El 19 de septiembre de 1834 nacía José Hernández, el periodista, político y escritor que terminaría escribiendo el Martín Fierro. Pero detrás del personaje que la escuela convirtió en “el autor del poema nacional” hubo mucho más: un periodista combativo, un hombre atravesado por las guerras civiles, un dirigente que defendió el federalismo y, sobre todo, un escritor que utilizó la literatura para contar qué ocurría con los hombres enviados a la frontera y abandonados por el Estado. El libro que hoy se lee como una pieza fundacional de la identidad argentina nació, en buena medida, como una intervención política.
Por Alcides Blanco para NLI

Hay aniversarios que parecen destinados a repetirse sin que nadie vuelva a hacerse demasiadas preguntas. José Hernández es uno de ellos. Cada vez que llega el 19 de septiembre reaparecen las mismas palabras: Martín Fierro, gaucho, tradición, poema nacional, identidad argentina. Todo es cierto, pero también insuficiente. Porque antes de convertirse en una estatua, en una calle, en una escuela o en una lectura obligatoria, Hernández fue un hombre que escribió desde un conflicto concreto y que entendió algo que no siempre resulta cómodo recordar: la literatura también puede ser una forma de discutir quién tiene derecho a contar la historia de un país.
José Rafael Hernández y Pueyrredón nació el 19 de septiembre de 1834 en el entonces partido de San Martín, en la provincia de Buenos Aires. Su infancia estuvo vinculada al ámbito rural y a la campaña bonaerense, experiencia que luego tendría una importancia decisiva en su obra. Pero Hernández no quedó encerrado en ese mundo. Fue periodista, militar, legislador y dirigente político, y atravesó algunos de los conflictos más violentos de la Argentina del siglo XIX.
Su vida transcurrió durante una época en la que la organización nacional todavía estaba lejos de ser una cuestión resuelta. Buenos Aires y las provincias disputaban poder, los antiguos enfrentamientos entre unitarios y federales no habían desaparecido y la construcción del Estado nacional tenía un costo humano que podía verse especialmente en la campaña y en la frontera. El gaucho que aparecería después en sus versos no era todavía una figura folclórica: era un trabajador rural, un soldado de frontera, un perseguido por las autoridades y, muchas veces, un hombre atrapado entre las necesidades militares del Estado y la precariedad de su propia existencia.
Antes del poema estuvo el periodista
Hernández comenzó a desarrollar su actividad periodística muy joven. Escribió en distintos periódicos y utilizó la prensa como espacio de intervención política. Esa experiencia es fundamental para entender el Martín Fierro, porque el poema no apareció de la nada ni fue simplemente producto de una inspiración literaria.
En 1872 publicó El gaucho Martín Fierro, y desde sus primeros versos el libro presentó la historia de un hombre al que el Estado incorpora compulsivamente a la frontera, le quita su vida anterior y finalmente lo deja en una situación de marginalidad y persecución. La historia de Fierro no era exactamente un tratado político, pero la denuncia política estaba incorporada a la trama.
El protagonista comienza recordando su vida anterior, su familia y su trabajo, y rápidamente aparece la ruptura. Lo llevan a la frontera, donde descubre que el Estado que exige su sacrificio no necesariamente cumple con las obligaciones que tiene hacia él. El gaucho aparece sometido a abusos, hambre, violencia y arbitrariedades. Cuando intenta regresar, ya no encuentra el mundo que había dejado.
Ese mecanismo es una de las claves de la obra: el problema no es solamente la pobreza del gaucho, sino la distancia entre el Estado que lo utiliza y la sociedad que después lo castiga por haber quedado fuera de ella.
Hernández estaba escribiendo sobre su presente.
No hacía falta convertir a Fierro en un héroe perfecto. De hecho, el personaje está lleno de contradicciones y también ejerce violencia. Esa complejidad es precisamente una de las razones por las que el poema sobrevivió como algo mucho más grande que un panfleto político. Fierro no es simplemente “el bueno” enfrentado con “los malos”. Es un hombre que se va deteriorando a medida que pierde los vínculos que organizaban su existencia.
Y allí aparece una de las grandes intuiciones de Hernández: cuando una sociedad destruye las condiciones que permiten a una persona vivir dentro de ella, después resulta muy sencillo llamar “marginal” al hombre que esa misma sociedad expulsó.
De denuncia a mito nacional
La primera parte tuvo un éxito extraordinario. El libro circuló ampliamente y llegó a públicos que no necesariamente pertenecían al mundo literario. Eso también era significativo. Hernández no había escrito pensando únicamente en los lectores cultos de Buenos Aires. Había elegido deliberadamente una forma poética vinculada con la oralidad, el habla rural y la tradición de los payadores.
