El 28 de septiembre de 1966, 18 argentinos desviaron un avión de Aerolíneas Argentinas y llegaron a las Islas Malvinas. Izaron banderas argentinas y permanecieron allí durante unas 36 horas. La historia del Operativo Cóndor.
Por Alcides Blanco para NLI

El 28 de septiembre de 1966, apenas tres meses después del golpe de Estado que había derrocado al presidente Arturo Illia e instalado al general Juan Carlos Onganía al frente de la llamada “Revolución Argentina”, un grupo de 18 jóvenes argentinos tomó el control de un avión de Aerolíneas Argentinas y lo desvió hacia las Islas Malvinas. Eran 17 hombres y una mujer, vinculados en su mayoría al nacionalismo y al peronismo, y estaban encabezados por Dardo Cabo, un joven dirigente de 25 años. Entre ellos también se encontraba María Cristina Verrier, periodista y dramaturga de 27 años. El objetivo que habían decidido llevar adelante no era obtener un rescate ni provocar una batalla: querían llegar a las islas, izar la bandera argentina y realizar una acción pública de reivindicación de la soberanía nacional sobre un territorio que la Argentina considera propio y que se encuentra bajo ocupación británica desde 1833. La operación, que pasaría a la historia como Operativo Cóndor, duró alrededor de 36 horas, no produjo un enfrentamiento armado y terminó con la entrega de los integrantes del comando, pero dejó una imagen que recorrería el país y el mundo: varias banderas argentinas flameando en las islas dieciséis años antes de la guerra de 1982.[1]
Una operación nacida en un país bajo dictadura
Para comprender el significado del Operativo Cóndor es necesario situarlo en el clima político de 1966. La Argentina atravesaba una profunda crisis institucional. El 28 de junio de ese año, las Fuerzas Armadas habían derrocado a Arturo Illia, disuelto el Congreso, intervenido las provincias y suspendido la actividad de los partidos políticos. Onganía asumió con la promesa de construir un nuevo orden político sin plazos electorales definidos. Pocos meses después llegaría también la intervención de las universidades y la violenta represión de la llamada Noche de los Bastones Largos. En ese escenario de proscripción y autoritarismo, la cuestión Malvinas ocupaba un lugar particular dentro de la tradición política argentina. El reclamo de soberanía sobre las islas no pertenecía exclusivamente a un partido: formaba parte de una política de Estado que atravesaba gobiernos de distintas orientaciones. Apenas unos meses antes del Cóndor, además, la Asamblea General de las Naciones Unidas había aprobado la Resolución 2065, que reconocía la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e invitaba a ambos países a negociar una solución pacífica.[2] Los integrantes del comando conocían ese contexto internacional, pero eligieron una vía radicalmente diferente de la diplomacia: querían producir un hecho concreto, visible y simbólico que llevara la bandera argentina hasta las islas.
La planificación estuvo encabezada por Dardo Cabo, periodista, dirigente nacionalista y militante peronista, hijo del histórico dirigente sindical Armando Cabo. Junto a él participó María Cristina Verrier, periodista y autora teatral, que había desarrollado una investigación sobre Malvinas y se encontraba profundamente vinculada con la reivindicación de la soberanía argentina. El grupo reunió a jóvenes procedentes de distintos ámbitos políticos, sindicales y estudiantiles. Entre los integrantes se encontraban Alejandro Giovenco, Juan Carlos Rodríguez, Pedro Tursi, Andrés Castillo, Norberto Karasiewicz, Juan Bovo, Pedro Bernardini, Víctor Chazarreta, Luis Caprara, Edelmiro Navarro, Fernando Aguirre, Fernando Lisardo, Edgardo Salcedo, Aldo Ramírez y otros militantes que compartían el objetivo de llevar adelante una acción que, en su concepción, debía ser fundamentalmente política y simbólica.[1] La elección del nombre tampoco fue casual: Operativo Cóndor, una denominación asociada con la idea de recuperar un territorio considerado parte de la nación argentina, condensaba el espíritu nacionalista de la empresa.
