Nació un 12 de septiembre en Buenos Aires, tuvo una infancia atravesada por la pobreza y la calle, pasó por las inferiores de Boca, fue modelo, actor y terminó convertido en una de las grandes estrellas de la canción romántica latinoamericana de los años 70. Grabó alrededor de 200 canciones, consiguió decenas de discos de oro y platino y cantó en seis idiomas. Pero detrás de “Pequeña y frágil”, “Quizás sí, quizás no” y “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar” había una historia mucho más extraordinaria que la del simple ídolo juvenil.
Por Carlos Alberto Resurgián para NLI

Hubo una época en la que un cantante argentino podía convertirse en una celebridad continental sin redes sociales, sin plataformas de streaming y sin la maquinaria global de las grandes compañías actuales. Bastaban una buena canción, una voz reconocible, una imagen capaz de enamorar a millones y una industria discográfica que todavía sabía fabricar fenómenos populares. En esa Argentina de finales de los años 60 y comienzos de los 70 apareció Sabú, un muchacho porteño que parecía salido de una película y que en pocos años pasó de una infancia marcada por las dificultades a convertirse en uno de los nombres más populares de la canción romántica en América Latina.
Su verdadero nombre era Héctor Jorge Ruiz Saccomano y nació en Buenos Aires el 12 de septiembre de 1951. Algunas biografías ubican su infancia en San Telmo y otras en el vecino Monserrat, dos barrios que por entonces todavía conservaban una fuerte identidad popular y una vida callejera muy distinta de la que conocemos hoy. La muerte de su madre, cuando Jorge tenía apenas seis años, alteró profundamente su vida. Después, cuando su padre volvió a casarse, la convivencia familiar se volvió difícil y él y su hermana Silvia terminaron pasando buena parte de su infancia prácticamente en la calle.
Esa parte de su vida suele quedar tapada por las fotografías del cantante joven, impecablemente vestido, con el pelo perfectamente acomodado y una sonrisa diseñada para las tapas de las revistas. Pero antes de convertirse en Sabú hubo un chico que tuvo que aprender a sobrevivir. Las biografías dedicadas al artista cuentan que trabajó vendiendo diarios, lustrando zapatos, como cadete y también como sereno. No nació en el mundo del espectáculo: llegó a él después de haber conocido bastante de cerca las dificultades de la vida cotidiana. Y antes de descubrir que podía vivir de la música también intentó abrirse camino en otro de los grandes escenarios de la cultura popular argentina: el fútbol.
Jorge Ruiz llegó a integrar las divisiones inferiores de Boca Juniors, mientras paralelamente comenzaba a llamar la atención por su aspecto físico. El fútbol no sería finalmente su profesión, pero aquel paso por las inferiores xeneizes revela algo de la Argentina de aquellos años: para un joven de barrio, el fútbol y el espectáculo podían aparecer como dos caminos posibles para salir adelante. El tercero terminaría siendo la música. Su presencia física lo llevó también al modelaje y durante un tiempo trabajó para Modart, una de las grandes casas de ropa de la época. Allí utilizaba el nombre de Giorgio.
El salto definitivo llegó cuando fue descubierto como cantante. El productor Ricardo Kleiman tuvo un papel fundamental en sus comienzos y el joven Jorge Ruiz terminó adoptando el nombre artístico de Sabú, inspirado en el actor de origen indio que había protagonizado películas como El ladrón de Bagdad. La elección del nombre no fue un detalle menor: comenzaba a construirse un personaje artístico destinado a una industria que entendía perfectamente el poder de la imagen, los nombres fáciles de recordar y las canciones capaces de entrar inmediatamente en el oído del público.
En 1971 llegó uno de sus primeros grandes impactos con “El mundo que inventamos” y ese mismo año apareció también Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar, disco que terminaría asociado para siempre con su imagen. La canción romántica argentina atravesaba entonces un momento de enorme expansión y Sabú encontró rápidamente su lugar entre los intérpretes que podían transformar una balada en un fenómeno de masas. Grabó canciones como “Él o yo”, “Bésame”, “Fugitiva”, “Rosas a Sandra”, “Pequeña y frágil” y “Quizás sí, quizás no”, entre muchas otras.
Su éxito no quedó encerrado en la Argentina. Sabú fue un fenómeno latinoamericano. Grabó canciones en español, francés, inglés, italiano, japonés y portugués y llegó a registrar alrededor de 200 temas. Las fuentes biográficas le atribuyen 27 discos de oro y siete de platino, cifras que permiten dimensionar hasta qué punto había alcanzado una popularidad que hoy resulta difícil de imaginar para un artista argentino de aquella generación.
