Cada 19 de septiembre la Argentina celebra el Día Nacional del Chamamé en memoria de Mario del Tránsito Cocomarola, fallecido ese día de 1974. Pero detrás de la efeméride hay una historia mucho más grande: la de una música que durante décadas fue considerada apenas una expresión del Litoral y terminó convertida en una de las grandes formas de la cultura popular argentina. Y en el centro de esa historia está “Kilómetro 11”, la canción que convirtió un accidente al costado de una ruta correntina en uno de los himnos de la música argentina.
Por Luis Bulnes Valdez para NLI

Hay canciones que parecen haber existido desde siempre. Uno las escucha y tiene la sensación de que estaban allí antes que uno, antes que sus padres y quizá antes que la propia memoria familiar. “Kilómetro 11” pertenece a esa categoría. Su melodía aparece en reuniones, bailes, fiestas populares, escenarios, radios y pistas de todo el Litoral, pero también en lugares muy alejados de Corrientes. Para muchos es directamente el himno del chamamé, aunque detrás de esa familiaridad existe una historia de caminos, músicos, discos de pasta, guaraní, nostalgia y una relación particularmente argentina entre la música popular y el territorio.
Cada 19 de septiembre, esa historia vuelve a cobrar sentido porque la fecha fue elegida oficialmente para celebrar el Día Nacional del Chamamé en homenaje a Mario del Tránsito Cocomarola, el músico correntino que murió el 19 de septiembre de 1974. La Ley 26.558, sancionada en noviembre de 2009 y publicada en el Boletín Oficial en diciembre de ese año, no solamente estableció la efeméride: también reconoció al chamamé, en todas sus variedades, como parte integrante del patrimonio cultural argentino y declaró de interés cultural nacional su preservación, recuperación y difusión.
Pero para entender por qué Cocomarola terminó ocupando ese lugar hay que regresar mucho más atrás, a San Cosme, Corrientes, donde nació el 15 de agosto de 1918. El músico comenzó muy joven y atravesó una etapa decisiva de la historia de la música litoraleña, cuando el acordeón y el bandoneón se convirtieron en instrumentos fundamentales de una expresión que mezclaba tradiciones locales, influencias guaraníticas, polcas, rasguido doble y otros ritmos de la región. Durante las décadas de 1930 y 1940 integró distintas formaciones y construyó progresivamente una identidad propia hasta iniciar una extensa trayectoria discográfica. Su primer registro para el sello Odeón data de 1942.
Una ruta, un accidente y una melodía
La historia de “Kilómetro 11” tiene uno de esos comienzos que parecen inventados por un guionista. Según la tradición recogida por investigadores y cultores del género, Cocomarola sufrió un desperfecto con su automóvil en el kilómetro 11 de la Ruta Nacional 12, camino a San Cosme. Aquel episodio terminó dando nombre a una composición que poco después adquiriría una vida propia completamente distinta de la circunstancia que la había bautizado.
La música era de Cocomarola, pero la letra tuvo otro protagonista fundamental: Constante Aguer, porteño de Mataderos, cantor, guitarrista, poeta, periodista y compositor ligado profundamente al cancionero guaraní. La sociedad entre ambos resulta casi simbólica de lo que terminaría siendo el chamamé: una música profundamente arraigada en Corrientes, pero capaz de atravesar geografías y reunir artistas provenientes de mundos diferentes. Aguer contó años después que Cocomarola le acercó la melodía y le pidió que le pusiera una letra. El porteño conocía el nombre “Kilómetro 11”, pero no necesariamente la historia concreta que había detrás de aquella denominación.
La primera letra había sido pensada completamente en guaraní. Sin embargo, según explicó Aguer décadas después, las limitaciones de duración de los discos de pasta obligaron a condensarla y traducirla parcialmente para que pudiera entrar en los aproximadamente tres minutos disponibles. Allí aparece otro elemento fundamental para entender el chamamé: el guaraní no fue un adorno exótico incorporado a una música argentina, sino una de las lenguas culturales profundas del territorio donde esa música había nacido y desarrollado su identidad. La canción podía hablar de amor, distancia, tristeza y regreso, pero lo hacía desde un universo lingüístico que pertenecía a la memoria cotidiana del Litoral.
La primera grabación cantada de “Kilómetro 11” quedó registrada el 13 de septiembre de 1946, interpretada por el dúo Cejas-Ledesma junto al Trío Cocomarola para el sello Odeón. La Fundación Memoria del Chamamé conserva ese registro dentro de su documentación discográfica.
