La tragedia de Nepal volvió a poner en alerta al mundo por la inestabilidad de los glaciares. Qué significa para las reservas de agua de Argentina.
Por Redacción de NLI

La tragedia ocurrida esta semana en la frontera entre Nepal y el Tíbet dejó de ser solamente una catástrofe ocurrida en una de las regiones montañosas más extremas del planeta para convertirse en una nueva advertencia sobre la transformación acelerada de las zonas de alta montaña. El colapso de una masa de hielo y roca en el Himalaya desencadenó una gigantesca crecida que arrasó poblaciones e infraestructura y dejó un saldo que continúa creciendo mientras los equipos de rescate buscan a miles de desaparecidos. Al domingo 30 de agosto, las autoridades y los equipos internacionales hablaban de más de 750 muertos y más de 3.000 desaparecidos, aunque las cifras todavía podían modificarse debido a que existen zonas incomunicadas y personas atrapadas en instalaciones afectadas por las inundaciones.
El episodio volvió a poner en primer plano una cuestión que durante mucho tiempo parecía reservada a científicos y especialistas: qué ocurre cuando el calentamiento global modifica físicamente las montañas. El vínculo entre una catástrofe concreta y el cambio climático debe establecerse con cautela, porque no todo desprendimiento de hielo puede atribuirse automáticamente al aumento de la temperatura global. Sin embargo, los especialistas coinciden en que el calentamiento está alterando la estabilidad de glaciares, suelos congelados y laderas de alta montaña, creando condiciones capaces de favorecer fenómenos extremos. En el caso del Himalaya, investigaciones y análisis posteriores al desastre señalaron el retroceso de los glaciares, el debilitamiento del permafrost y las temperaturas inusualmente elevadas como factores que pueden aumentar la inestabilidad de estos ambientes.
La pregunta que aparece entonces para Argentina es inevitable: ¿qué pasa con nuestros propios glaciares? La respuesta exige abandonar la imagen del glaciar como una postal turística o como un paisaje remoto que solamente interesa a quienes visitan la Patagonia. Argentina tiene glaciares distribuidos a lo largo de aproximadamente 3.500 kilómetros de la cordillera de los Andes, presentes en 12 provincias y vinculados con 39 cuencas hídricas. Esos cuerpos de hielo no son únicamente patrimonio natural: constituyen reservas de agua dulce y cumplen una función reguladora sobre los caudales de los ríos, especialmente durante períodos de sequía.
Una reserva de agua que se encuentra en movimiento
El funcionamiento de un glaciar puede parecer sencillo desde lejos, pero su importancia hidrológica es mucho más compleja. La nieve que se acumula durante años se transforma progresivamente en hielo y constituye una reserva de agua sólida que puede liberar ese recurso de manera gradual. En las regiones cordilleranas, esa dinámica contribuye a sostener los caudales de los ríos y adquiere una importancia especial cuando las precipitaciones disminuyen.
Por eso, estudiar un glaciar no consiste solamente en medir cuánto hielo tiene. También importa conocer cómo se mueve, cuánto pierde, cuánto acumula, qué volumen de agua almacena y cómo responde a las condiciones meteorológicas y climáticas. El Inventario Nacional de Glaciares contempla precisamente distintos niveles de estudio destinados a conocer la ubicación y superficie de los cuerpos de hielo, su evolución y, en determinados casos, los parámetros físicos que permiten calcular su aporte a las cuencas hidrográficas.
La dimensión territorial de esa tarea explica por qué el conocimiento científico resulta fundamental. Los glaciares argentinos no se concentran en un único paisaje. El Inventario los organiza en regiones que abarcan desde los Andes Desérticos, en el norte, hasta los Andes de Tierra del Fuego y las islas del Atlántico Sur. Eso significa que las condiciones ambientales, el comportamiento del hielo y su relación con los recursos hídricos pueden ser muy diferentes según la zona.
