El presidente estadounidense volvió a plantear que Venezuela debería dejar de tener un presidente para elegir un gobernador, mientras Washington avanza sobre el petróleo y presiona para rediseñar las instituciones políticas del país caribeño. Detrás de la provocación aparece una pregunta que atraviesa la historia de América Latina: ¿hasta dónde pretende llegar Estados Unidos para convertir sus intereses económicos y estratégicos en decisiones soberanas de otras naciones?
Por Bruno A. Monteverde para NLI

Donald Trump volvió a poner en palabras una lógica que América Latina conoce demasiado bien: la pretensión de Washington de tratar a los países de la región como espacios subordinados a sus intereses. Durante un acto político en Corpus Christi, Texas, el presidente estadounidense propuso que Venezuela se convierta en el estado 51 de Estados Unidos y que sus habitantes voten por un gobernador en lugar de elegir a su propio presidente. Lo presentó en tono de broma, pero el contexto vuelve imposible reducir sus declaraciones a una ocurrencia aislada.
“Hagámoslo el estado 51 y, en vez de un presidente, celebraremos una elección a gobernador”, afirmó Trump ante sus seguidores republicanos. En el mismo discurso agradeció al Gobierno venezolano por un acuerdo petrolero que concede a una empresa estadounidense derechos sobre 17 yacimientos del país. La combinación entre la fantasía de anexión territorial y la expansión de los intereses petroleros expone el núcleo del conflicto: la disputa por quién controla los recursos, las instituciones y el rumbo político de Venezuela.
No se trata de afirmar que Estados Unidos haya anunciado formalmente un plan de anexión. No existe, a partir de estas declaraciones, una decisión oficial de incorporar a Venezuela como territorio estadounidense. Pero el mensaje político es revelador: Trump habla de un país soberano como si su condición nacional pudiera negociarse desde la Casa Blanca y sus recursos fueran una extensión de la economía norteamericana.
El problema excede la provocación de un mandatario acostumbrado a convertir la política internacional en un espectáculo personal. La cuestión de fondo es el lugar que Washington se atribuye en América Latina y la pretensión de intervenir en la organización política de otros Estados cuando sus intereses económicos, energéticos o geopolíticos están en juego.
Petróleo, poder y subordinación política
Las declaraciones de Trump se produjeron después de que su administración anunciara avances en la relación con el Gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, que asumió como presidenta encargada tras la captura de Nicolás Maduro durante una intervención militar estadounidense en enero de 2026. Desde entonces, Washington restableció relaciones diplomáticas con Caracas y avanzó en acuerdos vinculados con el sector petrolero.
Uno de esos acuerdos concede a North American Blue Energy Partners (NABEP) concesiones sobre 17 yacimientos venezolanos. Según la información difundida por la prensa internacional, el Pentágono posee una participación del 35% en la empresa matriz de esa compañía. Trump, además, celebró la llegada a Texas de un cargamento de crudo venezolano y destacó las inversiones de las grandes petroleras estadounidenses.
El petróleo no es un elemento secundario de esta historia. Venezuela posee una de las mayores riquezas hidrocarburíferas del planeta y su control tiene consecuencias que trascienden sus fronteras. Para Estados Unidos, ampliar el acceso a esas reservas significa fortalecer su posición energética y económica, además de ganar influencia sobre un país estratégico de Sudamérica.
La contradicción es evidente: mientras Trump habla de Venezuela como si pudiera transformarse en una dependencia estadounidense, los acuerdos energéticos avanzan sobre recursos que pertenecen al pueblo venezolano. La discusión no consiste en negar que un país pueda establecer relaciones comerciales con otro, sino en determinar bajo qué condiciones se negocian esos recursos, quién toma las decisiones y qué beneficios concretos recibe la población.
El neocolonialismo contemporáneo no necesita reproducir exactamente las formas de dominación territorial de los siglos XIX y XX. Puede operar mediante el control de sectores estratégicos, la presión financiera, la dependencia tecnológica, las sanciones, la influencia sobre las instituciones y la imposición de condiciones políticas. La bandera extranjera no tiene que flamear sobre un palacio de gobierno para que la autonomía de una nación quede seriamente condicionada.
En ese marco, la propuesta de convertir a Venezuela en el estado 51 funciona como una expresión brutal de una mirada jerárquica: Estados Unidos aparece como el centro que decide y América Latina como una periferia cuyos gobiernos, recursos y procesos políticos pueden quedar sujetos a los intereses de la potencia.
Elecciones bajo presión: ¿quién decide el futuro venezolano?
Las palabras de Trump llegan, además, en un momento decisivo para la reorganización institucional de Venezuela. El Departamento de Estado estadounidense respaldó un plan para reformar el sistema judicial y electoral venezolano. Según lo informado, la iniciativa contempla cambios en el Tribunal Supremo de Justicia y en el Consejo Nacional Electoral antes de avanzar hacia nuevas elecciones, que podrían celebrarse en 2027.
