comiencen a experimentar manifestaciones similares.

Esto no significa que los síntomas sean fingidos.

Esa distinción es fundamental.

Una persona que atraviesa un episodio psicógeno puede experimentar dolor, dificultad para respirar, temblores, desmayos o movimientos involuntarios de manera completamente real. Lo que cambia es el origen del fenómeno: en lugar de existir una lesión física o un microorganismo responsable, intervienen mecanismos relacionados con el estrés, la percepción, la expectativa y la interacción social.

La medicina contemporánea utiliza conceptos como enfermedad psicógena masiva para describir determinados episodios de este tipo, aunque cada caso requiere un análisis particular y no existe una explicación única que pueda aplicarse automáticamente a todos ellos.

La epidemia de la risa de Tanganyika se convirtió justamente en uno de los casos históricos más conocidos de esta clase de fenómenos.

El contexto importa más de lo que parece

Existe una tentación evidente cuando se cuenta esta historia: convertirla en una curiosidad extravagante sobre un grupo de jóvenes que comenzó a reírse y contagió la risa a todo un pueblo. Pero esa interpretación deja afuera uno de los elementos más interesantes del caso.

Tanganyika acababa de independizarse.

El territorio había alcanzado su independencia del Reino Unido en diciembre de 1961, apenas unas semanas antes de que comenzaran los primeros episodios. La sociedad atravesaba entonces una transformación profunda, con nuevas expectativas educativas y políticas, mientras las instituciones heredadas del período colonial intentaban adaptarse a una realidad diferente.

Los investigadores posteriores observaron precisamente esa dimensión social. Un estudio histórico publicado en el Journal of the History of Medicine and Allied Sciences señaló que los episodios de “histeria colectiva” registrados en Tanganyika y Uganda durante los primeros años de la década de 1960 aparecieron en el contexto inmediato de la independencia y de importantes transformaciones sociales.

No significa que la independencia haya “causado” la risa.

Significa que el contexto en el que viven las personas puede resultar fundamental para comprender por qué determinados fenómenos psicógenos aparecen, se concentran en determinados grupos y adoptan determinadas formas.

Los médicos tampoco tenían todas las respuestas

Otro aspecto interesante de la historia es que la explicación médica tampoco fue completamente sencilla. Las investigaciones de la época utilizaron conceptos que hoy resultan problemáticos y que estaban atravesados por las ideas científicas y culturales del período colonial.

El psiquiatra ugandés Benjamin H. Kagwa, que había regresado a Uganda después de estudiar y trabajar durante años en Estados Unidos, fue uno de los profesionales que investigaron episodios similares en la región. Su trabajo resulta particularmente importante para los historiadores porque permite observar las dificultades que enfrentaba la psiquiatría africana en los primeros años posteriores a la independencia.

Kagwa interpretó algunos de estos episodios como expresiones de un conflicto psicológico vinculado con los cambios sociales y culturales producidos por la educación occidental y la transformación de las sociedades africanas. Sin embargo, investigaciones históricas posteriores cuestionaron determinados supuestos presentes en aquellas interpretaciones, especialmente porque la psiquiatría de la época todavía arrastraba categorías y prejuicios provenientes del período colonial.

Por eso, estudiar hoy la epidemia de la risa no consiste únicamente en preguntarse qué les ocurrió a aquellas jóvenes, sino también en analizar cómo la medicina occidental intentó interpretar lo que estaba ocurriendo en una sociedad africana que acababa de abandonar el dominio colonial.

¿Por qué justamente la risa?

La risa es particularmente interesante porque normalmente la asociamos con alegría, diversión y bienestar. Sin embargo, puede aparecer también en situaciones de nerviosismo, incomodidad, tensión, miedo o agotamiento emocional. Además, tiene una característica social extraordinariamente poderosa: es contagiosa en el sentido cotidiano del término.

Todos hemos experimentado alguna vez cómo una persona comienza a reír y otra termina haciéndolo sin conocer exactamente qué fue lo que provocó la primera carcajada. La risa funciona como una señal social y puede propagarse rápidamente dentro de un grupo.

Lo que ocurrió en Tanganyika parece haber llevado ese mecanismo a una escala extraordinaria.

