Holly Ratchford contó por primera vez cómo alquiló un departamento a dos futuros secuestradores del 11-S y qué descubrió después sobre Omar al-Bayoumi.
Por Alina C. Galifante para NLI

Durante años evitó a los periodistas, las grandes ciudades y hasta buena parte de la vida pública. Holly Ratchford administraba un complejo de departamentos en San Diego y creía conocer a sus vecinos. Entre ellos estaba Omar al-Bayoumi, un ciudadano saudita que se presentaba como un estudiante, organizaba reuniones familiares y participaba de las actividades de la comunidad. Nada parecía extraordinario. Hasta que, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Ratchford descubrió que dos hombres a los que había ayudado a instalarse en su edificio eran Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar, dos de los secuestradores del vuelo 77 de American Airlines que terminó estrellándose contra el Pentágono.
La historia vuelve a cobrar relevancia 25 años después de los atentados porque Ratchford decidió hablar públicamente por primera vez. Su testimonio fue recogido por la BBC para una investigación que también recupera documentos desclasificados del FBI y expedientes judiciales vinculados a una gigantesca demanda presentada por familiares de víctimas del 11-S contra Arabia Saudita y otros presuntos colaboradores de Al Qaeda.
Una administradora, un vecino amable y dos futuros terroristas
Ratchford conoció a Bayoumi cuando éste se mudó con su familia al complejo Parkwood, en San Diego, en septiembre de 1999. El saudita ocupaba el departamento 152 y rápidamente se convirtió en un vecino habitual de las reuniones alrededor de la piscina.
Para ella era un hombre amable, sonriente y familiar. Participaba de las actividades del complejo y su familia incluso la invitaba a comer. La imagen que conservó durante años fue la de un hombre común, alguien en quien no había motivos para desconfiar.
Pero Bayoumi tenía otra actividad que con el tiempo despertaría sospechas. Según documentos posteriormente desclasificados, sus estudios se habían interrumpido en 1998 y buena parte de su tiempo estaba dedicada a actividades religiosas dentro de la comunidad musulmana de San Diego. También realizaba grabaciones en video y hacía preguntas que llamaban la atención.
Un exagente del FBI que participó de la investigación posterior a los atentados sostuvo que dentro de la propia comunidad musulmana de San Diego existía la percepción de que Bayoumi podía ser un agente de inteligencia saudita. Sin embargo, nada de eso formaba parte de la vida cotidiana de Ratchford, quien sólo debía comprobar que los inquilinos pudieran pagar el alquiler. Y Bayoumi podía hacerlo: posteriormente el FBI descubrió que recibía alrededor de 90.000 dólares anuales.
La situación cambió cuando Bayoumi presentó a Ratchford a dos jóvenes árabes que necesitaban vivienda. Eran Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar.
Los dos no cumplían con los requisitos habituales para alquilar el departamento. No tenían los ingresos ni la documentación bancaria necesarios. Pero tenían efectivo y, según los registros, al día siguiente Bayoumi los acompañó a un banco para ayudarlos a abrir una cuenta.
Después encontró otra solución: se convirtió en su garante del contrato de alquiler.
Así, los dos hombres terminaron instalándose en el departamento 150 de Parkwood, a pocos metros de la vivienda de Bayoumi.
Meses más tarde, ambos serían identificados como integrantes del grupo que participó del 11-S.
Lo que Ratchford vio y lo que Bayoumi negó
Cuando los investigadores comenzaron a reconstruir los movimientos de los futuros secuestradores, el relato de Bayoumi y el de Ratchford empezaron a separarse.
Bayoumi sostuvo ante los investigadores británicos que había conocido a Hazmi y Mihdhar casi por casualidad, que los había ayudado a conseguir alojamiento y que luego prácticamente había perdido contacto con ellos.
Ratchford asegura que eso no fue así.
Los había visto repetidamente. Tomaba té y comía galletas con ellos. Los tres hombres llegaron incluso a compartir momentos en la oficina del complejo. En otra oportunidad, cuando los futuros secuestradores tuvieron dificultades para pagar el alquiler, fue Bayoumi quien se hizo cargo del dinero.