Hay además una cuestión que suele perderse cuando se habla del cambio climático: el retroceso de un glaciar no significa simplemente que desaparece un paisaje blanco. Puede modificar la disponibilidad de agua, alterar ecosistemas y afectar actividades productivas que dependen de las cuencas cordilleranas. La propia información oficial argentina señala que los glaciares aportan volúmenes significativos de agua de deshielo y ayudan a minimizar el impacto de las sequías sobre actividades socioeconómicas.
La montaña funciona así como una enorme infraestructura natural que no fue construida por el ser humano y que, precisamente por eso, puede pasar inadvertida. No hay una represa visible, una planta potabilizadora ni una red de cañerías que permitan observarla. Pero existe una reserva de agua acumulada durante años que forma parte del funcionamiento de las cuencas andinas.
Nepal muestra el escenario extremo
Lo ocurrido en el Himalaya permite comprender qué sucede cuando los sistemas de alta montaña entran en una situación de inestabilidad extrema. El desastre comenzó con el colapso de hielo y roca en las proximidades del monte Langtang Lirung, un fenómeno que inicialmente llegó a confundirse con un terremoto. La masa desprendida descendió hacia los cursos de agua y generó una inundación súbita capaz de destruir infraestructura, viviendas y centrales hidroeléctricas.
El problema es que estos acontecimientos pueden producirse mediante una cadena de fenómenos. Una variación de temperatura puede acelerar el derretimiento; el retroceso del hielo puede modificar la estabilidad de una ladera; el desprendimiento de roca puede caer sobre un glaciar o un lago de origen glaciar; el impacto puede desplazar enormes volúmenes de agua y hielo; y el resultado final puede ser una inundación que recorre kilómetros a una velocidad imposible de enfrentar para las poblaciones que se encuentran aguas abajo.
Por eso, los científicos están insistiendo cada vez más en que no alcanza con estudiar cada amenaza por separado. No basta con observar un glaciar, un lago o una ladera como si fueran elementos independientes. La montaña funciona como un sistema, y una alteración en uno de sus componentes puede desencadenar consecuencias en otros.
El cambio climático tampoco significa que todas las montañas vayan a comenzar a colapsar de manera inmediata. Esa sería una conclusión exagerada. Lo que está cambiando es el nivel de riesgo y la estabilidad de determinados ambientes. Los especialistas consultados tras la tragedia señalaron que el calentamiento global puede favorecer el debilitamiento de glaciares y del permafrost, mientras la pérdida de hielo modifica las condiciones físicas de las montañas.
En otras palabras, el problema no es solamente cuánto hielo estamos perdiendo, sino qué nuevas condiciones se generan mientras lo perdemos.
La Ley de Glaciares y una discusión que volvió a cambiar
Argentina posee desde 2010 una legislación específica para proteger glaciares y ambientes periglaciales. La Ley 26.639 los reconoce como bienes de carácter público y establece un régimen destinado a su protección, conservación y monitoreo. La norma creó además el Inventario Nacional de Glaciares, destinado a identificar los cuerpos de hielo y geoformas periglaciales que cumplen funciones hídricas estratégicas.
Pero el marco legal tuvo modificaciones importantes durante 2026. La Ley 27.804, publicada en abril, introdujo cambios en distintos artículos de la legislación y estableció que la autoridad competente debe identificar, sobre la base de estudios técnico-científicos, aquellos glaciares y ambientes periglaciales que cumplan las funciones hídricas contempladas por la norma. También incorporó un principio precautorio para los cuerpos incluidos en el Inventario hasta que se determine científicamente que no cumplen esas funciones.
La modificación no es un detalle jurídico menor porque toca una cuestión central: qué se considera objeto de protección y bajo qué criterios se determina esa protección. Allí aparecen inevitablemente dos dimensiones que suelen entrar en tensión en la política ambiental argentina: la necesidad de preservar reservas estratégicas de agua y el interés por desarrollar actividades económicas en territorios cordilleranos.