A partir de allí comenzó una historia que ya no le perteneció solamente a su autor. La canción pasó de intérprete en intérprete, de generación en generación y de pueblo en pueblo. El chamamé encontró en “Kilómetro 11” una especie de contraseña musical: bastaban unos compases para que apareciera el reconocimiento inmediato de quienes habían crecido escuchándolo.
Del “folklore regional” al patrimonio argentino
Durante buena parte del siglo XX existió una mirada bastante estrecha sobre las músicas populares argentinas. El mapa cultural tendía a ordenar los géneros según regiones: la zamba para el Noroeste, la chacarera para Santiago del Estero, la cueca para Cuyo, la milonga y el tango para Buenos Aires y el chamamé para Corrientes y el Litoral. La clasificación servía para describir, pero también podía convertirse en una forma de encierro: lo regional corría el riesgo de ser considerado menos argentino que aquello que lograba instalarse en los grandes centros urbanos.
Cocomarola contribuyó decisivamente a romper esa frontera. Su carrera atravesó radios, escenarios y sellos discográficos, y su repertorio llegó a rondar las 400 composiciones. “Kilómetro 11”, “Puente Pexoa”, “Rincón dichoso” y “Retorno” quedaron incorporados al repertorio fundamental del género. El músico recibió el apodo de “Taita del chamamé”, una palabra guaraní que significa padre y que sintetiza el lugar que ocupó en la historia de esa música.
El reconocimiento oficial llegó mucho después de aquella primera grabación. En 2009, el Congreso Nacional sancionó la Ley 26.558 y estableció que el chamamé debía ser reconocido como patrimonio cultural argentino. El 19 de septiembre quedó incorporado al calendario nacional de efemérides culturales.
Y la historia todavía tenía otro capítulo. En diciembre de 2020, la UNESCO incorporó al chamamé a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento que terminó de colocar a una expresión nacida en el Litoral argentino dentro del patrimonio cultural mundial. El camino había sido largo: de las fiestas y bailes regionales a las radios, de los discos de pasta a las grandes orquestas, de las provincias del Litoral a los escenarios nacionales y finalmente a una declaración internacional.
La música que lleva un territorio adentro
Cocomarola murió en 1974, a los 56 años, después de una complicación surgida durante una operación. Pero su muerte no significó el final de su música. Al contrario: con el paso de las décadas, el repertorio se transformó en una especie de archivo vivo de una región y continuó siendo interpretado por generaciones posteriores.
Eso explica también por qué una canción como “Kilómetro 11” puede resultar mucho más interesante que una simple pieza folklórica. Su historia contiene una determinada idea de la Argentina. Está el camino, está el automóvil, está el desperfecto mecánico, está Corrientes, está el guaraní, está el bandoneón, está el disco fabricado en Buenos Aires, está un compositor correntino y un letrista porteño, y está finalmente una canción que atraviesa todas esas fronteras.
Hay algo profundamente argentino en esa combinación. Una melodía nacida en un rincón preciso del mapa puede viajar miles de kilómetros sin dejar de pertenecer al lugar donde nació. Puede ser tocada en una fiesta familiar, en una bailanta, en un escenario internacional o por músicos que jamás pisaron el kilómetro 11 de aquella ruta. El territorio se convierte en música y la música, con el tiempo, termina convirtiéndose en memoria.
Por eso el 19 de septiembre no es solamente la fecha en que murió Cocomarola. Es la fecha elegida por la Argentina para reconocer una tradición musical que durante décadas construyó su identidad desde abajo, lejos de los grandes centros de legitimación cultural y muchas veces sin pedir permiso para existir. La ley llegó después de que la música ya hubiera hecho su trabajo: unir generaciones, conservar palabras, transmitir ritmos y convertir historias locales en patrimonio común.
Y quizá por eso “Kilómetro 11” siga funcionando tan bien como símbolo. Todo empezó con un camino y una parada inesperada. Terminó convirtiéndose en una canción que nunca dejó de andar. Cada vez que vuelve a sonar, aquel accidente perdido en una ruta correntina deja de ser una anécdota y se transforma nuevamente en música.
El chamamé tiene muchas canciones, muchos nombres y muchas historias. Pero pocas resumen como ésta la capacidad de la cultura popular para hacer algo que ningún decreto puede fabricar: tomar una experiencia de un lugar concreto, convertirla en arte y conseguir que, con el paso del tiempo, alguien que vive a cientos o miles de kilómetros pueda escucharla y sentir que también le pertenece.
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