PORSUIGIECO: Cuando cinco prófugos del sistema inventaron el supergrupo más hermoso y caótico del rock argentino

La historia oficial dice que el nombre salió de unir “Por” de Porchetto, “Sui” de Sui Generis y “Gieco” de León Gieco. Lo que no suele contarse es que el grupo nació casi como un chiste entre amigos.

Por Carlos Alberto Resurgian para NLI

Había algo profundamente argentino en PorSuiGieco: parecía destinado al fracaso desde el primer minuto y, justamente por eso, terminó convirtiéndose en leyenda. Cinco músicos, cero organización, toneladas de talento, recitales improvisados, censura estatal, giras delirantes por el interior y un disco que hoy suena como la última fogata hippie antes de que la noche se volviera verdaderamente oscura en la Argentina.

Porque PorSuiGieco no fue solamente un “supergrupo”. Fue una anomalía histórica. Un accidente cultural. Un departamento lleno de guitarras, vino barato, colchones tirados en el piso y tipos que todavía creían que el rock podía cambiar algo.

Y quizás lo cambió.

En 1975, mientras el país empezaba a hundirse en paranoia, violencia política y listas negras, Charly García, Nito Mestre, León Gieco, Raúl Porchetto y María Rosa Yorio decidieron juntarse para hacer exactamente lo contrario de lo que pedía la época: canciones sensibles, comunitarias y casi ingenuamente humanas.

La historia oficial dice que el nombre salió de unir “Por” de Porchetto, “Sui” de Sui Generis y “Gieco” de León Gieco. Lo que no suele contarse es que el grupo nació casi como un chiste entre amigos. Nadie estaba pensando en fundar una banda histórica. Mucho menos un mito. La idea era tocar juntos, viajar un poco, escapar de las estructuras y recuperar cierto espíritu comunitario que el negocio musical ya empezaba a devorar.

En esos años el rock argentino todavía funcionaba como una gran pensión emocional. Los músicos convivían, compartían instrumentos, parejas, departamentos y angustias. María Rosa Yorio recordaría años después que los hogares de la escena parecían estaciones permanentes de tránsito donde entraban y salían guitarristas, periodistas, poetas y amigos a cualquier hora.

Y en medio de esa bohemia apareció PorSuiGieco.

Una banda hippie en un país que empezaba a pudrirse

Lo extraordinario del disco es que hoy puede escucharse casi como un documento político involuntario. No porque tenga consignas explícitas sino porque transmite algo mucho más poderoso: el clima emocional de una generación que intuía que el horror estaba cerca.

Todavía faltaba el golpe militar de 1976, pero la Triple A ya sembraba terror, la censura avanzaba y el miedo empezaba a filtrarse incluso en el rock.

Ahí aparece una de las historias más famosas del álbum: la censura de “El fantasma de Canterville”.

La canción de Charly García era demasiado incómoda para el clima represivo del momento. El COMFER obligó a retirarla de algunas ediciones y reemplazarla por “Antes de gira”. El resultado fue extraordinariamente argentino: quedaron circulando pocos vinilos originales con la versión prohibida y durante años esos discos fueron buscados como si fueran literatura clandestina.

La ironía es hermosa. Una canción sobre persecución terminó siendo perseguida.

Y ahí empieza a verse el verdadero corazón del disco: detrás de las armonías acústicas y del tono amistoso había un malestar profundo. Las canciones parecían preguntarse cuánto tiempo más iba a durar aquella libertad frágil.

El caos era real

Hoy se suele romantizar mucho a PorSuiGieco, pero la verdad es que el grupo funcionaba de manera completamente caótica. No había estructura profesional seria. Los recitales se armaban casi artesanalmente. Los propios músicos pegaban afiches por Corrientes. A veces viajaban con equipos apilados en colectivos destartalados. Las giras por Tandil, Mar del Plata o Bahía Blanca tenían más de aventura estudiantil que de tour profesional.

Y sin embargo, justamente ahí estaba la magia.

Las revistas de la época, especialmente Pelo, no terminaban de entender qué demonios era PorSuiGieco. Algunos periodistas pensaban que se trataba apenas de un recital eventual entre amigos. Otros creían que era una especie de despedida informal del universo Sui Generis.

Nadie imaginaba que ese puñado de shows terminaría convertido en una de las mayores reliquias del rock argentino.

Porque casi nadie los vio.

Ese detalle alimentó el mito durante décadas. Poca gente podía decir realmente “yo estuve ahí”. Y como encima casi no existían grabaciones en vivo, PorSuiGieco empezó a transformarse lentamente en una especie de criatura fantasma.

Hasta que apareció la historia del cassette perdido.

El cassette maldito que sobrevivió a todo

Una de las anécdotas más fascinantes la contó años después Claudio Kleiman, futuro periodista emblemático del rock argentino. En plena segunda mitad de los setenta recibió un cassette con una grabación en vivo de PorSuiGieco realizada durante una gira bonaerense.

Ese material empezó a circular clandestinamente entre fanáticos y coleccionistas. Copias de copias de copias. Cintas gastadas donde las voces parecían venir desde otra dimensión.

Durante años, muchísima gente conoció a PorSuiGieco más por ese folklore pirata que por el disco oficial.

Y eso encaja perfecto con el grupo: incluso su memoria sobrevivió de manera desprolija y artesanal.

El disco que anticipó todo

Musicalmente, el álbum también fue mucho más importante de lo que suele reconocerse.

Muchos esperaban un simple disco acústico hippie. Pero el resultado terminó siendo otra cosa: guitarras eléctricas, arreglos sofisticados, baterías múltiples y músicos impresionantes orbitando alrededor del proyecto.

Estaban Oscar Moro, Gustavo Bazterrica, Alfredo Toth, Rinaldo Rafanelli y hasta un jovencísimo Leo Sujatovich de apenas 16 años.

Escuchado hoy, el disco parece un puente entre dos épocas:

  • el folk inocente de comienzos de los 70,
  • y el rock complejo, oscuro y progresivo que explotaría después.

Hay momentos donde ya puede escucharse al Charly de La Máquina de Hacer Pájaros. Otros donde aparece el León Gieco social y melancólico que dominaría los años siguientes. Incluso Nito Mestre empieza a correrse de la imagen eterna de “la voz dulce de Sui”.

Y en el centro de todo queda “La colina de la vida”, probablemente una de las canciones más importantes de la música argentina. Escucharla hoy produce algo extraño: parece una despedida anticipada de una época completa.

Una foto sacada segundos antes del derrumbe

Quizás por eso PorSuiGieco emociona tanto todavía.

Porque el grupo parece existir exactamente en el último instante antes del colapso.

Antes del exilio.
Antes de la censura total.
Antes de los desaparecidos.
Antes de que el miedo cambiara para siempre el rock argentino.

Hay algo doloroso en escuchar esas voces cantando juntas desde 1975. Como si todavía no supieran del todo lo que estaba por venir.

Décadas más tarde, cuando los integrantes volvieron a reunirse para la reedición remasterizada del disco, el clima fue casi fantasmal. No era solamente nostalgia musical. Era reencontrarse con una Argentina desaparecida.

Con una generación que creyó que la música podía ser refugio colectivo.

Y quizás esa sea la verdadera razón por la que PorSuiGieco sigue importando tanto.

No porque haya durado poco.
No porque juntara estrellas.
No porque el vinilo original valga fortunas.

Sino porque capturó algo rarísimo: el sonido exacto de cinco músicos intentando conservar la ternura mientras el país empezaba a incendiarse.


Descubre más desde Noticias La Insuperable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario