La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en 2010 fue el resultado de décadas de intentos por construir un espacio político propio, sin la participación de Estados Unidos ni Canadá. En una región históricamente atravesada por la influencia de las potencias extranjeras, el organismo nació con la idea de fortalecer la cooperación entre países latinoamericanos. Su historia vuelve a cobrar relevancia en un escenario donde la integración regional, la soberanía y el alineamiento internacional vuelven a estar en debate.
Por Redacción de NLI

La historia de América Latina está atravesada por una tensión que aparece una y otra vez: la búsqueda de autonomía frente a la influencia de las grandes potencias mundiales. Desde las luchas independentistas del siglo XIX hasta los debates actuales sobre comercio, recursos naturales y política exterior, los países de la región han discutido cómo relacionarse con el mundo sin resignar capacidad de decisión propia.
En ese largo recorrido, la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) representó uno de los intentos más importantes de construir un espacio de diálogo exclusivamente latinoamericano. El organismo fue fundado oficialmente el 3 de diciembre de 2011, durante la cumbre realizada en Caracas, aunque su nacimiento político había comenzado un año antes en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe celebrada en Playa del Carmen, México.
La iniciativa tenía un rasgo distintivo: por primera vez desde la creación de otros organismos continentales, América Latina y el Caribe buscaban contar con un foro regional propio sin la presencia de Estados Unidos ni Canadá. No se trataba de una ruptura con América del Norte, sino de la construcción de un ámbito donde los países latinoamericanos pudieran discutir sus problemas desde sus propias prioridades.
La CELAC nació en un momento político particular de la región. A comienzos del siglo XXI, varios gobiernos latinoamericanos impulsaban una mayor coordinación regional, con énfasis en la integración económica, la cooperación política y la defensa de posiciones comunes frente a organismos internacionales.
Una idea con raíces históricas
Aunque la CELAC fue creada en 2011, su origen debe rastrearse mucho antes. La idea de una América Latina coordinada aparece desde los tiempos de Simón Bolívar y el proyecto de unidad continental expresado en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826. Aquella aspiración chocó con las divisiones internas, los intereses de las elites locales y la creciente influencia de las potencias extranjeras.
Durante el siglo XX surgieron nuevos intentos de integración. La creación de la ALALC en 1960, luego transformada en ALADI, buscó impulsar el intercambio económico regional. Más tarde aparecieron organismos como el Mercosur, nacido en 1991, y la Unasur, creada en 2008, que intentaron avanzar en distintos niveles de coordinación política y económica.
Cada uno de esos proyectos tuvo sus propios límites y dificultades. Las diferencias ideológicas entre gobiernos, los cambios económicos internacionales y las presiones externas condicionaron su desarrollo. Pero todos compartieron una misma pregunta de fondo: si América Latina podía actuar como una región con intereses propios o si estaba condenada a negociar siempre desde posiciones individuales y fragmentadas.
Integración regional y disputa de modelos
La CELAC también reflejó las diferencias entre dos miradas sobre la relación de América Latina con el mundo. Por un lado, quienes impulsaron el organismo defendieron la necesidad de una mayor autonomía regional y una coordinación política que permitiera aumentar el poder de negociación de los países latinoamericanos.
Desde esa perspectiva, una región que actúa dividida tiene menor capacidad para defender sus recursos estratégicos, negociar acuerdos comerciales o intervenir en debates internacionales sobre temas como deuda externa, cambio climático, energía o alimentos.
Por otro lado, sectores más vinculados a una visión liberal de las relaciones internacionales sostuvieron que la integración debía concentrarse principalmente en acuerdos comerciales y que los países debían priorizar vínculos individuales con las principales economías del mundo.
Esa discusión atraviesa también el presente argentino. La política exterior impulsada por el gobierno de Javier Milei, con un fuerte alineamiento con Estados Unidos y una mirada crítica hacia algunos espacios de integración regional, reabrió un debate histórico sobre cuál debe ser el lugar de Argentina en América Latina.
Para sus defensores, esa orientación permite acercarse a los principales centros económicos y financieros del mundo. Para sus críticos, puede implicar abandonar una tradición diplomática argentina basada en la autonomía, la cooperación regional y la construcción de alianzas con países vecinos.
La región frente a un nuevo escenario mundial
El contexto internacional actual volvió a darle relevancia a la discusión regional. La disputa entre Estados Unidos y China, la competencia por recursos naturales estratégicos como litio, energía y alimentos, y las transformaciones del comercio mundial colocan nuevamente a América Latina frente a una pregunta central: ¿negociar cada país por separado o construir posiciones comunes?
La experiencia histórica muestra que la integración regional nunca fue sencilla. Las diferencias económicas, políticas e ideológicas entre los países latinoamericanos son profundas. Sin embargo, también muestra que los momentos de mayor influencia internacional de la región estuvieron asociados a períodos donde existió algún grado de coordinación política.
La CELAC no resolvió esas tensiones ni convirtió automáticamente a América Latina en un bloque unido. Pero su existencia expresó una idea que continúa vigente: que los países latinoamericanos tienen problemas comunes y que, frente a un mundo dominado por grandes potencias, la cooperación puede convertirse en una herramienta de defensa de intereses propios.
Más allá de los gobiernos de turno, la historia de la CELAC representa una disputa que atraviesa dos siglos de América Latina: la tensión entre la dependencia y la autonomía. En un escenario donde las potencias compiten por recursos, mercados e influencia, la pregunta sobre cómo debe posicionarse la región vuelve a ocupar un lugar central. La respuesta definirá no solamente la política exterior de los próximos años, sino también qué capacidad tendrán los países latinoamericanos para decidir su propio destino.
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