La diferencia entre ambas versiones es especialmente importante porque la investigación del FBI terminó identificando a Bayoumi como una figura central en la red que permitió a Hazmi y Mihdhar desarrollar su vida cotidiana en California.
Los investigadores determinaron que distintos contactos de Bayoumi ayudaron a los dos hombres a conseguir licencias de conducir, acceder a escuelas de vuelo, recibir transferencias de dinero desde Medio Oriente y hasta gestionar tratamientos odontológicos.
El propio FBI siguió a Bayoumi hasta el Reino Unido. El 21 de septiembre de 2001, pocos días después de los atentados, fue detenido en Birmingham por la unidad antiterrorista de la Policía Metropolitana británica.
Al principio negó incluso conocer a los dos secuestradores. Luego reconoció haber ayudado a dos hombres llamados Nawaf y Khalid, pero sostuvo que su relación había sido circunstancial.
Para Ratchford, esa explicación no coincidía con lo que ella había observado durante meses.
Las preguntas que quedaron abiertas
La historia de Ratchford adquiere una dimensión todavía mayor por la documentación que comenzó a aparecer décadas después.
Durante años, las familias de las víctimas del 11-S reclamaron que se hicieran públicos los documentos de la investigación del FBI relacionados con los posibles apoyos recibidos por los secuestradores. Desde 2018 comenzaron a desclasificarse decenas de miles de páginas, tanto por expedientes judiciales como por decisiones políticas tomadas durante el gobierno de Joe Biden. Entre esos documentos aparecieron también las entrevistas realizadas a Ratchford.
En la investigación de las propiedades de Bayoumi en Birmingham, el FBI encontró además cartas dirigidas a una organización benéfica vinculada al gobierno saudita y relacionada, según los investigadores, con Al Qaeda. También aparecieron escritos del propio Bayoumi que fueron considerados potencialmente compatibles con posiciones yihadistas.
Sin embargo, nunca fue acusado formalmente por su participación en los atentados.
En 2004, la Comisión del 11-S lo consideró una persona “servicial y sociable” y un candidato improbable para una participación clandestina con extremistas islamistas. Con el tiempo, esa conclusión comenzó a ser discutida a partir de documentos que el FBI no había presentado ante la comisión y que fueron conociéndose posteriormente.
La controversia también llegó a los tribunales. Un juez federal de Nueva York determinó recientemente que existían elementos suficientes para considerar razonable la inferencia de que Bayoumi y un diplomático saudita destinado en Estados Unidos podrían haber coordinado con el gobierno saudita la asistencia brindada a los dos secuestradores. Arabia Saudita y Bayoumi niegan las acusaciones y el gobierno saudita apeló esa decisión.
Para Ratchford, sin embargo, toda esa discusión jurídica tiene una dimensión mucho más personal.
Después del 11-S abandonó Parkwood, dejó la administración de propiedades y se alejó progresivamente de las grandes ciudades. Buscó lugares cada vez más aislados, intentando reconstruir una sensación de seguridad que había desaparecido.
“Me creí todo lo que me dijeron”, resume ahora.
La frase no habla solamente de haber confiado en un vecino. Habla de una mujer que durante años convivió, sin saberlo, con personas que estaban vinculadas a uno de los ataques terroristas más devastadores de la historia contemporánea.
Y también deja planteada una pregunta que continúa atravesando las investigaciones sobre el 11-S: cuánto de aquella red fue descubierto realmente en los primeros años posteriores a los atentados y cuánto permaneció oculto hasta que los documentos comenzaron a salir a la luz décadas después.
Ratchford todavía se pregunta si podría haber hecho algo diferente. Si debería haber sido más estricta. Si existió alguna señal que no vio.
Pero quizás la respuesta más inquietante esté precisamente allí: para ella no había ninguna señal evidente.
Los hombres que luego serían identificados como terroristas no llegaron anunciándose como tales. Llegaron como inquilinos. Uno de ellos incluso tuvo como garante a un hombre que parecía ser simplemente un vecino amable y sociable.
Y esa normalidad fue, precisamente, lo que permitió que durante un tiempo nadie sospechara lo que estaba ocurriendo a pocos metros de una piscina en un complejo residencial de San Diego.
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