El argentino que desafió al cielo: la increíble historia del hombre que decía tener una máquina para hacer llover

En 1938, mientras una parte de la Argentina discutía cómo enfrentar las sequías, un ingeniero entrerriano apareció con una afirmación que parecía salida de una novela: había construido un aparato capaz de provocar lluvia. Se llamaba Juan Baigorri Velar. La prensa lo bautizó “el mago de la lluvia”, el director de Meteorología lo trató de farsante y él respondió mandándole un paraguas con una fecha escrita. Días después, Buenos Aires amaneció bajo un temporal. Nunca pudo demostrarse que la máquina funcionara. Pero tampoco la historia terminó de morir.

Por Alcides Blanco para NLI

Hay personajes que la historia argentina parece haber decidido esconder en un cajón de curiosidades, quizá porque resultan demasiado extraordinarios para encajar cómodamente en una explicación racional. Juan Baigorri Velar es uno de ellos. Ingeniero nacido en Concepción del Uruguay en 1891, formado en el Colegio Nacional de Buenos Aires y especializado en geofísica en la Universidad de Milán, había trabajado en distintos países estudiando el suelo y realizando tareas vinculadas con la exploración petrolera. En 1929, incluso, fue convocado por Enrique Mosconi para incorporarse a YPF. Nada en esa trayectoria hacía pensar que terminaría convertido en uno de los personajes más extraños de la Argentina de los años treinta: un hombre que aseguraba haber descubierto cómo hacer llover.

La historia comenzó con investigaciones sobre electromagnetismo y condiciones del subsuelo. Baigorri sostenía que había desarrollado un dispositivo capaz de emitir determinadas ondas electromagnéticas y que esas emisiones podían alterar las condiciones atmosféricas hasta producir precipitaciones. El aparato, según sus propias descripciones, cabía aproximadamente en una caja del tamaño de un televisor pequeño y tenía antenas que utilizaba para emitir las señales. No era un improvisado que hubiera encontrado un botón misterioso en un galpón: tenía formación científica, experiencia profesional y conocimientos técnicos. El problema era otro, bastante más difícil de resolver: nadie podía comprobar que su teoría fuera cierta.

El paraguas que se convirtió en desafío

A fines de 1938, Baigorri decidió hacer algo que hoy resultaría perfectamente reconocible en cualquier época de redes sociales: llevar la discusión científica a los medios y desafiar públicamente a quienes se burlaban de él. El director del Servicio Meteorológico Nacional, Alfredo Galmarini, cuestionaba abiertamente la seriedad de su procedimiento. La discusión llegó a los diarios y Baigorri aceptó el desafío de demostrar públicamente que podía hacer llover.

La respuesta fue digna de un personaje de película. A través del diario Crítica anunció que regalaría una lluvia a Buenos Aires y, como si todavía faltara una vuelta de tuerca, le mandó un paraguas al propio Galmarini. La tarjeta que acompañaba el regalo tenía una frase tan sencilla como provocadora: “Para que lo use el 2 de enero”. El episodio fue recogido por la prensa y convirtió al ingeniero en una celebridad.

La fecha llegó y ocurrió algo que alimentaría la leyenda durante décadas. Después de jornadas de calor y cambios en la nubosidad, Buenos Aires terminó bajo una fuerte tormenta. Los diarios siguieron el fenómeno y Baigorri sostuvo que había cumplido con su promesa. Para sus seguidores, la coincidencia resultaba demasiado perfecta para ser casualidad. Para sus detractores, que lloviera después de que alguien lo anunciara no demostraba absolutamente nada.

La discusión, en realidad, sigue siendo la parte más fascinante de la historia. Porque la lluvia ocurrió; lo que jamás pudo probarse es que la haya producido Baigorri.

El hombre que llegó con su máquina a las zonas de sequía

Después del episodio porteño, la historia adquirió una dimensión todavía mayor. Baigorri comenzó a ser convocado para probar su procedimiento en regiones afectadas por la falta de agua. Una de las más conocidas fue Santiago del Estero. También estuvo vinculado con experiencias en Carhué y la zona de Epecuén, donde las condiciones meteorológicas y el nivel de la laguna convirtieron sus supuestos éxitos en parte de la memoria local. El Museo Dr. Adolfo Alsina conserva documentación periodística de aquella época y advierte, además, que algunas versiones posteriores exageraron la duración de las sequías y otros detalles de los episodios.

En Epecuén, por ejemplo, una fuerte lluvia posterior a la intervención de Baigorri quedó incorporada a la leyenda del lugar. Las fuentes locales reconstruyen que había trabajado durante varios días y dejado sus equipos instalados antes de retirarse. Después llegó una importante precipitación. Décadas más tarde, la historia continuaba formando parte del patrimonio oral de Carhué y Epecuén, aunque los propios investigadores locales llaman a tomar con cautela algunas de las versiones que circularon posteriormente.

El episodio revela algo interesante sobre la Argentina de aquellos años. La sequía no era una cuestión abstracta ni una estadística meteorológica: podía decidir el destino de una cosecha, una estancia, un pueblo entero. En ese contexto, alguien que apareciera prometiendo una tecnología capaz de fabricar lluvia podía ser visto simultáneamente como un genio, un charlatán o un salvador.

Baigorri se convirtió en las tres cosas según quién contara la historia.

