
Destruir libros no es cosa del pasado: nuevas prácticas compiten con las históricas quemas y la obsesión de los censores con la incómoda letra impresa.
Por Jorge G. Andreadis para NLI
Ni el Index Librorum Prohibitorum, ni la quema de un millón y medio de libros en Sarandí, ni las destrucciones de bibliotecas forman parte de esa historia que, ilusos, creíamos que no se repetiría: una vuelta de tuerca híper-moderna nos devuelve al pasado en irónica paradoja.
Ahora las justificaciones no son morales, ni políticas o religiosas, sino prácticas, operativas, aunque en realidad dan la sensación de ser tanto o más ideológicas que las de antaño. Parece que comprar libros a precio de desguace, deslomarlos, escanear industrialmente sus páginas ya sueltas e inmediatamente después destruirlas o descartarlas como basura a reciclar es una buena práctica si el fin es alimentar a una IA.
El escaneo destructivo de libros en soporte papel -adquiridos en librerías de usado- del Proyecto Panamá, que intentó mantenerse en secreto por razones de imagen empresarial pero con desprecio de cuestiones éticas e implicancias culturales, tuvo también graves antecedentes de piratería.
Los quiebres del secretismo dejan ver que tras la “magia” de la IA se esconden prácticas oscuras e indolencia sin freno, desprecio por el trabajo creativo y el conocimiento forjado por el esfuerzo humano.
Que se derroche agua, se destruyan libros y se ensayen mil triquiñuelas para burlar derechos autorales y leyes son prácticas que, según parece, los popes del negocio de la IA pretenden que aceptemos sin rechistar. Los libros también son de ellos, nadie más debería disfrutarlos. Los compraron y punto. Ajo y agua.
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