El secretario de Estado, Marco Rubio, sostuvo que la infraestructura electoral venezolana debe ser modificada antes de realizar comicios que puedan considerarse legítimos. Washington presenta ese planteo como una condición para garantizar elecciones libres y creíbles. Sin embargo, el debate central no puede quedar reducido a la valoración que haga el Gobierno estadounidense sobre las instituciones de otro país: también debe contemplar quién impulsa las reformas, bajo qué autoridad y con qué garantías de autonomía nacional.
Una elección democrática requiere instituciones confiables, competencia política, libertad para los partidos, garantías para los candidatos y respeto por la voluntad popular. Pero la defensa de esos principios pierde legitimidad si se convierte en una justificación para que una potencia extranjera determine unilateralmente cómo debe organizarse otro Estado.
La soberanía no equivale a otorgar un cheque en blanco a ningún gobierno. Tampoco significa ignorar las denuncias sobre irregularidades electorales o las demandas de la oposición venezolana. Significa que las soluciones deben construirse con participación efectiva de la sociedad venezolana y sin transformar la tutela externa en una nueva forma de subordinación.
El interrogante se vuelve todavía más profundo cuando la presión política coincide con acuerdos económicos que favorecen el acceso estadounidense a recursos estratégicos. ¿Dónde termina la asistencia para una transición institucional y dónde comienza la imposición de un orden conveniente para Washington? ¿Qué capacidad real tendrá Venezuela para decidir su política energética si sus principales acuerdos se desarrollan bajo una relación de fuerzas profundamente desigual?
Son preguntas que no se responden con una frase de campaña ni con la promesa de inversiones millonarias. Exigen transparencia sobre los contratos, control público de los recursos y garantías de que el futuro político venezolano no será decidido en función de los intereses comerciales de empresas extranjeras.
América Latina frente a la vieja ambición imperial
La historia latinoamericana está atravesada por intervenciones militares, golpes de Estado, presiones diplomáticas y operaciones económicas impulsadas por Estados Unidos para preservar su influencia regional. Desde las intervenciones en Centroamérica y el Caribe hasta el apoyo a dictaduras durante la Guerra Fría, la defensa de los intereses estratégicos de Washington fue utilizada reiteradamente para justificar acciones que limitaron la autodeterminación de otros pueblos.
El siglo XXI no eliminó esa disputa. La transformó. La competencia por los recursos naturales, las rutas comerciales, la energía y la influencia global volvió a colocar a América Latina en el centro de una puja internacional en la que Estados Unidos busca conservar su predominio frente a otras potencias, particularmente China.
Venezuela representa un caso especialmente sensible por sus reservas petroleras, su posición geográfica y su histórica confrontación con Washington. La posibilidad de que Estados Unidos amplíe su influencia sobre el sector energético venezolano tiene consecuencias regionales: modifica el equilibrio político, condiciona las relaciones comerciales y plantea interrogantes sobre la autonomía de los países que comparten recursos e intereses estratégicos.
En ese escenario, las palabras de Trump no deberían analizarse solamente como una excentricidad. El presidente estadounidense combina una retórica territorial expansionista con acuerdos económicos y presión sobre las instituciones políticas venezolanas. Aunque la anexión no constituye una decisión oficial anunciada, la imagen de un país convertido en territorio estadounidense expresa una concepción de las relaciones internacionales en la que la soberanía de los pueblos parece quedar subordinada a la voluntad de la potencia dominante.
Para América Latina, el desafío consiste en evitar que las crisis internas de sus países se conviertan en puertas de entrada para nuevas formas de tutela extranjera. La integración regional, la cooperación entre Estados y la defensa de los recursos estratégicos son herramientas fundamentales para que las decisiones sobre el futuro no queden exclusivamente en manos de actores externos.
La cuestión tampoco consiste en elegir entre aceptar cualquier política del Gobierno venezolano o respaldar las decisiones de Washington. Se trata de defender un principio elemental: los venezolanos tienen derecho a decidir su destino político y económico sin que una potencia extranjera se atribuya la facultad de definir qué instituciones deben tener, quién debe gobernarlos o cómo deben administrarse sus riquezas.
Trump puede presentar su propuesta como una broma para entusiasmar a sus seguidores. Pero el petróleo, los acuerdos empresariales, la intervención militar previa y los planes de reorganización institucional conforman un contexto que obliga a mirar más allá de la frase efectista.
Cuando un presidente de Estados Unidos imagina que otro país debería convertirse en uno de sus estados, la discusión ya no es solamente diplomática: es una discusión sobre soberanía, poder y neocolonialismo. Porque América Latina no necesita cambiar presidentes por gobernadores designados desde la lógica de una potencia, ni convertir sus riquezas naturales en garantía de subordinación. Necesita democracias con capacidad real de decisión, integración entre sus pueblos y control soberano de los recursos que pertenecen a sus sociedades.
La pregunta que deja Trump es tan provocadora como peligrosa: ¿estamos ante una simple fanfarronada electoral o ante la expresión descarnada de una política que pretende convertir la influencia económica y militar en dominio político? La respuesta se construirá con los hechos. Pero la advertencia ya está sobre la mesa: el neocolonialismo no siempre llega con una bandera de ocupación; también puede presentarse como un acuerdo comercial, una reforma institucional o una promesa de prosperidad bajo condiciones impuestas desde el exterior.
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