El avión que cambió de rumbo

El vehículo elegido fue un Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas, identificado como LV-AGG y bautizado “Teniente Benjamín Matienzo”. El vuelo debía cubrir la ruta entre Buenos Aires y Río Gallegos. Los integrantes del comando abordaron el avión como pasajeros comunes y mantuvieron en secreto su verdadero propósito. Una vez en vuelo, tomaron el control de la aeronave y obligaron al comandante Ernesto Fernández García a modificar el rumbo. El destino ya no sería Río Gallegos: sería Port Stanley, capital de las Islas Malvinas bajo administración británica. La operación tenía un riesgo evidente. El grupo podía ser detenido al llegar, podía producirse un enfrentamiento con las autoridades británicas o incluso podía ocurrir un accidente durante el aterrizaje, porque los integrantes del comando no disponían de experiencia para operar en las particulares condiciones de las islas. Sin embargo, el avión consiguió aterrizar y los 18 argentinos lograron poner pie en suelo malvinense el 28 de septiembre de 1966.[1]
Una vez en tierra, los integrantes del grupo ocuparon posiciones alrededor del avión, desplegaron banderas argentinas y dieron a conocer una proclama en la que afirmaban el carácter argentino de las islas. El lugar fue rebautizado simbólicamente como Puerto Rivero, en homenaje a Antonio Rivero, el gaucho que en 1833 encabezó una rebelión contra las autoridades británicas instaladas luego de la ocupación del archipiélago.[3] La elección de Rivero tenía un significado evidente: los jóvenes buscaban inscribir su propia acción dentro de una genealogía de resistencia argentina a la presencia británica en las islas. No pretendían, sin embargo, establecer una administración permanente ni iniciar una guerra. Su propósito consistía en permanecer allí, exhibir la bandera y convertir la acción en un acontecimiento político. El pequeño grupo quedó rápidamente rodeado por las autoridades locales y por efectivos británicos, pero durante las primeras horas no se produjo un combate. La tensión fue enorme, porque cualquier disparo podía transformar una acción simbólica en un enfrentamiento internacional.
Treinta y seis horas con la bandera argentina
La situación fue finalmente encauzada mediante la intervención del padre Rodolfo Roel, sacerdote católico que ejercía como párroco en las islas. La Iglesia intervino como mediadora entre los integrantes del comando, la tripulación del avión y las autoridades británicas. Los jóvenes aceptaron negociar una salida que evitara el derramamiento de sangre. Durante su permanencia en las islas se celebró una misa en el interior del avión y los integrantes del comando entonaron el Himno Nacional Argentino frente a las banderas que habían colocado en el lugar. Según la reconstrucción realizada por la Biblioteca Nacional, las banderas permanecieron izadas durante aproximadamente 36 horas, mientras las autoridades buscaban una solución que permitiera terminar con la situación sin convertirla en un conflicto armado.[1] Finalmente se acordó que los integrantes del comando entregarían sus armas y quedarían bajo custodia de la Iglesia antes de ser trasladados nuevamente al continente. Dardo Cabo sostuvo posteriormente que no consideraba que el grupo se hubiera rendido ante las autoridades británicas, sino que había aceptado una mediación de la Iglesia y reconocido la autoridad argentina representada por el comandante del avión y posteriormente por el gobernador de Tierra del Fuego e Islas Malvinas.[3]
La repercusión del episodio fue inmediata. En la Argentina, la noticia ocupó las primeras páginas de los diarios y tuvo una cobertura particularmente intensa por parte de Crónica, cuyo director, Héctor Ricardo García, siguió el episodio y posteriormente publicó su propio relato de los acontecimientos. La imagen de las banderas argentinas flameando en las islas tenía una enorme potencia política y periodística. Pero el episodio también colocó al gobierno de Onganía frente a una situación incómoda: el régimen militar sostenía oficialmente el reclamo argentino sobre Malvinas, pero no podía permitir que una organización política actuara de manera independiente y llevara adelante una operación internacional sin autorización estatal. Los protagonistas, además, pertenecían en buena medida a sectores nacionalistas y peronistas que se encontraban políticamente enfrentados con el régimen. La reivindicación de la soberanía argentina sobre Malvinas podía ser compartida por el Estado, pero la acción autónoma de los militantes resultaba políticamente inadmisible para una dictadura que pretendía monopolizar la representación nacional.