El problema no fue simplemente que la risa resultara contagiosa, sino que se transformó en un fenómeno capaz de generar episodios prolongados y acompañados por otros síntomas físicos. Por eso el caso continúa siendo estudiado como ejemplo de los mecanismos mediante los cuales el comportamiento, las emociones y las respuestas corporales pueden adquirir una dimensión colectiva.

La epidemia no duró para siempre

Como ocurre con otros episodios de enfermedad psicógena masiva, el fenómeno no se mantuvo indefinidamente. Según las revisiones históricas disponibles, las manifestaciones fueron apareciendo y desapareciendo en diferentes lugares durante un período prolongado, hasta que el episodio terminó extinguiéndose aproximadamente entre seis y dieciocho meses después de su comienzo, dependiendo del brote considerado.

No hubo una vacuna.

No apareció un medicamento milagroso.

Tampoco se identificó un microorganismo responsable.

El fenómeno simplemente fue perdiendo fuerza.

Ese final es, precisamente, una de las características que hacen que este tipo de episodios resulten tan difíciles de explicar desde una mirada exclusivamente biológica. El comportamiento colectivo puede crecer rápidamente cuando determinadas condiciones sociales y psicológicas están presentes, pero también puede desaparecer cuando esas condiciones dejan de sostenerlo.

No fue el único caso

La epidemia de Tanganyika no constituye un episodio aislado en la historia. Existen numerosos registros de fenómenos colectivos en los que grupos de personas experimentaron síntomas similares sin que pudiera identificarse una causa infecciosa capaz de explicarlos.

A lo largo de los siglos aparecen relatos de epidemias de baile, desmayos, convulsiones, gritos, temblores y otros comportamientos colectivos, aunque cada episodio posee características propias y no todos pueden ser explicados mediante una única categoría médica. La investigación histórica contemporánea intenta además evitar una mirada simplista que convierta cualquier comportamiento colectivo extraño en “histeria”, porque esa palabra fue utilizada durante mucho tiempo de manera demasiado amplia y, en determinados contextos, sirvió para desacreditar experiencias que no eran comprendidas.

La historia de Tanganyika demuestra precisamente la necesidad de ser prudentes.

Que un síntoma tenga un origen psicógeno no significa que sea imaginario.

Que se produzca colectivamente no significa que quienes lo experimentan estén fingiendo.

Y que los médicos no encuentren inmediatamente una causa física tampoco significa que el fenómeno carezca de una explicación.

Lo verdaderamente extraño no es que la gente se riera

La epidemia de la risa de Tanganyika quedó en la memoria histórica porque tiene un elemento narrativo irresistible: cientos de personas comenzaron a reír y nadie sabía exactamente por qué. Pero detrás de esa imagen casi absurda existe una historia mucho más compleja sobre la relación entre cuerpo, mente, sociedad y contexto histórico.

Aquellas jóvenes vivían en una época de transformación profunda, dentro de instituciones educativas atravesadas por expectativas nuevas y en una sociedad que acababa de independizarse después de décadas de dominio colonial. Sus síntomas fueron reales, los médicos los estudiaron y las autoridades tuvieron que intervenir ante un fenómeno que no podían controlar mediante los métodos habituales utilizados frente a una epidemia infecciosa.

La ciencia todavía utiliza este caso para pensar cómo determinadas condiciones pueden producir manifestaciones colectivas, pero también para recordar que la frontera entre lo físico, lo psicológico y lo social es mucho más compleja de lo que solemos imaginar.

Quizás por eso aquella historia siga resultando tan inquietante más de seis décadas después. No porque cientos de personas hayan reído juntas, sino porque demuestra algo que nos cuesta aceptar: nuestro cuerpo no existe separado del mundo que nos rodea. Las emociones, los miedos, las expectativas y las relaciones con otras personas pueden producir efectos físicos concretos y, en determinadas circunstancias, esos efectos pueden propagarse por un grupo entero sin que exista un virus, una bacteria o un agente externo que podamos observar bajo un microscopio.

En 1962, una escuela de Tanganyika se convirtió en el escenario de uno de los episodios más extraños registrados por la medicina moderna.

Comenzó con una risa.

Y terminó convirtiéndose en una pregunta sobre nosotros mismos.


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