Nostalgias mundialistas

Medio siglo de expectativas y asombros que desembocan en un mega-torneo repleto de cenicientas y monetizado hasta la repugnancia.

Por Demetrio Infanzón para NLI

Entre pausa y pausa de hidratación publicitaria que hiere de muerte el natural ritmo de los partidos, mientras se exageran desde los micrófonos acreditados los méritos del castigo que las estrellas le propinan a las cenicientas del torneo en la eterna fase de grupos, se hace difícil prever la irrupción de nuevas ideas futbolísticas, auténticas sorpresas o rupturas de la monotonía.

La Copa del Mundo ahora privilegia el sesgo cuantitativo: cuarenta y ocho seleccionados en el arranque, tres países organizadores, repechaje amplio, más de cien partidos programados y poca preocupación por garantizar la calidad de los encuentros en las fases previas a los octavos: las cenicientas no tienen más alternativa que colgarse del travesaño para intentar permanecer o eludir el papelón.

El repechaje de terceros asegurará la presencia de partenaires que agonizarán en 16vos. Tal vez, con buen viento, alguna de esas cenicientas se rebele para convertirse en fenómeno a explotar en el business del fútbol y la publicidad, y FIFA aproveche para justificar el engendro 2026, llenándose la boca con palabras biensonantes como inclusión y oportunidades.

Roger Milla

En la nostalgia de los experimentados espectadores de mundiales quedarán el fútbol total de La naranja mecánica del setenta y cuatro, los dinamarqueses que se conocieron en el aeropuerto horas antes de hacerle seis goles a Uruguay, los revolucionarios Pelé, Johan Cruyff y Maradona, los cameruneses del 90, la mutación de La naranja mecánica en naranja sanguinaria y las tribulaciones de Brasil en su propia casa.

Ahora reinan la extensión temporal y territorial, el amontonamiento de hijos y entenados, lo previsible y monetizable, los árbitros que a pesar de la tecnología se las arreglan para inclinar la cancha en pro del local o cholulear encubriendo estrellas, los periodistas acreditados que no olvidan el elogio reglamentario a todo lo programado y, en bambalinas, el coqueteo de los popes del fútbol institucional con las políticas de discriminación más rancias.

Nostálgicos y futboleros ávidos de sorpresas e innovación, abstenerse.


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