La discusión tampoco puede reducirse a una oposición entre “ambiente” y “producción”. El agua que almacenan los glaciares es, precisamente, un componente de la estructura productiva de regiones enteras. Agricultura, ganadería, turismo, consumo humano, generación hidroeléctrica y otras actividades dependen de la disponibilidad de agua en las cuencas. Proteger las reservas hídricas no significa necesariamente impedir toda actividad económica; significa reconocer que sin agua tampoco existe desarrollo sostenible posible.
Y allí la ciencia cumple una función que no puede ser reemplazada por discursos políticos. Para saber qué cuerpo de hielo debe ser protegido, qué volumen de agua aporta, cómo está cambiando y qué riesgos existen, hace falta medir, comparar y monitorear. El Inventario Nacional de Glaciares establece justamente una periodicidad de actualización que no debería superar los cinco años para verificar cambios en superficie, avance o retroceso y otros factores relevantes.
El agua del futuro se está definiendo ahora
La tragedia de Nepal no permite afirmar que un desastre semejante vaya a repetirse en Argentina, ni que todos los retrocesos glaciares conduzcan a catástrofes repentinas. Lo que sí permite es comprender que las montañas están cambiando y que esos cambios tienen consecuencias mucho más amplias que la pérdida de hielo visible desde una fotografía.
Durante mucho tiempo, la crisis climática fue representada mediante imágenes de osos polares, incendios forestales o grandes olas de calor. Todas esas imágenes son reales, pero la transformación de los glaciares introduce una dimensión diferente porque afecta directamente una de las necesidades más básicas de cualquier sociedad: el agua.
En Argentina, esa discusión adquiere una dimensión estratégica. Los glaciares recorren prácticamente toda la cordillera y alimentan cuencas que atraviesan territorios productivos, ciudades y ecosistemas. El Estado ya cuenta con instrumentos para identificarlos y estudiarlos, pero la existencia de un inventario no garantiza por sí misma que el conocimiento sea utilizado adecuadamente en las decisiones económicas y territoriales.
El verdadero desafío será transformar esa información científica en política pública de largo plazo. No solamente reaccionar cuando un glaciar desaparece, cuando una sequía se vuelve insoportable o cuando una cuenca queda comprometida, sino anticipar escenarios, monitorear cambios y ordenar las actividades humanas teniendo en cuenta que el agua no puede fabricarse cuando falta.
Lo ocurrido en Nepal tiene una dimensión trágica que no admite ninguna lectura liviana: cientos de personas murieron y miles continúan desaparecidas, mientras los equipos de rescate trabajan en condiciones extremas y nuevas amenazas de inundación dificultan las operaciones. Pero también deja una pregunta que excede las fronteras del Himalaya. ¿Estamos preparados para administrar un mundo en el que las montañas ya no se comportan como lo hicieron durante siglos?
Argentina todavía tiene una ventaja fundamental: posee conocimiento científico, un inventario nacional y décadas de experiencia en glaciología. Esa capacidad no debería ser vista como un lujo académico, sino como una herramienta de planificación nacional. Porque un glaciar puede parecer inmóvil durante una vida humana, pero en realidad está respondiendo permanentemente a cambios de temperatura, precipitaciones y condiciones ambientales.
El hielo que hoy parece eterno no lo es. Y el agua que almacena tampoco.
La verdadera advertencia que llega desde Nepal no es que mañana pueda ocurrir una catástrofe idéntica en los Andes. Es algo menos espectacular y mucho más importante: el clima está modificando lentamente las condiciones sobre las que construimos nuestras sociedades, y una de las primeras obligaciones de un país que depende de sus recursos hídricos debería ser conocer qué está ocurriendo en las montañas antes de que el problema llegue valle abajo.
Porque cuando finalmente vemos el agua faltar en una ciudad, en un campo o en una represa, muchas veces el proceso que produjo esa escasez comenzó mucho antes, en un lugar que casi nadie mira: allá arriba, donde el hielo guarda el agua que todavía no necesitamos, pero que vamos a necesitar cada vez más.
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