Gustavo Cordera, 65 años: del under de Avellaneda a ponerle música a una Argentina en llamas

Este 15 de septiembre Gustavo Cordera cumple 65 años. Fundador y voz histórica de Bersuit Vergarabat, protagonizó una de las transformaciones más singulares del rock argentino: pasó de los escenarios pequeños y el circuito under a convertirse, junto con su banda, en uno de los grandes cronistas musicales de la Argentina de los 90 y la crisis de 2001. Después llegaron la separación, la carrera solista, La Caravana Mágica, las polémicas y una relación compleja con su propio pasado.

Por Carlos Alberto Resurgián para NLI

Hay músicos que acompañan una época y hay otros que parecen salir de ella. Gustavo Cordera pertenece a esa segunda categoría. Su voz áspera, su calvicie convertida en marca registrada, sus movimientos sobre el escenario y aquella mezcla imposible de rock, murga, candombe, cumbia, folklore y canción rioplatense hicieron de Bersuit Vergarabat una de las bandas más reconocibles de la Argentina de las últimas décadas del siglo XX. Pero para entender a Cordera hay que retroceder hasta antes de los estadios, cuando todavía no existía el fenómeno Bersuit y aquel hombre que luego sería conocido simplemente como “el Pelado” estudiaba Comunicación, tenía un negocio de autos y todavía no había decidido que la música iba a convertirse en su vida.

Gustavo Edgardo Cordera nació el 15 de septiembre de 1961 en Avellaneda. Su llegada al rock no respondió a una tradición familiar ni a una carrera planificada. Según su biografía, mientras estudiaba Comunicación en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y manejaba una concesionaria de automóviles, viajó a Río de Janeiro durante el Carnaval de 1988. Aquella experiencia fue determinante: volvió a Buenos Aires decidido a abandonar el camino que había emprendido, vendió su negocio, dejó sus estudios y se lanzó a la música. La Fundación Konex registra su nacimiento y su trayectoria como cantante, músico y compositor, destacando especialmente su papel como voz líder de Bersuit desde los primeros años del grupo.

Bersuit empezó a tomar forma en aquellos años con otros músicos que serían fundamentales para la historia de la banda. Antes de llamarse definitivamente Bersuit Vergarabat, el grupo tuvo otros nombres, entre ellos Henry y la Palangana y Aparrata Vergi. La banda comenzó a desarrollar una identidad que no se parecía demasiado a ninguna de las fórmulas predominantes del rock argentino. Había guitarras, pero también percusión; había rock, pero también murga; había canciones de amor, pero también una mirada descarnada sobre la marginalidad, la política, el poder y las contradicciones de la sociedad argentina. Cordera se convirtió rápidamente en el rostro de aquella criatura extraña.

Los primeros años fueron duros. La banda circuló por el circuito under y construyó su público lentamente, mientras el rock argentino atravesaba una profunda transformación. Pero Bersuit no parecía tener apuro por convertirse en una banda convencional. En sus shows aparecía una estética provocadora y carnavalesca, mientras las canciones mezclaban humor, violencia, sexo, política y crítica social. Esa combinación podía resultar incómoda, pero también era precisamente lo que permitía que el grupo capturara algo del clima de una sociedad que estaba entrando en los años más contradictorios del menemismo.

El salto definitivo llegó en 1998 con Libertinaje. Producido por Gustavo Santaolalla, el disco modificó para siempre la escala de la banda. El propio Cordera reconoció años después que se trató de un cambio decisivo y que, aunque la banda esperaba un crecimiento, nadie imaginaba semejante dimensión del éxito. El álbum terminó convirtiéndose en el vehículo que llevó a Bersuit desde el circuito alternativo hasta el centro de la escena nacional y luego hacia América Latina y Europa.

Y allí apareció “Sr. Cobranza”, una canción que ya había sido escrita por Las Manos de Filippi y que Bersuit incorporó a su repertorio. La canción se convirtió en uno de los grandes símbolos de la década del 90 y también en un problema para la industria discográfica. La versión incluida en Libertinaje tuvo conflictos legales y fue censurada por el COMFER debido a sus referencias y ataques contra dirigentes políticos.

El éxito de “Sr. Cobranza” no puede entenderse separado del momento histórico. Argentina vivía los últimos años del gobierno de Carlos Menem, con privatizaciones, desocupación, precarización y una transformación profunda de la estructura económica. Bersuit convirtió parte de ese malestar en canciones que podían cantarse a los gritos en un recital. No era un discurso académico ni un programa político: era rock popular transformado en bronca colectiva.

Pero el verdadero fenómeno estaba todavía por llegar. En 2004 apareció La argentinidad al palo, un álbum que intentó retratar, con humor ácido y exageraciones deliberadas, las contradicciones de una identidad nacional que podía pasar en cuestión de minutos del orgullo al desastre, del fútbol a la corrupción, del nacionalismo a la frustración. La canción que daba nombre al disco se convirtió en una especie de inventario musical de la Argentina y confirmó que Cordera y Bersuit ya habían dejado de ser solamente una banda de rock.