También fue una figura cinematográfica. En 1971 protagonizó Vuelvo a vivir… vuelvo a cantar, dirigida por Julio Saraceni, y en 1973 apareció en El mundo que inventamos, dirigida por Fernando Siro. En ambas películas compartió pantalla con actores y figuras populares de enorme peso en aquellos años, entre ellos Juan Carlos Altavista, Javier Portales, Ubaldo Martínez y Enrique Liporace. Su carrera, por lo tanto, no se limitaba a la canción: Sabú era parte de una maquinaria de entretenimiento que incluía discos, películas, televisión, revistas, fotografías y presentaciones en vivo.
Y justamente allí aparece una de las claves para entender por qué hoy resulta extraño que un personaje de semejante dimensión haya quedado relativamente desplazado de la memoria cultural argentina. Sabú pertenece a una generación anterior a la consolidación definitiva del rock nacional como gran relato musical argentino. Mientras Almendra, Manal, Los Gatos, Sui Generis, Pescado Rabioso y tantas otras bandas construían otra tradición, Sabú ocupaba otro territorio: el de la canción romántica, las grandes audiencias populares, las revistas, las giras y las melodías que se escuchaban en radios y hogares de toda América.
No era exactamente rock, pero formaba parte de la misma gigantesca transformación de la música popular argentina. El país producía artistas capaces de cruzar fronteras y construir carreras internacionales en una época en la que la industria discográfica latinoamericana tenía un peso cultural enorme. La historia de Sabú permite recuperar esa otra música argentina que muchas veces quedó fuera del relato canónico construido alrededor del rock. Y permite recordar, también, que las generaciones que crecieron en los años 70 no escuchaban una sola clase de música: convivían el rock, la canción romántica, el folklore, el tango, la música tropical y los artistas extranjeros.
A finales de los años 70 Sabú dejó progresivamente la Argentina y comenzó una nueva etapa internacional. Pasó por Puerto Rico y finalmente se instaló en México, donde desarrolló buena parte de su vida posterior. Allí continuó trabajando en la música y en el mundo artístico, aunque su etapa de máxima popularidad ya había quedado atrás. También atravesó momentos personales y profesionales difíciles. Sin embargo, siguió vinculado a sus seguidores y continuó realizando presentaciones en distintos países de América.
En los años 90 volvió a tener actividad discográfica y hacia el final de su vida conservaba especialmente fuerte su vínculo con el público latinoamericano. Una de sus últimas grandes presentaciones fue en Colombia, país donde había construido una relación particularmente intensa con sus seguidores. En 2005 estaba previsto que regresara a Medellín para participar de la Feria de las Flores, pero su salud ya estaba gravemente deteriorada.
Ese año le diagnosticaron un cáncer de pulmón de evolución muy rápida. Había sido operado previamente de dos vértebras cervicales y después de una recaída los estudios detectaron la enfermedad. En octubre fue internado de urgencia en México. Tenía apenas 54 años. Murió el 16 de octubre de 2005, rodeado por su familia.
La imagen final parece salida de una película demasiado sentimental para ser verdadera. Sabú estaba internado en México y llevaba puesta una camiseta que le habían regalado sus admiradores colombianos, con una frase que resumía el vínculo que todavía mantenía con aquel público: “Sabú: en Colombia te amamos, regresa pronto”. No llegó a regresar.
Había pasado de dormir en parques y trabajar para sobrevivir a llenar escenarios en América Latina. Había sido futbolista frustrado, modelo, cantante, actor y estrella internacional. Había grabado en seis idiomas y conseguido una colección de discos de oro y platino que hoy resulta impresionante. Y, sin embargo, cuando se repasan las grandes historias de la música argentina del siglo XX, su nombre suele aparecer mucho menos de lo que merecería.
Quizás porque la memoria musical también tiene sus modas. El rock nacional construyó su propio canon y terminó ocupando el centro del relato cultural argentino, mientras artistas populares de otros géneros quedaron relegados a las fotografías antiguas, a las radios de nostalgia y a la memoria de quienes los escucharon en su juventud. Pero recuperar a Sabú no significa discutirle nada a nadie. Significa recordar que la música argentina fue mucho más grande y diversa que cualquier canon.
Hoy, cuando una canción de Sabú reaparece en alguna radio, en una plataforma digital o en un video compartido por alguien que todavía conserva aquel recuerdo, vuelve también una parte de aquella Argentina. La del vinilo, la radio familiar, las revistas de espectáculos, los cines de barrio y las canciones que podían convertirse en himnos sentimentales de una generación.
Sabú murió en México, pero el pibe que alguna vez salió de las calles de Buenos Aires para convertirse en una estrella nunca dejó de pertenecer a esta ciudad. Y quizás ese sea el verdadero motivo para recordarlo cada 12 de septiembre: no solamente porque nació ese día de 1951, sino porque su historia demuestra que detrás de muchas de las voces que alguna vez parecieron eternas hubo hombres y mujeres que llegaron desde lugares inesperados, atravesaron dificultades enormes y consiguieron, aunque fuera durante unos años, algo que muy pocos alcanzan: hacer que millones de personas cantaran sus canciones.
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