Una planta invasora originaria de Eurasia amenaza los pastizales de Tierra del Fuego. Qué es la Pilosella officinarum y por qué preocupa a científicos y productores.
Por Ignacia Fratelint para NLI

Parece una planta pequeña, casi insignificante frente a la inmensidad de los paisajes fueguinos, pero su capacidad para extenderse puede convertirla en un problema de grandes dimensiones. La Pilosella officinarum, conocida como pilosela o vellosilla, es una especie originaria de Eurasia que el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) considera actualmente una plaga cuarentenaria presente, debido a su impacto sobre los pastizales de la estepa de Tierra del Fuego. Su característica más peligrosa no está en su tamaño, sino en la manera en que ocupa el territorio: forma rosetas muy pegadas al suelo y desarrolla tallos rastreros que echan raíces, generando parches continuos capaces de desplazar progresivamente a la vegetación nativa.
El alerta volvió a cobrar actualidad porque el sistema argentino de vigilancia fitosanitaria puso el foco sobre la necesidad de prevenir su expansión, una tarea que excede ampliamente la cuestión agrícola y entra de lleno en la conservación de los ecosistemas patagónicos. Allí donde una especie exótica consigue establecerse y multiplicarse, el problema no consiste simplemente en que aparezca una nueva planta, sino en que puede modificar las relaciones entre especies, alterar la cobertura del suelo y competir por agua, nutrientes y espacio con aquellas comunidades vegetales que evolucionaron bajo las condiciones particulares de la región. En una zona donde los pastizales cumplen además un papel central para la actividad ganadera, la amenaza tiene simultáneamente una dimensión ambiental y productiva.
Una invasora que no necesita ser gigante para transformar el paisaje
La pilosela puede medir habitualmente entre 15 y 30 centímetros de altura, aunque en determinadas condiciones alcanza mayores dimensiones. Sus hojas forman una roseta basal y la planta desarrolla estolones que se extienden horizontalmente sobre el terreno y pueden enraizar, permitiendo que un ejemplar origine nuevas plantas alrededor de sí mismo. Este mecanismo favorece la formación de manchas densas que terminan cubriendo el suelo y desplazando a otras especies. El sistema radicular, además, permanece relativamente superficial, concentrándose principalmente en los primeros centímetros del suelo, mientras que estructuras subterráneas le permiten persistir y rebrotar.
El problema tampoco apareció de un día para el otro. Investigadores argentinos vienen estudiando desde hace décadas la presencia de Hieracium pilosella, denominación científica con la que también aparece registrada la especie, y sus efectos sobre la estepa fueguina. Un trabajo de largo plazo publicado en Ecología Austral analizó durante años distintas alternativas de manejo sobre pastizales invadidos, incluyendo modificaciones del pastoreo, fertilización, intersiembra y aplicación de herbicidas. La investigación puso de manifiesto una cuestión fundamental para comprender estas invasiones: una vez que una especie exótica consigue instalarse en un ambiente, eliminarla completamente puede ser mucho más difícil que impedir su expansión inicial.
La situación adquiere una dimensión todavía mayor cuando se considera que las invasiones vegetales no ocurren en un territorio inmóvil. El suelo puede sufrir alteraciones por el tránsito, el pastoreo, las actividades productivas o la apertura de caminos, y esos cambios pueden generar oportunidades para que determinadas especies colonizadoras encuentren condiciones favorables. Investigaciones realizadas en los pastizales patagónicos encontraron precisamente una relación entre determinadas perturbaciones del suelo y la dinámica de colonización y expansión de esta especie, lo que convierte al manejo del territorio en una herramienta central para evitar que pequeños focos terminen transformándose en áreas extensas dominadas por la invasora.
