Un pequeño fragmento de la Odisea, escrito hace unos 1.700 años, fue identificado en la Universidad de Utrecht. Pertenecía probablemente a una edición de bolsillo de Homero utilizada en el Egipto romano.
Por Alcides Blanco para NLI

Hay historias que parecen escritas por el propio Homero. Esta comienza con un pedazo de pergamino de apenas unos centímetros, deteriorado por el tiempo, manchado y cubierto por diminutas letras griegas, que durante décadas permaneció prácticamente ignorado en una biblioteca de los Países Bajos. Nadie sospechaba que aquel pequeño trozo de material antiguo conservaba parte de uno de los poemas fundamentales de la literatura occidental. Hasta que un investigador supo leer lo que otros habían pasado por alto. Mark de Kreij, especialista en griego antiguo y papirología de la Radboud University, identificó en una colección de manuscritos de la Universidad de Utrecht varios versos de la Odisea de Homero, escritos probablemente durante el siglo III o IV de nuestra era. La pieza, catalogada inicialmente como un fragmento poco relevante de época posterior, terminó revelándose como uno de los escasos testimonios conocidos de una copia de la epopeya homérica sobre pergamino.
El hallazgo tiene algo de paradoja: la Odisea cuenta el viaje de un hombre que tarda diez años en regresar a su casa y este fragmento también tuvo que atravesar casi dos milenios para volver a ser reconocido. La pieza identificada como Utrecht Gr. Ms. B6.39a pertenece al libro XII del poema, precisamente a uno de los momentos más dramáticos del viaje de Odiseo. No se trata de una escena cualquiera. Es el instante en que el dios Helios descubre que los compañeros del héroe han sacrificado y comido su ganado sagrado, pese a que Odiseo les había advertido expresamente que no lo hicieran. La transgresión desencadenará la venganza divina y la tormenta que acabará con la nave y con todos los hombres de Odiseo.
Un libro de bolsillo en el Egipto romano
Lo extraordinario no es solamente que haya sobrevivido un fragmento de la Odisea. Lo verdaderamente fascinante es qué clase de objeto pudo haber sido y quién pudo haberlo leído. Según la investigación difundida por la Universidad de Utrecht, el fragmento estaba escrito por ambas caras y habría formado parte de un códice compacto, una especie de edición portátil de la obra completa. Los investigadores estiman que aquel libro podía tener aproximadamente el tamaño de un Kindle moderno. La hipótesis es que perteneció a un lector de la región del Fayum, en Egipto, alrededor del año 300 de nuestra era.
La imagen permite reconstruir, con las debidas precauciones, una escena extraordinariamente humana. En algún momento de la Antigüedad tardía, alguien tuvo entre sus manos un ejemplar relativamente pequeño de la Odisea. No era necesariamente un ejemplar monumental destinado a una biblioteca palaciega ni una inscripción pública para ser admirada por multitudes: podía ser simplemente el libro de un lector apasionado por Homero. El dueño de aquel ejemplar vivía en un mundo muy distinto del de los héroes aqueos, pero seguía leyendo las aventuras de Odiseo, un personaje cuya historia había sido transmitida durante siglos antes de llegar hasta él.
Y eso modifica también la manera de imaginar la circulación de la literatura antigua. Homero no era solamente una reliquia venerada por eruditos. La existencia de una copia portátil de la Odisea en Egipto demuestra la persistencia de una tradición literaria que atravesaba regiones, generaciones y transformaciones culturales. Un lector del Egipto romano podía llevar consigo una obra compuesta muchos siglos antes, en una lengua y tradición literaria que seguían teniendo enorme prestigio. La Universidad de Utrecht señala que se conocen alrededor de treinta fragmentos comparables de este tipo en todo el mundo, lo que convierte a la pieza en un testimonio especialmente poco frecuente.
El fragmento que esperaba ser leído
La historia del descubrimiento tiene casi tanto interés como el texto que contiene. A mediados del siglo XX, la Universidad de Utrecht adquirió una colección de manuscritos antiguos procedente de los herederos del estudioso alemán Carl Schmidt. La mayor parte del conjunto estaba formada por textos cristianos escritos en copto sobre pergamino, aunque también había materiales egipcios y griegos. En medio de esa colección quedó durante décadas aquel pequeño fragmento deteriorado. Había sido considerado inicialmente un texto menor y se lo había fechado de manera incorrecta como perteneciente al siglo VII.