Habían llegado a convertirse en cronistas de una sociedad que todavía estaba procesando el estallido de 2001.

El fenómeno resulta particularmente interesante porque Bersuit no hacía rock político en el sentido clásico. No era una banda de consignas prolijas. Su método era otro: tomar aquello que aparecía en la calle —la bronca, el alcohol, la pobreza, el sexo, la corrupción, la fiesta, la violencia, el fútbol— y convertirlo en una canción que pudiera ser cantada por miles. Cordera funcionaba como un narrador incómodo, muchas veces exagerado, que convertía las miserias nacionales en espectáculo sin dejar de señalar aquello que las producía.

En 2009 llegó la ruptura. Cordera abandonó Bersuit después de más de dos décadas al frente del grupo y comenzó una carrera solista. La banda continuó posteriormente con otros proyectos y formaciones, mientras el cantante iniciaba una nueva etapa con Suelto y luego con La Caravana Mágica, proyecto que profundizó aquella mezcla de rock con cumbia, música rioplatense, electrónica y ritmos latinoamericanos.

Pero el Cordera posterior a Bersuit ya no sería el mismo personaje. La distancia respecto de aquella banda también implicó una transformación artística. Aparecieron canciones más personales y una búsqueda espiritual y existencial que contrastaba con la furia de los años de Libertinaje. En 2014 presentó un espectáculo en el Luna Park en el que recorrió canciones de su etapa con Bersuit y de sus proyectos posteriores, mostrando que, pese a la separación, su identidad artística continuaba inevitablemente ligada a aquellas canciones.

La historia tuvo también un capítulo mucho más oscuro. En 2016, durante una entrevista, Cordera realizó declaraciones sobre las mujeres que provocaron una enorme reacción pública y derivaron en una causa judicial por apología del delito e incitación a la violencia. El episodio produjo la cancelación de presentaciones y marcó un quiebre profundo entre el artista y una parte importante del público.

Aquello no puede borrarse de su biografía ni ser reducido a una anécdota. El mismo artista que durante años había construido canciones contra distintas formas de abuso de poder terminó enfrentando una condena social por expresiones consideradas gravemente ofensivas y violentas. La historia de Cordera, por eso, también permite observar cómo cambió la sociedad argentina: aquello que podía ser tolerado, celebrado o presentado como provocación en determinadas épocas empezó a ser cuestionado con otra intensidad.

El propio músico intentó posteriormente reconstruir su carrera y su vínculo con el público. Continuó trabajando, presentó nuevos proyectos y volvió en distintas ocasiones sobre su pasado. En 2017 se estrenó La fábula del escorpión, documental que recorrió su historia personal, el nacimiento de Bersuit, sus fracasos, su vida en Uruguay y también las consecuencias de aquella polémica.

Y quizás allí esté la parte más interesante de llegar a los 65 años. Cordera no puede ser reducido ni al héroe del rock de los 90 ni al hombre de sus declaraciones más cuestionadas. Es las dos cosas y bastante más. Es el cantante que ayudó a convertir el malestar social de una época en canciones populares, pero también un artista que atravesó transformaciones personales, decisiones controvertidas y una relación cada vez más compleja con su propia obra.

Porque escuchar hoy “Se viene”, “Sr. Cobranza”, “La argentinidad al palo”, “El baile de la gambeta” o “Murguita del sur” implica volver a una Argentina que ya no existe exactamente como entonces, pero cuyos problemas tampoco desaparecieron por completo. La gracia de Bersuit estaba precisamente en esa capacidad de transformar la contradicción argentina en música: reírse de la tragedia, bailar mientras todo se incendiaba y convertir una crisis económica o política en una canción que terminaba sonando en todas partes.

A los 65 años, Cordera carga con ese legado. La Bersuit que encabezó forma parte de la historia grande del rock argentino y Libertinaje quedó como uno de los discos fundamentales de aquella transición entre el menemismo y la Argentina posterior a 2001. Pero su propia trayectoria también recuerda que los artistas no quedan congelados en el momento de mayor éxito: envejecen, se equivocan, cambian, se contradicen y son juzgados por sociedades que también cambian.

Quizás por eso la mejor manera de recordar a Gustavo Cordera en sus 65 años no sea convertirlo en estatua. Mucho más apropiado resulta volver a escuchar aquellas canciones, recordar qué país las hizo posibles y preguntarse qué queda hoy de aquella Argentina que Bersuit supo retratar con una mezcla irreverente de rock, murga, candombe, humor y rabia.

Porque el Pelado que alguna vez abandonó una concesionaria para subirse a un escenario terminó haciendo algo bastante más difícil que vender discos: consiguió que una generación reconociera sus propias contradicciones en una canción.


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