El desafío de proteger un ecosistema particular
Tierra del Fuego posee una flora que combina especies nativas, especies introducidas y comunidades vegetales adaptadas a condiciones ambientales muy específicas. El problema de una invasora como la pilosela es que su presencia no debe analizarse únicamente desde la perspectiva de cuánto territorio ocupa en un determinado momento, sino desde su capacidad para continuar avanzando. El propio sistema argentino de información fitosanitaria la clasifica como plaga cuarentenaria presente, una categoría que permite dimensionar que el desafío no es solamente detectar ejemplares, sino mantener bajo vigilancia su distribución y evitar que alcance nuevas áreas.
La preocupación se extiende incluso a territorios considerados especialmente valiosos desde el punto de vista ambiental. La documentación de la Convención Ramsar sobre Península Mitre, por ejemplo, identifica a Pilosella officinarum entre las especies vegetales exóticas invasoras potencialmente problemáticas para el área y señala que la especie ya había avanzado progresivamente hacia el sur en los pastizales de la provincia. El documento también advierte sobre el papel que pueden desempeñar distintas actividades humanas y el ganado como vectores capaces de favorecer la propagación de especies exóticas.
Esto explica por qué el monitoreo temprano resulta mucho más importante que la reacción cuando la invasión ya está consolidada. Detectar una planta en una etapa inicial permite estudiar dónde aparece, cómo se reproduce, qué condiciones favorecen su expansión y qué mecanismos de control resultan efectivos antes de que el problema alcance una escala difícil de manejar. En ese sentido, la tarea del Sistema Nacional de Vigilancia y Monitoreo de Plagas (Sinavimo) es menos espectacular que otras intervenciones ambientales, pero resulta decisiva: reunir información de campo, actualizar la distribución de las especies y sostener un sistema que permita anticiparse a problemas que pueden tardar años en hacerse visibles para la población general.
Cuando una planta se convierte en un problema territorial
Hay una idea equivocada bastante extendida según la cual una especie invasora solamente representa un problema cuando modifica de manera evidente el paisaje. La experiencia de la pilosela muestra exactamente lo contrario. Una invasión puede comenzar con pequeñas poblaciones que pasan prácticamente inadvertidas y avanzar lentamente hasta convertirse en una presencia dominante. Para entonces, las relaciones ecológicas ya pueden haberse modificado y las medidas de control pueden requerir mucho más esfuerzo, seguimiento y recursos que los necesarios durante las primeras etapas. Por eso, en materia de biodiversidad, la prevención no significa hacer poco: significa intervenir antes de que el problema se vuelva irreversible o mucho más costoso.
La historia de esta pequeña planta también permite observar una tensión cada vez más importante en la Patagonia: la necesidad de compatibilizar producción, conservación y manejo de los territorios. Los pastizales fueguinos no son solamente un paisaje que aparece en fotografías turísticas; constituyen ecosistemas que sostienen biodiversidad y actividades productivas, y cuya transformación puede tener consecuencias que van mucho más allá de una especie vegetal determinada. La investigación científica acumulada durante años demuestra, además, que no existen soluciones mágicas: controlar una invasora requiere conocer su biología, comprender el funcionamiento del ecosistema, estudiar las prácticas productivas y sostener el seguimiento durante períodos prolongados.
La advertencia del SENASA, entonces, puede leerse como algo bastante más amplio que una recomendación para productores. En la inmensidad de Tierra del Fuego, una planta de apenas unos centímetros puede convertirse en un problema de escala territorial, precisamente porque las invasiones biológicas funcionan de manera silenciosa: avanzan mientras el ojo humano todavía percibe apenas unos pocos ejemplares. Frente a ellas, la ciencia tiene una tarea que no suele ocupar titulares pero resulta esencial, que consiste en detectar antes, comprender mejor y actuar cuando todavía existe margen para conservar el equilibrio del ecosistema. La defensa de un paisaje natural no comienza necesariamente cuando una amenaza ya resulta visible desde lejos; muchas veces empieza mucho antes, observando con atención aquello que crece discretamente al ras del suelo.
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