Hacerse el burro

El potencial de la inestabilidad emerge en La imaginación enferma como vía de escape a la comodidad de los excesos de sentido construidos en el teatro y los relatos sociales.

Por Jorgelina Áster para NLI

No sabemos si Marcelo Savignone habrá pensado en la representación edulcorada de Un enemigo del pueblo que el año pasado permaneció en la cartelera de un teatro oficial por muchas semanas, pero lo cierto es que eligió esa misma obra de Ibsen como disparadora de su propuesta titulada La imaginación enferma.

El drama moderno, burgués o aburguesado, con mucho o poco maquillaje, mantiene su parcela hegemónica aun en nuestros días. Experimentación, exploraciones e innovación más de una vez terminan compartiendo esa parcela que asegura guiar la mirada del espectador hacia el sentido completo, estable o, incluso, perenne.

Asegurar la comprensión, dar cierre, a la postre estabilizar, también puede significar la cristalización de la pasividad. Y ese es el drama que, valga la redundancia, la dramaturgia de Savignone decodifica en la meta-teatralidad que es rasgo esencial de La imaginación enferma, una obra que parte de un texto de Ibsen que, como señaló Jorge Andreadis en “Ibsen sin territorio”, es autor que se desmerece con “el despojo de la dimensión socio-política de su obra, que reclama contextos bien definidos para que el realismo crítico tenga sentido en nuestros días.”.

Y este punto de partida, que es la representación de Un enemigo del pueblo, se quiebra en su andar convencional: aparece el andamiaje que sostiene la ilusión e irrumpe el cuestionamiento, se abandona al Ibsen arqueológico, seguro tras el velo de clásico, y se lo lleva al llano de la territorialidad, a la inestable riqueza de la auténtica dialéctica apariencia-realidad, a los claroscuros de las contradicciones que no se resuelven como una ecuación.

Hay teatro dentro del teatro, sí, pero a la vez un cuestionamiento artístico que atañe al mismo arte, y una manera de incomodar al público en su fuero interno, en implicarlo en la construcción de sentido en el orbe de la incertidumbre intelectual que es imprescindible enfrentar en tiempos de tan profunda impostura política, falsedades de laboratorio social e indolencia.

En el marco actoral de la Compañía Cuerpos, el trabajo del director y actor Marcelo Savignone es pate del “colapso escénico” que propicia la compañía como filosofía artística. Se trata en el fondo de un colapso constructivo, aunque suene contradictorio: la búsqueda de sentido es existencialmente imprescindible, pero hoy por hoy no es posible hallar sus claves sin atravesar tempestades ni temer zozobra mental.

En el camino que va del “no te metás”, el ”yo, argentino” y el voto de confianza a la impostura autocrática, el atajo de hacerse el burro se impuso en forma tácita. Y hacerse el burro también podría implicar la simulación de purificarse en el ritual de un convivio teatral contingente, tranquilizador e inocuo para la burrez del transcurrir sin cuestionarse ni cuestionar.

La imaginación enferma no implosiona la escena ni invalida la tradición teatral. Es, en definitiva, teatro al rescate del contexto, la expectación auténtica y la reflexión más allá del distanciamiento puro y duro o la catarsis entendida como trámite solapado pero impuesto desde un texto dramático  con ornamentos de una dramaturgia gatopardista del sentido.

La riqueza actoral de la obra es notable. El despliegue también. Dice el director: “Vamos de Ibsen a la Commedia dell’arte sin escalas.”. El elenco: Tatiana Sarbia, Leandro Arancio, Milagros Coll, Sofía González Gil, Valentín Mederos, Guido Napolitano, Belén Santos y Marcelo Savignone, que actúa y dirige. Restan dos funciones: los sábados 19 y 26 de este mes a las 16:30 en Teatro del Pueblo, Lavalle 3636, CABA. Ficha técnica completa y reservas, en Alternativa.


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