Fue durante un proyecto destinado precisamente a estudiar y publicar los manuscritos antiguos de las colecciones especiales cuando De Kreij reparó en las pequeñas letras. El investigador reconoció algunas palabras características de los poemas homéricos y comenzó a reconstruir el texto. Lo que parecía un fragmento sin demasiada importancia empezó a adquirir otra dimensión: los versos correspondían al libro XII de la Odisea. El análisis permitió situarlo varios siglos antes de la fecha que se le había atribuido inicialmente, en torno al siglo III o IV de nuestra era.
La elección del pasaje tampoco es menor. En la estructura de la Odisea, el libro XII ocupa una posición decisiva. Odiseo todavía no ha llegado a Ítaca, pero su relato ante los feacios está llegando al final. Ya atravesó el episodio de los lotófagos, enfrentó al cíclope Polifemo, pasó por la isla de Circe y conoció a Calipso. Ahora sus compañeros cometen el acto que sellará su destino: matan y comen las vacas consagradas al dios Helios. Zeus responde enviando una tormenta que destruye la nave y mata a todos los tripulantes excepto a Odiseo. El héroe queda entonces completamente solo y continúa su camino hacia Ítaca.
Es, por lo tanto, uno de los grandes puntos de inflexión de la epopeya. La Universidad de Utrecht destaca que el episodio se encuentra aproximadamente en el centro de las 24 partes que componen la obra y representa el punto más bajo del largo viaje de Odiseo. A partir de allí, el regreso deja de ser solamente una aventura llena de obstáculos y comienza a convertirse en una historia de supervivencia y recuperación de aquello que le pertenece: su casa, su esposa Penélope y su lugar en Ítaca.
Una biblioteca moderna y una historia de 1.700 años
Hay algo particularmente hermoso en que el fragmento haya aparecido en una biblioteca universitaria moderna. Durante siglos, la conservación de los textos antiguos dependió de una cadena casi milagrosa de lectores, copistas, comerciantes, coleccionistas y bibliotecas. Muchas obras desaparecieron completamente; otras sobrevivieron en cientos de copias; algunas llegaron hasta nosotros gracias a pequeños fragmentos que permiten reconstruir una tradición perdida. Este pedazo de pergamino pertenece a esa última categoría: no cambia la historia de la Odisea, pero aporta una evidencia material de cómo y dónde se la leía.
Además, obliga a recordar que el mundo antiguo no era una colección de compartimentos aislados. Egipto formaba parte del universo grecorromano y en sus ciudades circularon textos en griego, copto y otras lenguas. El Fayum, donde probablemente circuló este ejemplar, fue durante siglos una región de intensa actividad agrícola, comercial y cultural. Que allí alguien pudiera poseer una versión compacta de la Odisea demuestra que la literatura griega había desarrollado circuitos de transmisión mucho más amplios de lo que podría sugerir la imagen tradicional de los grandes centros intelectuales de la Antigüedad.
El pequeño pergamino de Utrecht tampoco contiene una aventura desconocida de Odiseo ni un capítulo perdido de Homero. Su importancia científica está en otra parte: es una pieza material que permite observar la supervivencia y circulación de un texto antiguo en un momento muy posterior a su composición. La Odisea probablemente comenzó a fijarse por escrito en la Antigüedad arcaica, siglos antes de Cristo, y ya era una obra célebre en tiempos de Aristóteles. Que aproximadamente medio milenio después alguien siguiera llevando una edición de bolsillo de sus aventuras por el Egipto romano muestra hasta qué punto la historia de aquel hombre que quería volver a casa había logrado atravesar el tiempo.
Y todavía queda una última ironía. El fragmento permaneció alrededor de setenta años dentro de la colección de la Universidad de Utrecht sin que se reconociera exactamente qué era. Su descubrimiento demuestra que la arqueología y la historia no siempre requieren una excavación en una tumba, una ciudad enterrada o un templo perdido. A veces el pasado está mucho más cerca: dentro de una caja, entre documentos que alguien clasificó hace décadas, esperando que aparezca la persona capaz de leer unas letras diminutas.
Esta vez, esas letras contaban la historia de Odiseo. Unos 1.700 años después de que un lector anónimo del Egipto romano probablemente abriera aquel pequeño libro, el suyo volvió a emprender viaje. Y terminó apareciendo, de manera casi homérica, en una biblioteca de Utrecht. La Universidad de Utrecht anunció además que De Kreij prepara la publicación de buena parte de los materiales antiguos de la colección, por lo que aquel pequeño fragmento podría no ser la última sorpresa escondida entre sus manuscritos.
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