Futurismo, vino y circo

Mitos y verdades de un “boom” patagónico que hoy renace con Vaca Muerta y una ruta enológica con raíces artísticas e innovaciones que atesora la historia oral del Comahue.

Por Alfonsina Madry para NLI

Las penurias de una deuda externa gigante e inmemorial, recesión y lamentos de miseria cotidiana suelen matizarse con la zanahoria de burro del maná neuquino que más temprano que tarde nos salvará. Esquistos y otras yerbas mantienen la esperanza de opulencia por venir. La promesa patagónica, sin embargo, viene de lejos. Alguna vez fue asombrosa y tangible, futurista si se quiere.

El “boom” se dio en los años setenta, con epicentro en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, con pioneros ahora olvidados e innovadores, obras grandes como El Chocón y Cerros Colorados, manzanas y peras de chacra y hasta una cultura del vino en ciernes que desafiaba a San Juan o Mendoza. Arte también, para ser justos. Más las migraciones internas, que entonces comenzaron.

Los sacrificios de los primeros pobladores del Alto Valle fueron dando fruto y al acercarse los años setenta Neuquén Capital y Cipolletti se urbanizaron con rapidez al calor productivo de las chacras, la proyección de obras de avanzada y la actividad petrolera. Con un único canal de televisión y aún escasa actividad del espectáculo, la demanda de diversión tentaba a empresarios y artistas.

Una historia de la época une todas estas semillas de progreso para simbolizar el florecimiento de una región del país que a fuerza de mentarse como salvadora se ha convertido en lugar común y, a fuerza también de presentarla siempre en potencia, a veces suena a cuento de hadas o canto de sirenas de politiqueros o economistas aficionados a la cantilena.

Futurismo, circo y vino tuvieron en su epicentro a un tal don Rodolfo, porteño boquense emigrado al Comahue. El hombre, soñador sin duda, se unió a una familia chacarera y con audacia montó una empresa de acrílicos, neones y letreros luminosos en Neuquén Capital, cuando era esta ciudad poco menos que un pueblo. No faltó quien lo tildara de aventurero audaz o excéntrico e inconsciente.

Lo cierto es que el albur no le salió tan mal, y otros hombres de fe en el progreso lo convocaron: los hermanos  Néstor y Raúl García querían montar una discoteca futurista en Cipolletti, con pisos espejados cubiertos de placas acrílicas, luces de neón y efectos lumínicos poco convencionales para la época. El proyecto fue sensación. Tarkus se hizo realidad, material y simbólicamente, a principios de los setenta.  

Los García rindieron homenaje con el nombre del bolichito de cuatro pisos de Roca 368 a la banda británica de rock progresivo Emerson, Lake & Palmer que en 1971 había lanzado el álbum Tarkus. A don Rodolfo, tanguero de ley, tuvieron que aclararle el porqué del nombre que iría en el cartel acrílico del frente. La discoteca, con los años, trocó en café-concert. Sucesivas crisis, al final, la sepultaron.

Y la demanda de diversión trajo también un gran circo, que le encargó esferas acrílicas luminosas a montar en el arco que se ubicaba delante de la carpa. Iban a debutar en la localidad de Cinco Saltos y, después, recorrer el Alto Valle. El circo era heredero del Sarrasani, y lo dirigía Frau Trude, es decir: Gertrude Kunz Stosch-Sarrasani. Se trataba de un colectivo cosmopolita de artistas.

La historia oral registra a un artista portugués que trabó amistad con un compatriota pionero de Allen que lo invitó a su chacra a degustar un manjar luso: sarrabulho[i]. Y que Trude, por añadidura, se aficionó a la hospitalidad chacarera. Se narra que ella visitó, además, la chacra en la que vivían don Rodolfo y familia, la 95 de Fernández Oro: degustó chivito una vez, y otra vez puchero de gallina, se rememora.

La alemana llegó hasta General Roca, a la finca de los Canale. No hay registros al respecto más que la oralidad, pero se afirma que Trude probó el Riesling de la bodega. Siendo teutona, se temía su juicio. La dama se deshizo en elogios. Nadie esperaba aún la buena fama de la que hoy goza el Riesling de Humberto Canale, pero Trude hizo punta con la autoridad que su origen le confería. Se corrió la voz.

La IA resume una investigación regional: “En contraposición al consumo masivo, la Bodega Canale, en General Roca, experimentaba con varietales de alta gama. Durante su última gira (1969-1973), la mítica directora circense alemana Trude Stosch-Sarrasani (‘Frau Trude’) realizó una cata informal del Riesling secreto de la bodega (producido solo para allegados), asombrándose por su estándar europeo y validando el potencial de la región. “.

El progreso neuquino no se detuvo: una nutrida clase media de técnicos y profesionales todavía goza de un alto estándar de vida, la actividad económica es superior a la de otras provincias y la ciudad capital está entre las grandes del país. Las rutas del vino y la gastronomía se han estructurado. Las bodegas gozan del favor del público. Neuquén es una Meca para quienes buscan horizontes de vida o diversión. Una progresión que se remonta a los setenta. No todo hoy por hoy es color de rosa, claro.

Don Rodolfo, además de artista e industrial del acrílico, era tanguero y conocedor del lunfardo, algo chacarero también. Había peregrinado de La Boca a Mar del Plata, de allí a Plaza Huincul y al final recalado en Fernández Oro, desde donde iba a Neuquén a atender sus labores. Años después, hubo muchos peregrinos.

La mayoría de los chacareros, en los setenta, había optado por el cooperativismo. Sus hijos estudiaban primero en otras provincias, más tarde en la flamante UNCO. En las últimas décadas el grueso de las zonas de chacras ha sido loteado: la demanda de vivienda es grande porque los peregrinos no cesaron de llegar al Comahue.

Medio siglo atrás el camino del progreso había arrancado con un lirismo que dejó una estela salpicada de mitos, pero que trocó en palo y zanahoria: una región que salvará algún día a  un país cegado en el fundamentalismo de mercado al que se pretende seguir endeudando a cuenta desde el púlpito de la autocracia maquillada de economicismo.



[i] “El sarrabulho vino en una fuente de barro, de esas color marrón con flores amarillas en relieve,  de tipo popular. Tenía un aspecto repulsivo. En el medio de la fuente había papas doradas en grasa y, alrededor, tocino y mondongo. El conjunto estaba empapado en una salsa marrón que parecía ser vino o sangre cocida; yo no tenía ni la menor idea. ‘Es la primera vez que como una cosa de estas, dije, conozco Portugal hace muchísimos años, lo recorrí de arriba abajo y jamás tuve la osadía de comer este plato; hoy va a ser mi fin, voy a terminar intoxicado.’ (…) Clavé el tenedor en un trozo de cerdo con los  ojos casi cerrados y me lo llevé a la boca. Era delicioso, un bocado de sabor exquisito.”. (A. Tabucchi,  Requiem) https://noticiaslainsuperable.com.ar/2020/05/14/el-amigo-italiano/


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