Hace apenas un mes, Javier Milei celebraba eufórico el 0,8% de inflación mayorista y lo presentaba como una confirmación de su relato económico. Ahora el mismo índice trepó al 2,1%, acumuló 19,1% en ocho meses y 29,8% interanual. El petróleo y el gas empujaron la suba, pero el dato político es todavía más incómodo: el Presidente convirtió una cifra aislada en una bandera y apenas treinta días después la realidad volvió a pasarle por encima al discurso oficial.
Por Luis Bulnes Valdez para NLI

Hay algo que se está convirtiendo en una costumbre del gobierno de Javier Milei: festejar una cifra, convertirla en una prueba definitiva del éxito de su programa económico y esperar que nadie mire qué ocurre al mes siguiente. En julio había un número perfecto para la propaganda oficial: el Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) había aumentado apenas 0,8%. Milei no dejó pasar la oportunidad y salió a celebrar en redes sociales: “Y al final julio empezó con cero… Inflación mayorista = 0,8%. Ciao!”. El Presidente encontraba así una nueva pieza para su relato de una inflación supuestamente domesticada y de una economía que, según su propia narrativa, avanzaba inexorablemente hacia la estabilidad.
Duró un mes. El INDEC acaba de informar que en agosto los precios mayoristas aumentaron 2,1%, nada menos que 1,3 puntos porcentuales por encima del registro de julio. Es decir: aquello que Milei había convertido en motivo de celebración volvió a comenzar con un dos. El IPIM acumuló además 19,1% en los primeros ocho meses de 2026 y 29,8% durante los últimos doce meses. El dato no significa que Argentina haya regresado a los niveles de inflación de los peores momentos de la crisis, pero sí pulveriza la pretensión de presentar aquel 0,8% como la confirmación de una tendencia automática e irreversible.
Y ahí aparece el problema político del festejo presidencial. Milei no se limitó a informar un dato estadístico: lo transformó en una victoria personal. El 0,8% fue utilizado como evidencia de que su pronóstico se estaba cumpliendo, como si una medición mensual pudiera funcionar como certificado de éxito definitivo. Ahora, cuando el mismo indicador pega un salto hasta el 2,1%, el Gobierno queda obligado a explicar aquello que durante semanas prefirió no explicar: que una cosa es exhibir una cifra favorable y otra muy diferente es conseguir una estabilización sostenida de los precios.
El Presidente que festeja cuando baja y cambia de tema cuando sube
Hay una ironía adicional. Milei originalmente había hablado de la inflación minorista cuando pronosticó que el índice comenzaría con cero. En marzo había planteado que esperaba que para agosto la inflación minorista “arranque con 0”. Cuando llegó julio y el IPIM marcó 0,8%, el Presidente tomó el dato mayorista y lo convirtió en una suerte de comprobación de aquella predicción. Pero el IPC y el IPIM son indicadores diferentes y no pueden utilizarse indistintamente. El primero mide la evolución de una canasta de bienes y servicios consumidos por los hogares; el segundo refleja los precios internos mayoristas.
La diferencia es importante porque el 0,8% mayorista de julio convivía con una inflación minorista del 2,1%. Para millones de argentinos, por lo tanto, aquella supuesta victoria presidencial no significaba que el changuito, el alquiler, los servicios o los gastos cotidianos hubieran aumentado apenas 0,8%. El Gobierno podía celebrar el índice que le resultaba más conveniente, pero las familias seguían enfrentando otra dinámica de precios.
Ahora incluso ese indicador que había servido para la celebración presidencial volvió a acelerarse. El IPIM pasó de 0,8% a 2,1% en apenas un mes. La estadística que Milei utilizó para construir una escena de triunfo terminó convirtiéndose en una evidencia incómoda de que la economía real no funciona al ritmo de los slogans presidenciales.
Y esto es justamente lo que el discurso libertario suele intentar borrar: los números económicos no son una competencia de memes presidenciales. No alcanza con encontrar un mes favorable, publicarlo en redes y declararse vencedor. La inflación se mide en series, acumulados y tendencias. Se observa durante meses y años. Y cuando un índice acelera de 0,8% a 2,1%, hay que explicar la aceleración, no hacer de cuenta que el 0,8% fue una verdad eterna.
