La quiebra de la empresa Aires del Sur (ADS), fabricante de los aires acondicionados Electra y Fedders, volvió a encender todas las alarmas sobre el derrumbe industrial que atraviesa la Argentina bajo el modelo económico de Milei. La histórica planta de Río Grande cerró sus puertas definitivamente y dejó a 140 trabajadores sin empleo, en medio de una combinación explosiva de apertura importadora, caída del consumo, tasas imposibles y abandono estatal.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

La noticia golpeó con fuerza en Tierra del Fuego, una provincia cuya estructura económica depende en gran parte del régimen de promoción industrial y del sostenimiento de las fábricas electrónicas y de línea blanca. La empresa reconoció ante la Justicia que atravesaba un estado de “cesación de pagos actual, generalizado e irreversible”, una definición brutal que sintetiza el colapso de un sector entero.
La planta ya había paralizado su producción a comienzos de año. Los trabajadores venían denunciando salarios adeudados, vacaciones forzadas y una incertidumbre creciente. La Unión Obrera Metalúrgica (UOM) incluso llegó a mantener ocupada la fábrica para evitar un vaciamiento y reclamar una salida productiva. Pero la historia terminó como tantas otras durante este año: persianas bajas, despidos y liquidación de activos.
Apertura importadora y asfixia financiera
Detrás de la quiebra aparece un combo que ya se volvió recurrente en distintas ramas industriales. La propia empresa explicó que el negocio dejó de ser viable por el brutal costo financiero y la caída del mercado interno. Mientras los márgenes operativos rondaban entre el 10% y el 15%, las tasas de financiamiento local llegaban al 25% y 30% anual. En otras palabras: producir en Argentina empezó a ser más caro que importar.
La situación se agravó además por la flexibilización importadora impulsada por el Gobierno nacional. Tierra del Fuego atraviesa desde hace meses una presión creciente sobre su esquema industrial, mientras el oficialismo insiste con un modelo económico centrado en la especulación financiera y la apertura externa. El resultado ya se ve en los números: fábricas que cierran, suspensiones, concursos preventivos y pérdida de empleo registrado.
ADS intentó sobrevivir mediante un acuerdo con el grupo chino Chigo para capitalizar la compañía con unos cinco millones de dólares y reemplazar el financiamiento local por crédito de proveedores extranjeros. Pero las negociaciones se demoraron y la crisis financiera terminó consumiendo a la empresa antes de que pudiera concretarse cualquier salvataje.
El modelo Milei y la destrucción del mercado interno
La caída de Aires del Sur no es un hecho aislado. Se suma a una larga lista de empresas industriales golpeadas durante los últimos meses por el desplome del consumo, la recesión y la falta de crédito productivo. Mientras el Gobierno celebra el ingreso de capitales financieros o promete inversiones futuras ligadas al extractivismo y la energía, la economía real sigue mostrando otro panorama: comercios cerrados, producción paralizada y trabajadores despedidos.
El propio contexto económico empieza a mostrar contradicciones cada vez más difíciles de ocultar. En paralelo a esta quiebra, Argentina quedó última en el ranking regional de inversión extranjera directa durante 2025, incluso pese al RIGI y a los beneficios extraordinarios ofrecidos a grandes capitales.
La historia de ADS también deja una pregunta incómoda para el discurso libertario. Durante años se demonizó cualquier política de protección industrial, pero cuando se abren las importaciones en un contexto de caída del consumo y tasas imposibles, el resultado concreto es este: fábricas cerradas y cientos de familias sin ingresos.
En Río Grande ya no quedan promesas. Queda una planta vacía de 15.000 metros cuadrados, bienes en liquidación judicial y 140 trabajadores mirando cómo se derrumba otra pieza del entramado productivo argentino.
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