El resultado fue una operación cultural extraordinaria: una historia sobre un gaucho podía ser leída por personas que conocían ese mundo y, al mismo tiempo, terminar incorporándose al canon literario de las elites que durante mucho tiempo habían mirado con desconfianza a la cultura popular rural.
En 1879 apareció La vuelta de Martín Fierro. Para entonces el país había cambiado y también había cambiado Hernández. La segunda parte presenta a un Fierro menos rebelde y más interesado en transmitir consejos y experiencias. El famoso encuentro con sus hijos y con el hijo de Cruz transforma el poema en algo diferente: ya no solamente cuenta una historia individual, sino que empieza a construir una suerte de legado.
Es allí donde ocurre la transformación definitiva.
Martín Fierro deja de ser solamente un perseguido y comienza a convertirse en una voz que habla sobre la Argentina.
Esa transformación explica buena parte de su permanencia. El libro permite ser leído como literatura gauchesca, como documento histórico, como intervención política, como reflexión moral y como construcción de identidad. Cada época encuentra allí algo distinto.
Durante el siglo XX, además, el personaje fue apropiado por diferentes sectores culturales y políticos. Algunos lo interpretaron como símbolo del hombre de campo; otros como expresión de la resistencia frente al poder; otros como representación de una identidad argentina tradicional. La disputa alrededor de Fierro terminó siendo, en cierta medida, una disputa sobre qué Argentina quería reconocerse en él.
El gaucho que sobrevivió a su época
José Hernández murió en Buenos Aires el 21 de octubre de 1886, apenas cincuenta y dos años después de su nacimiento. Para entonces, la Argentina que había conocido durante su juventud ya era profundamente distinta. El Estado nacional estaba más consolidado, la expansión territorial había avanzado y la sociedad argentina comenzaba a transformarse aceleradamente con la inmigración y el crecimiento de las ciudades.
El gaucho real, mientras tanto, estaba desapareciendo como protagonista central del paisaje rural.
Y allí aparece una de las paradojas más interesantes de la historia del Martín Fierro: cuando el mundo social que había producido al personaje comenzó a desaparecer, el personaje empezó a convertirse en mito.
La Argentina terminó convirtiendo al gaucho en símbolo nacional después de que buena parte de las condiciones sociales que habían definido su existencia hubieran sido transformadas. El hombre concreto, con sus conflictos, sus trabajos precarios, sus enfrentamientos con la autoridad y sus contradicciones, fue progresivamente reemplazado por una imagen más ordenada: el gaucho como representante de la tradición, del campo y de una determinada idea de argentinidad.
Pero releer a Hernández permite recuperar algo que la postal tradicional suele ocultar.
El Martín Fierro no nació para decorar una peña folklórica. Nació en medio de una discusión sobre el poder, la ciudadanía, la frontera, el trabajo y el lugar que el Estado reservaba para determinados sectores de la sociedad.
Por eso sigue siendo un libro incómodo cuando se lo lee completo.
Fierro habla de la pobreza, del abuso de autoridad, de la arbitrariedad judicial, de la guerra, de la frontera y de la exclusión. Habla también de la violencia ejercida por quienes quedan fuera de la ley. Y habla de una sociedad que pretende integrar a determinados hombres solamente cuando necesita utilizarlos.
En ese sentido, Hernández fue mucho más que el poeta que escribió unos versos famosos sobre el gaucho. Fue un periodista que convirtió una disputa política en literatura y un escritor que consiguió que una denuncia circunstancial terminara formando parte de la memoria argentina.
Quizás por eso el Martín Fierro continúa siendo leído casi un siglo y medio después de su publicación. Porque detrás de la guitarra, el poncho, la payada y las frases que aprendimos de memoria existe una pregunta que nunca terminó de desaparecer: qué ocurre con aquellos a quienes una sociedad necesita cuando llega la hora de trabajar, combatir o sacrificarse, pero deja de considerar necesarios cuando llega el momento de repartir derechos y reconocimiento.
El 19 de septiembre, entonces, puede ser mucho más que el aniversario del nacimiento de un escritor. Puede ser la oportunidad de volver a mirar a José Hernández antes de que la estatua lo convierta definitivamente en personaje.
Porque Hernández no escribió solamente sobre un gaucho.
Escribió sobre un país que todavía estaba tratando de decidir quiénes serían sus ciudadanos.
Y quizá ésa sea la razón por la que, tantos años después, Martín Fierro siga teniendo algo que decirnos.
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