Petróleo, importados y una economía expuesta
El informe del INDEC señala que el aumento de agosto estuvo impulsado, entre otros factores, por el comportamiento de los precios del petróleo crudo y el gas. También resulta significativo que los productos importados hayan aumentado 2,9%, por encima del 2,1% registrado por el conjunto del índice.
El dato permite observar otra de las contradicciones del modelo económico. El Gobierno de Milei construyó buena parte de su discurso alrededor de la apertura, la competencia externa y la idea de que la importación funciona como mecanismo disciplinador de los precios. Sin embargo, cuando aumentan los costos internacionales, esa misma estructura puede trasladar rápidamente las variaciones externas al mercado interno. La economía argentina no vive en una burbuja aislada del mundo: energía, insumos, bienes importados y costos productivos tienen incidencia sobre los precios internos.
El 2,1% mayorista tampoco aparece de la nada. El IPIM había registrado 5,2% en abril, 2,5% en mayo, 1,1% en junio y 0,8% en julio. La secuencia descendente había sido utilizada como argumento para mostrar que la política económica estaba consiguiendo una desaceleración sostenida. Agosto interrumpió esa trayectoria y llevó nuevamente la variación mensual por encima del 2%.
Esto es lo que el Gobierno debería discutir seriamente en lugar de fabricar triunfos comunicacionales: qué mecanismos tiene para evitar que los repuntes de costos vuelvan a trasladarse a los precios y cuánto de la supuesta estabilización depende de factores transitorios, del ancla cambiaria, de la recesión o de la contracción de la demanda. Una economía puede mostrar una inflación menor mientras destruye consumo, deteriora ingresos y comprime actividad. La cifra, por sí sola, no cuenta toda la historia.
La realidad vuelve a tocar la puerta de Balcarce 50
El problema para Milei es que su propia retórica elevó la vara de la discusión. Fue él quien decidió transformar cada dato favorable en una prueba de que su programa estaba funcionando. Fue él quien convirtió el 0,8% en una celebración pública. Fue él quien escribió “Ciao!” como si la inflación hubiera sido definitivamente derrotada.
Ahora el índice dice 2,1%.
No significa que la inflación haya vuelto a los niveles de la hiperinflación ni que un solo mes permita decretar el fracaso de toda una política económica. Pero sí significa que aquel triunfalismo presidencial quedó rápidamente envejecido. Y cuando se suma el 19,1% acumulado en ocho meses y el 29,8% interanual, la fotografía deja de parecerse bastante menos a la epopeya libertaria que Milei suele contar desde sus redes sociales.
Hay algo todavía más profundo en esta escena. El Gobierno necesita desesperadamente que cada número sea presentado como una victoria, porque buena parte de su legitimidad política está construida sobre la promesa de que el sacrificio presente desembocará en una estabilidad futura. Cada vez que aparece una cifra favorable, el Presidente la convierte en confirmación de su teoría. Cada vez que aparece un dato incómodo, la discusión tiende a desplazarse hacia otra variable, otro período o alguna explicación externa.
Pero los precios tienen la desagradable costumbre de no leer Twitter.
El mes pasado Milei festejaba que la inflación mayorista “empezaba con cero”. Este mes empieza con dos. El Presidente había encontrado en aquel 0,8% una oportunidad para proclamar que la realidad comenzaba a darle la razón. Treinta días después, el INDEC le devuelve una cifra que destruye aquella puesta en escena.
La economía no se gobierna con exclamaciones en redes sociales. Y mucho menos se estabiliza a fuerza de declarar victorias antes de tiempo. Mientras Milei celebra cada pequeño descenso como si hubiera refundado la economía argentina, los números siguen mostrando una realidad bastante más incómoda: los precios continúan subiendo, el acumulado sigue siendo elevado y la supuesta línea recta hacia la estabilidad acaba de recibir otro golpe.
El 0,8% que Milei convirtió en bandera ya es historia. El 2,1% está en el presente. Y esta vez, Presidente, el cero se terminó.
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Imaginemos a este mandatario y su ministro de economía, subiendo a los dos en el 🚘 , y los llevamos a recorrer parte de los barrios porteños, en este caso, pero, previamente, llevamos tickets de compra de alimentos de uno y dos meses anteriores para que tomen nota. Hagan el valor, no son ignorantes; es propio de un plan sistemático ordenado. Todo tiene un plazo. Es sólo cuestión de tiempo 😎
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