¿Genio, visionario o un hombre que tuvo suerte?

La pregunta permanece porque nunca apareció una demostración científica reproducible que permitiera establecer que su máquina podía generar precipitaciones. Baigorri no quiso revelar el funcionamiento completo de su aparato y tampoco dejó planos que permitieran reconstruirlo con certeza. Esa decisión terminó siendo fatal para la credibilidad científica de su invento: sin mecanismo verificable, sin controles experimentales independientes y sin resultados reproducibles, las lluvias podían atribuirse a la coincidencia de las condiciones atmosféricas.

Investigadores y especialistas posteriores han señalado precisamente ese problema. Una posibilidad es que el aparato no produjera lluvia sino que, eventualmente, detectara determinadas condiciones electromagnéticas asociadas con fenómenos meteorológicos. Otra explicación mucho más sencilla es el conocido sesgo de confirmación: recordar las veces en que llovió después de encender el aparato y olvidar aquellas en las que no ocurrió nada.

Pero hay una circunstancia que mantiene viva la historia: Baigorri no parecía un ignorante que hubiera confundido una nube con un descubrimiento científico. Tenía formación universitaria, había trabajado en geofísica y conocía perfectamente el lenguaje de la ciencia. Su aparato existió, fue fotografiado y fue mostrado públicamente. El Archivo General de la Nación conserva incluso una imagen de diciembre de 1938 en la que aparece Baigorri junto a la famosa máquina en su casa de Villa Luro.

Eso hace que la historia sea mucho más interesante que una simple fábula sobre un supuesto inventor.

Porque no sabemos exactamente qué creyó Baigorri que había descubierto.

Y tampoco sabemos si él mismo tenía completamente claro qué estaba ocurriendo.

La última lluvia

La fama no duró para siempre. Después de sus demostraciones de fines de los años treinta, Baigorri continuó con su vida profesional y durante la década siguiente volvió a ser convocado en distintos lugares. A comienzos de los años cincuenta llegó incluso a trabajar nuevamente para funcionarios del Gobierno interesados en su supuesto método. Afirmó haber conseguido lluvias en San Juan, Córdoba y La Pampa, pero progresivamente dejó de ser convocado.

Con el tiempo se recluyó cada vez más. Nunca entregó el secreto de su máquina y terminó llevándose consigo aquello que decía saber. Murió en Buenos Aires el 24 de marzo de 1972, a los 81 años, prácticamente olvidado por el gran público. El aparato tampoco apareció. Su casa ya no existe y nadie pudo reconstruir con certeza qué había dentro de aquella caja con antenas que había fascinado a la Argentina de los años treinta.

Hay una ironía final que parece escrita por un guionista demasiado afecto a los finales perfectos: el día de su muerte, en Buenos Aires, llovió. El dato aparece repetido en las reconstrucciones posteriores de su historia, aunque naturalmente no constituye ninguna prueba de nada. Apenas una coincidencia final demasiado tentadora como para que los cronistas dejaran de contarla.

Quizá esa sea la razón por la que Baigorri Velar sigue resultando fascinante casi un siglo después. No porque podamos afirmar que inventó una máquina para hacer llover —no existe evidencia científica suficiente para sostenerlo— sino porque su historia muestra una Argentina que también estaba obsesionada con inventar, experimentar y encontrar soluciones propias a problemas concretos. En un país atravesado por sequías, falta de infraestructura y enormes distancias, la aparición de un ingeniero que aseguraba poder fabricar lluvia podía despertar tanto entusiasmo como incredulidad.

Baigorri murió sin revelar el secreto, la máquina desapareció y la ciencia nunca pudo validar su teoría. Pero durante un tiempo consiguió algo que quizá ningún meteorólogo haya logrado con semejante eficacia: hizo que Buenos Aires entero mirara hacia arriba esperando que un hombre cumpliera su palabra.

Y eso, casi noventa años después, sigue siendo una extraordinaria historia argentina.


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1 comentario

  1. ME EXTRAÑA Uds. QUE SE DICEN «NAC-POP» NO PONGAN NI PIO DEL HOMBRE QUE CAMBIO LA HISTORIA: EL GRAL. PERON.-

    El gobierno de Juan Domingo Perón contrató y dio apoyo oficial al geofísico e inventor argentino Juan Baigorri Velar, popularmente conocido por crear la supuesta «máquina de hacer llover».

    • Apoyo oficial: Durante el gobierno de Perón, ante graves crisis de sequía que castigaban regiones productivas del país, el Estado recurrió al inventor.
    • El caso de Caucete: Uno de los operativos más recordados ocurrió en enero de 1952, cuando el Gobierno envió a Baigorri Velar a la localidad de Caucete, en la provincia de San Juan, para combatir una prolongada sequía. Según las crónicas de la época, tras activar el dispositivo se registraron lluvias copiosas en la zona, lo que agigantó su fama mítica entre el escepticismo científico y la fascinación popular.
    • LAMENTABLEMENTE, COMO CASI TODO GENIO, BAIGORRI ESTABA MUY PIANTADO, Y SE NEGO A ENTREGAR SU INVENTO AL ESTADO.- EL GOBIERNO DE PERON LO HUBIERA PRODUCIDO MASIVAMENTE, ARGENTINA HUBIERA SIDO UNA ESTRELLA ENTRE LAS NACIONES.-

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