El regreso y las consecuencias
Después de aproximadamente un día y medio de permanencia en las islas, los integrantes del Cóndor fueron trasladados nuevamente al continente y quedaron detenidos. El proceso judicial se desarrolló en Bahía Blanca y los participantes recibieron distintas condenas. La justicia argentina trató el episodio como una acción delictiva, mientras sus protagonistas continuaron reivindicándolo como una operación patriótica. La contradicción era particularmente significativa: el Estado argentino reclamaba oficialmente la soberanía sobre las Malvinas, pero los jóvenes que habían conseguido llevar la bandera nacional hasta el archipiélago fueron juzgados y encarcelados por haberlo hecho sin autorización gubernamental. Dardo Cabo recibió una de las condenas más severas y permaneció preso durante varios años, mientras otros integrantes recuperaron la libertad después de períodos de detención de distinta duración.[3]
El Operativo Cóndor tampoco modificó el control efectivo británico sobre las islas. No fue una recuperación territorial ni una operación militar argentina, y sería históricamente incorrecto presentarlo como antecedente directo de la guerra de 1982 en términos militares. Su importancia fue otra. Fue una acción política y simbólica que consiguió colocar la cuestión Malvinas en el centro de la atención pública y que mostró, de una manera extraordinariamente gráfica, la distancia existente entre la reivindicación diplomática y la realidad material del territorio. La Argentina continuaba reclamando las islas en los foros internacionales mientras el Reino Unido ejercía el control efectivo del archipiélago. El grupo de Cabo decidió entonces producir una imagen que condensara esa contradicción: llegar físicamente a las islas y hacer flamear allí la bandera argentina.[2]
La larga historia detrás de una bandera
El Operativo Cóndor sólo puede entenderse dentro de una historia mucho más extensa. Desde la ocupación británica de 1833, la Argentina sostiene su reivindicación de soberanía sobre las Islas Malvinas y los espacios marítimos correspondientes, mientras el Reino Unido mantiene el control efectivo del archipiélago. La cuestión adquirió una nueva dimensión internacional durante el siglo XX y, particularmente, después de la Resolución 2065 de la Asamblea General de Naciones Unidas, aprobada el 16 de diciembre de 1965. Ese documento reconoció formalmente la existencia de una disputa de soberanía y llamó a ambos gobiernos a encontrar una solución pacífica, teniendo en cuenta los intereses de la población de las islas.[2] Menos de un año después, los 18 integrantes del Cóndor decidieron convertir aquella reivindicación diplomática en un hecho físico: llegaron a Malvinas, izaron la bandera argentina y permanecieron allí hasta que la mediación permitió evitar un enfrentamiento.
Hay además una dimensión humana que explica buena parte de la permanencia de aquella historia en la memoria nacional. Dardo Cabo tenía apenas 25 años y María Cristina Verrier 27 cuando participaron de la operación. Eran jóvenes que actuaron en un país gobernado por una dictadura militar y que, paradójicamente, terminaron siendo perseguidos por ese mismo régimen después de haber protagonizado una acción vinculada con una reivindicación que el Estado argentino sostenía oficialmente. Las banderas utilizadas durante la operación fueron conservadas durante años y posteriormente entregadas a instituciones públicas, convirtiéndose en objetos de memoria.[3] Detrás del episodio espectacular del avión existe, por lo tanto, una historia de militancia, nacionalismo, peronismo, proscripción política, dictadura, diplomacia internacional y memoria que excede ampliamente la anécdota del secuestro de una aeronave.
Dieciséis años antes de la guerra de 1982, 18 argentinos llegaron a las Islas Malvinas y consiguieron que durante aproximadamente 36 horas flamearan allí banderas argentinas. No hubo una batalla, no hubo una recuperación territorial y el Reino Unido mantuvo el control del archipiélago. Pero durante ese breve lapso ocurrió algo que aquellos jóvenes habían buscado deliberadamente: la cuestión de la soberanía argentina sobre Malvinas adquirió una imagen imposible de ignorar. El Operativo Cóndor quedó así inscripto en la historia argentina como una de las acciones más singulares de la larga disputa por las islas: un episodio protagonizado por civiles, sin respaldo del Estado, desarrollado en plena dictadura y resuelto sin combate, pero capaz de dejar una huella que sobreviviría durante décadas.
Citas y bibliografía
[1] Campione, Daniel, “1966. Banderas argentinas en Malvinas”, Biblioteca Nacional de la República Argentina. Reconstrucción histórica del Operativo Cóndor, sus protagonistas, desarrollo y permanencia de las banderas en las islas.
[2] Naciones Unidas, Asamblea General, Resolución 2065 (XX), “Cuestión de las Islas Malvinas (Falkland Islands)”, 16 de diciembre de 1965. Documento fundamental para reconstruir el contexto diplomático inmediatamente anterior al Operativo Cóndor.
[3] Melon Pirro, Julio y Pulfer, Darío (dirs.), Diccionario del peronismo 1955-1969, entrada “Operativo Cóndor”. La obra reúne documentación y testimonios sobre la planificación, sus protagonistas, el desembarco, la repercusión política, el proceso judicial y la trayectoria posterior de los integrantes.
Bibliografía complementaria: Héctor Ricardo García, Cien veces me quisieron matar, Buenos Aires, Planeta, 1993; Carlos Velazco, ¿Y si invadimos las Malvinas? La trama secreta de la Operación Cóndor, Buenos Aires, Fabro, 2010; Vicente E. Berasategui, Malvinas. Diplomacia y conflicto armado, Buenos Aires, PROA, 2011; Norberto Galasso, Jauretche, biografía de un argentino, Buenos Aires, Homo Sapiens, 1997.
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